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Opinión

El tuerto y el rey

Quería empezar con un “como decíamos ayer”, pero ya está cogido. He valorado también el “para un ratito que falto, la que habéis liado”, pero bien escarbado, lo que realmente me he perdido ha sido verte los ojos desde las letras, cosa mía. Así que al final, he decidido apostar por un “disculpe por la espera, ya estamos con ustedes”.

La idea que me ha rondado la cabeza en la previa a ponerme a teclear se me quedó anclada tras escuchar que España retiraba la candidatura conjunta de Aragón y Cataluña para los Juegos Olímpicos de invierno. Me resulta muy estimulante desgranar los motivos que tienen dos interlocutores para no ponerse de acuerdo en un proyecto que beneficiaría a ambos, cosa que no voy a hacer. El caso me parece un ejemplo magnífico de algo que, por desgracia, pasa con más frecuencia de lo debido. El hípergonadismo, la insaciabilidad del ego y la insoportable gravedad del ser.

Me contaron hace tiempo un cuento popular que le va como anillo al dedo al caso. Decía que se le aparece un genio a un labrador (estaba localizado para el provecho de la conversación en mi tierra) y le ofrece un solo deseo. En Castilla no nos planteamos tres. Le dice también que ese deseo tiene un condicionante. Al vecino le ofrecería el doble de lo que él pidiera.

Parece un gran plan, ¿verdad? Una oportunidad de conseguir para ti y para tu vecino. Imagina recibir una casa con dos habitaciones y que de repente tu vecindario se vea mejorado con dos casas nuevas más o con una con cuatro dormitorios. Si te ves en un palacio, súbitamente vivirías rodeado de ellos. Que si tú obtienes una abundante cosecha al vecino se le llene también el granero, así que a lo mejor, terminas viviendo en una calle más bonita porque el vecino ha arreglado su fachada y puesto flores en la ventana después de un buen año. O que se construya un palacio…

Tras unos momentos de duda, el labrador se dirigió al genio y le dijo – ya lo tengo. Déjame tuerto –.

Cuando el ego lo arrastra todo, cuando no es alimentado en casa, en la intimidad, buscando la autosuficiencia, busca bocados fuera y perdemos la cabeza en el laberinto de la comparación. Qué grave error. Qué problema más grande cuando la competitividad se nos va de las manos y la convertimos en un hábito. Qué mierda aspirar a ser el tuerto en el país de los ciegos. A medio ver mejor que quien no ve. A medio ir mientras los demás se quedan.

El genio era un impostor. Fue él que acuñó y nos metió en la cabeza la ultraconservadora idea del más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer, del Virgencita, que me quede como estoy en lugar del Virgencita, ayúdame a mejorar.

¿Es tan difícil pensar que si les toca la lotería a todos menos a mí, a mí también me habrá salpicado? ¿Qué si soy el único con dioptrías cualquiera podrá contarme lo que yo no veo? ¿Qué mil es más de mil veces más que uno? Pues sí.

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