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Opinión

¿Quién es realmente culpable?

Debe ser terrorífico para una niña sentirse de pronto atrapada entre una jauría de hienas sin sentido, cuyo único fin es dar rienda suelta a unas irresistibles necesidades de verraco en celo. No deja de ser, fuera del análisis serio y cabal, carne juvenil desbocada por los terraplenes de la simplicidad de los asnos, escasitos de medio gramo de raciocinio en la cocotera. ¿Pero qué estamos haciendo para que esas manadas de buitres pululen por los submundos sociales más asquerosos?

La alevosía y el diseño que planifica concienzudamente el ataque contra la indefensión de una niña, ¿brota de una sin razón juvenil por generación espontánea? o ¿surge de la deficiente educación que reciben algunos mocitos de esta época exultante y bañada por la nefasta soledad internáutica?

¿Y nosotros?, ¿qué pintamos en estos incidentes que dicen los entendidos que son aisladamente insignificantes? Faltaría más que este tipo de comportamientos porcinos fuesen un espectáculo social instituido de forma generalizada.

El problema que va dejando apuntes por demasiados lugares, cual si fuera un brote espontaneo y agudo de locura, deja que asome en las páginas más amargas de los sucesos una chavalería que, por su edad, queda fuera de las grandes responsabilidades que marca con acento coactivo la ley.

Y es ahí donde surgen afirmaciones rotundas de rechazo, que marcan a fuego a esos jóvenes desalmados, exigiendo con afirmación justiciera que deben ser igualados con quienes, por ser mayores de edad, rinden cuentas en los juzgados de las cuestiones penales.

Hace mucho tiempo, un prestigioso juez del que fui amigo, en una de nuestras largas conversaciones me daba una lección jurídica que me ha servido desde entonces para comprender antes de condenar. Una tarde, paseando por las inmediaciones de la Plaza Mayor, ante algo que presenciamos, me decía que uno de los grandes problemas para los legisladores era marcar la edad que debe ser frontera para que la norma tenga efectividad y al aplicarse sea realmente un acto de justicia. Me completaba su disertación haciéndome ver que las connotaciones mentales en los adolescentes son tan plurales, que es muy complicado marcar esa raya coercitiva que establezca con claridad donde empieza o termina la referencia que podría asegurar o discernir quién debe o no sentarse en el banquillo junto a los delincuentes adultos.

Pensando en esas criaturas que han recibido el cerco de los depredadores sexuales que comparten edad y espacios de ocio, como cualquier ciudadano siento repugnancia y un efecto de compasión surge de forma espontanea hacia esas pobres víctimas de nuestro tiempo. Pero por otro lado, percibo una profunda tristeza por los protagonistas de esos propósitos macabros que ansían, al precio que sea, alimentar el monstruo que, equivocadamente, les ha ido forjando los fantásticos e irreales mundos que, vía móvil, desde una clara dejadez o pasotismo familiar, permite que algunos de esos niños menosprecien la empatía que nos reconoce como seres humanos.

Posiblemente estemos viviendo una parte de la historia en la que han de tomarse las riendas educacionales con sentido de estado, para alejarlas definitivamente de ese maniqueo político que busca en las variopintas leyes de enseñanza, una y otra vez, desviar el agua hacia los propios patatales con la única intención de seguir dándose el festín de los idiotas.

Las repugnantes manadas de bestias, que recorren los montes de la miseria humana como sabandijas, denuncian su origen en una falta de formación que da la nota en entornos familiares desestructurados que contribuyen a forjar en sus miembros una libertad que no tiene alambradas de respeto o consideración hacia sus semejantes.

Seguramente sea tiempo para que padres y abuelos regresemos a las escuelas de párvulos y, avergonzados, comencemos a estudiar y a aprender cómo hemos de aplicar y expandir la palabra educación por todas y cada una de las barriadas que conforman esta rugosa y variopinta piel de toro.

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