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Opinión

Cuando despertemos, ¿será esto una broma?

Lo único bueno que tiene el espectáculo político social que padecemos, es que no hace falta formar parte de cola alguna para asistir al entremés teatral que, por no dar con un desenlace apropiado, se está convirtiendo en una interminable pesadilla.

Me pregunto estos días, qué pensará Tomás, aquel sacerdote contestón e indomable que formaba parte de aquellas caceroladas de Torrejón por los años 80, ante el aumento de destructores americanos que merodearán por las costas de Cádiz dentro de nada.

De la memoria me es imposible borrar a las buenas gentes del Sahara y todo lo que escuchábamos y decíamos en los corrillos izquierdosos de los benditos años de la Transición, haciendo posible que los saharauis fuesen, para muchos españoles, algo inseparable de una solidaridad que se fortalecía como parte de nuestra identidad progresista. El doctor Sánchez y quienes han permitido, asumiendo o mirando para otro lado, este desliz histórico para el que no encuentro nombre, nos hace sospechar que las nauseabundas tapaderas telefónicas y toda esa amalgama de acuerdos turbios y despreciables que mantienen a toda costa el poder, merecen la pena frente a la humillación del pueblo hermano del Sahara.

Es curioso comprobar cómo los ciclos históricos y los vaivenes de la política acomodan cualquier circunstancia propicia para defender el interés partidista en cada momento. Amoldar y amoldarse a la situación conveniente, ya ni precisa de magia alguna que nos oculte el cambalache pactero, que hace unos años se cocía con cierto pudor detrás de las bambalinas del poder.

Está claro que las barquichuelas yankis lanzapepinos no son una amenaza para nuestro país y que pueden ser aceptadas como un mal menor, si es que se van a aposentar en nuestras aguas para intuir y discapacitar misiles soviéticos o extraterrestres que ambicionen amolarnos el festejo dentro del corralito patrio. Claro que es para pensar también que pueden convertirse en diana que encele los supositorios explosivos que apuntarán hacia nosotros a partir de ahora con más celo y precisión. Vete tú a saber de qué va esta vaina de la guerrería y sus guarniciones estercoleras.

El desastre lo tiene este presidente en su propia casa, incluido el jardín y las plazas de garaje comunales, donde sus colegas de bancada van a dejarlo de nuevo en pelotas frente al enésimo ridículo que se fabrica en los tronos ministeriales como cosa natural de esta época lisiada y experpéntica que vivimos.

Es tal el caos ministerial con algunos de los incapacitados, incapacitadas e incapacitades dueños de las preciadas carteras, que ni las decisiones aceptablemente positivas que se han ido tomando han trascendido como merecían en este tiempo de vigilias y calambrazos sociales. Se vende tan mal el producto, que los ciudadanos, ciudadanas y ciudadanes no nos enteramos del propio valor de las medidas.

La luz, el gas, la gasolina y el subidón desesperante de los productos básicos de consumo, siguen ostentando los papeles principales de una realidad que, por mucho que se esconda, estira el cuello por encima de los bastidores sociales de la corrala nacional.

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