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Opinión

El himno

Reconozco que el entusiasmo y la pasión con que seguía los partidos de fútbol de la selección española han ido menguando en los últimos años. Aquel juego lúcido, brillante y eficaz, que nos hizo campeones del mundo en dos mil diez, que eclipsó a las grandes formaciones tradicionalmente dominadoras de la competición, no es ahora ni la sombra de lo que fue. Últimamente no me preocupa perderme los directos de la selección, porque en más de una ocasión me han aburrido. He llegado a bostezar con esa especie de tricotar futbolístico que se enreda en un tejido cansino e ineficaz. No entiendo nada de tácticas y estrategias, pero puedo intuir el agotamiento de un estilo que todos temían y admiraban.

Aun así, interesado por conocer si España se clasificaba para la fase final de esa Liga de Naciones que se han sacado de la chistera los avispados uefos, seguí por la radio el enfrentamiento contra Suiza. Era una tarde perfecta para emprender una larga caminata al son de las ondas radiofónicas. Oía, más que escuchaba los apasionados comentarios de los locutores, las predicciones, las alineaciones, los consejos publicitarios… la cantinela de siempre. Pero la rutina de los pasos acompasados y regulares se interrumpió cuando empezaron a sonar los himnos de ambos países. Primero el de Suiza, cuyas notas llegaban diáfanas; después, cómo no, el de España, que interrumpió bruscamente mi caminar acompasado. ¡Por la emoción! -dirá el avezado lector-, ¡por el clímax sentimental!… pues va a ser que no. Mis pasos se detuvieron por una mezcla de estupor y perplejidad, una confusión que no acertaba a descifrar. Porque resulta complicado aceptar que la música que simboliza tus raíces, tu cultura y el sentimiento de identidad puede, en el ambiente de un partido de fútbol, degradarse de tal modo.

Efectivamente, fueron suficientes los primeros compases para confirmar realidades que no son nuevas, pero que cuesta aceptar. Por ejemplo, que muchísimos españoles no se saben el himno -y vaya si es fácil-, no han aprendido aún que consta de dos sencillas frases o motivos que se repiten. Compruebe el lector, por curiosidad, en la primera ocasión que se le presente, cómo una mayoría aplastante de quienes lo corean pasa del primer motivo al segundo sin tener en cuenta la repetición. Además, esa inmensa mayoría evidencia un pésimo sentido del ritmo, se adelanta al tempo y, a las primeras de cambio, cada cual va por libre. Para completar el pintoresco muestrario, los patriotas seguidores adornan la pieza instrumental con el original y sentido texto que permite la traducción simultánea a todos los idiomas: lo-lo-lo, lo-lo-lo-lo… Derroche de creatividad e improvisación, regalo magnífico de las musas.

El panorama, así expuesto, bien pudiera ser motivo de chanza o chirigota. Pero su alcance es más serio.Me pregunto si ese comportamiento no revela cierto sentimiento de frustración o complejo. Es como si, ante el hecho de que nuestro himno carece de letra -pese a que se ha intentado, sin éxito, reparar dicha carencia- fuéramos incapaces de apreciar que la música puede en sí misma elevar el espíritu y mostrar los valores más sublimes. Al parecer solo hay otros tres países en el mundo cuyo himno no tiene letra. Qué le vamos a hacer. El nuestro nació como una marcha militar, en 1761, compuesta para un regimiento militar de granaderos. Puede que su autor se inspirase en una nuba andalusí que le cautivó en su momento -esa es otra historia-. En todo caso, posee una trayectoria dilatada que ha motivado los sentimientos y actos más nobles. Solo por eso merece otro tratamiento, sin duda. ¿No deberíamos superar esa velada sensación de orfandad que al final se manifiesta bajo la fachada de lo banal y chabacano?

Afortunadamente, fuera del entorno de la competición futbolera el comportamiento suele mejorar sensiblemente. Quedémonos con la parte positiva.

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