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Opinión

¿Dónde está Diana?

Volvió estos días el difuso recuerdo de una imagen ya perdida. Fue en medio de una inolvidable conversación con Lydia y Antonio, los hijos de Agustín Casillas. En ella revivimos la trayectoria del escultor, miembro destacado de ese privilegiado grupo sin constituir que, como escribíamos meses atrás, desapareció en poco más de un lustro. Casillas, junto a los otros, incluido Núñez Solé, que se fue antes de tiempo, hicieron de Salamanca una ciudad privilegiada para el arte de la escultura.

Casillas es, con diferencia, el escultor que más obras ha dejado en la ciudad. Comenzó en 1956, con El niño del avión, para los jardines de Carmelitas, y en 2011 colocó la segunda Náyade, esta fundida en bronce, en el emplazamiento original de la Plaza de la Constitución. En este lapso de más de medio siglo –permaneció setenta años en activo– realizó quince esculturas urbanas, a las que habría que sumar muchísimos relieves en piedra y hormigón. El más conocido es el medallón de Cervantes en la Plaza Mayor. Además, su escultura exenta y en relieve aparece en los interiores de numerosos edificios públicos. La última obra, El dolor, quedó expuesta el año pasado en el Tanatorio de San Carlos tras formalizarse la donación de la familia al consistorio.

Casillas ha dejado huella en nuestra ciudad. Se especializó en temas literarios, mitológicos, castizos y dedicó especial atención a la figura femenina. Bronces, terracotas, piedra y, sobre todo hormigón, fueron los materiales con los que trabajó. Posiblemente por su facilidad para desarrollar una temática acorde con la escultura urbana, amén de su valía, recibió tantos encargos. Uno de los destacados le llegó en 1963 para el parque de La Alamedilla. Estos jardines, inaugurados en 1886, experimentaron una profunda remodelación en 1963. Y para el remozamiento le pidieron cuatro esculturas en hormigón: Pareja de Ciervos, Diana Cazadora, El rapto de Europa y Mujer tendida. Pero solo quedan dos. En la referida conversación intentamos recrearlas en la imaginación, porque la familia no tiene fotos de ellas.

La Alamedilla ha pasado después por otras reformas. La última hace nueve años, pero antes hubo otras de menor envergadura, en 1985 y 1993. Y con los movimientos y cambios pasa lo que no debe pasar y a veces se pierde lo que no debe. Los ciervos, según parece, se los dejaron estropear y en vez de restaurarlos, que es lo que hacen las instituciones y personas que valoran el arte y la cultura y tienen sentido común, los destruyeron. Pero la Diana cazadora despareció hace treinta años sin que volviera a saberse nada más de ella. La familia preguntó y nadie supo responder. El rapto de Europa, la escultura que formaba pareja con ella, nos sirve de referencia para imaginar cómo era la que falta, en hormigón blanco, con la figura de la diosa dominando al ciervo que se resistía.

Parece increíble que una escultura de hormigón, de grandes dimensiones, desaparezca de esta manera. Aunque si el Reina Sofía perdió una escultura de Richard Serra de acero que pesaba 38 toneladas, de qué nos vamos a quejar aquí. Lo más seguro es que esté, a buen recaudo, adornando un jardín particular, pero eso ya son elucubraciones maliciosas que lindan con el infundio, así que seguiremos preguntando dónde se esconde ahora Diana.

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