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Opinión

Que canten los niños

Los alumnos de los colegios Sagrado Corazón de Jesús y San Estanislao de Kostka interpretan el musical benéfico en el CAEM.

Así decía el estribillo de una canción que popularizó José Luis Perales en los años ochenta. A mí me parecía un poco ñoña y salpicada de tópicos, pero al mismo tiempo poseía ese aire pegadizo que acaba situando las canciones en lo más alto de las listas de éxitos. Además, el bueno de Perales cedió en su momento los derechos a Aldeas Infantiles SOS, lo cual añadía interés y beneplácito a la composición.

Pero he tomado el título de la aclamada composición de Perales por otro motivo, y es que la música ha vuelto a sorprenderme inesperada y gratamente. Ya entiendo que esto no supone, de entrada, algo especialmente interesante o novedoso, porque la capacidad de sorprender o conmover está íntimamente enraizada en la música, entre otras cosas por su carácter temporal, por su inmediatez. Y es que la música solo existe plenamente cuando alguien la interpresa, cuando ‘suena’ y alguien a su vez la percibe. Y se nos da un sonido tras otro, nunca en su totalidad en un momento determinado; por eso puede llegar a esa parte de nosotros más escondida y menos controlada por nuestra parte consciente.

Viene al caso la explicación previa porque, hace unos días, concretamente el pasado viernes, asistí al ‘preestreno’ de un musical protagonizado por sesenta alumnos de los colegios Sagrado Corazón-Jesuitinas y San Estanislao de Kostka, que han dedicado muchas horas e ilusión en esta brillante tarea. Se titula Un mundo de planetas y está basado en El Principito.  La creación de Francisco Álvarez García, profesor de la Universidad Pontificia de Salamanca, ofrece un recorrido por algunos planetas que visita el príncipe y en los que descubre personajes que encarnan condiciones y actitudes humanas (el borracho, el vanidoso, el hombre serio, el farolero, etc.). Sesenta son los chicos que cantan, pero evidentemente el elenco es mucho más amplio y al frente de todo el equipo los profesores de música de ambos colegios, Silvia Vicente, Sheila Cañibano y Helena Lamas. El proyecto no puede ser más encomiable (y te aseguro, lector, que aquí no hay trampa ni cartón): contribuir, por un lado, a una educación de calidad para miles de chicos y chicas en Haití, país que atraviesa graves dificultades. Entreculturas es la ONG encargada de recaudar y distribuir los fondos obtenidos. Por otro lado, FASFI utilizará el dinero recaudado en la continuidad y desarrollo de un internado femenino, en Bangladesh, que permita a estas chicas una educación integral, en un país que atraviesa graves dificultades.

Y bien, uno esperaba, al acudir a la representación, pasar una tarde entretenida con la música, a la vez que aportaba su pequeño grano de arena en el proyecto. Pero no, lo que fue descubriendo, a medida que el espectáculo avanzaba y los chicos iban liberándose de nervios e imprevistos, fue una muy sorprendente calidad de los temas, unas voces muy bien trabajadas que abordaban, con firme disciplina y capacidad de adaptación, melodías y ritmos complejos, textos profundos y elocuentes, armonías dignas de admiración. Es fantástico, pensé, constatar que hay niños que interpretan una música dinámica y atractiva, absolutamente distante de los ritmos vacíos; de melodías, más que pobres, indigentes; y de textos parapléjicos chapurreados por voces tuneadas. A partir de este feliz descubrimiento, desde los primeros compases, el musical solo fue ganando en intensidad y emoción. Uno, que es de lágrima fácil, no pudo evitar que sus ojos se humedecieran en más de una ocasión. ¡Qué le vamos a hacer!

El 18 de junio llega el plato fuerte: el estreno en el CAEM, donde estarán acompañados por la Joven Orquesta de Salamanca. Será a las 19.00 horas y a buen seguro mejorará lo que ya fue muy bueno. Volveré a presenciarlo, por supuesto, y te invito, lector, si eres amante de la música, a que no te lo pierdas. Presumo que no lo lamentarás.

 

1 comentario en «Que canten los niños»

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