Salamanca va del albergue al algoritmo o quizá Salamanca busca cómo medir el talento mientras escondes la pobreza.
Salamanca ha decidido dar un paso adelante. O al menos, hacia algún lado. El antiguo albergue Lazarillo de Tormes, donde hasta hace nada se refugiaban personas sin hogar, se transformará en el flamante Centro Ciudad de Talento. Tres coma siete millones de euros para convertir camas en sensores, historias en datos y problemas sociales en dashboards.
Porque claro, si algo le faltaba a una persona sin recursos era un poco más de inteligencia artificial.
El nuevo modelo es brillante: detectaremos la dependencia con sensores, algoritmos y aprendizaje automático. Lo que antes hacía un trabajador social con tiempo y contexto, ahora lo hará una máquina con datos. Más rápido, más eficiente… y seguramente más barato en humanidad.
Eso sí, hay una pequeña pregunta incómoda: ¿qué pasa con la gente que dormía allí?
Porque mientras el Ayuntamiento habla de talento, innovación y Salamanca Tech, hay una realidad bastante menos vendible: la gente que no entra en ese relato. Los que no son startup, ni código, ni dato. Los que no ‘retienen talento’, porque bastante tienen con retener un techo. Y ahí es donde el discurso empieza a hacer aguas.
Porque esto no va de estar en contra de la tecnología. Va de prioridades. De qué ciudad construyes. De si el progreso incluye o sustituye. Hace mucho tiempo se advirtió del riesgo de una ciudad partida en dos. Y, sin embargo, decisiones como esta parecen dibujar justo ese escenario:
La Salamanca del talento, sensores, IA, inversión, relato moderno. La Salamanca invisible, desplazada, redistribuida, fuera del foco.
Una ciudad donde puedes ser monitorizado… pero no necesariamente atendido. Donde puedes convertirte en un dato antes que en una persona.
El problema no es que se cree un centro tecnológico. El problema es dónde y a costa de qué. Porque convertir un albergue en un laboratorio de innovación social tiene algo de ironía difícil de ignorar: se elimina el síntoma visible (personas sin hogar en ese espacio) para trabajar el problema de forma abstracta, digital, limpia. Sin incomodidades. Sin rostros. Sin presencia.
Más narrativa tecnológica, menos realidad social. Y mientras tanto, el discurso oficial seguirá hablando de futuro, talento y modernidad. Pero el verdadero termómetro de una ciudad no es cuántos sensores instala, sino cuántas personas deja atrás mientras los instala.
No me gusta que Salamanca se convierta en una ciudad de primera y de segunda. No quiero una Salamanca que invierta en tecnología mientras desplaza a quienes más necesitan apoyo, ni una ciudad que mida el talento pero ignore la dignidad.
Apostar por la innovación no puede significar abandonar lo esencial. El progreso real no consiste en sustituir personas por sistemas, sino en reforzar lo humano con herramientas que sumen, no que excluyan.
Porque Salamanca no será mejor por tener más algoritmos, sino por no dejar a nadie fuera de su futuro.
Por. Chenche Martín Galeano.





















