Opinión

Detectives

«-¿Y si la verdad no es lo que desea oír?

  -Aún así, necesito saberlo»     («Cinco cerditos», Agatha Christie)

 

En «Cinco cerditos», el famoso detective Hercules Poirot (personaje creado por Agatha Christie) recibe un insólito encargo: resolver un crimen cometido 14 años antes y devolverle el honor a la acusada de cometerlo quien, por cierto, fue condenada a la horca. Poirot acepta, y uno a uno, interroga a esas cinco personas que participaron en los acontecimientos del aquel verano inglés que desenvocó en un asesinato. Esos ‘cinco cerditos’ dieron al detective belga 14 años después su versión de los hechos, de la muerte de un hombre joven, artista, siempre enredado en líos de faldas con las modelos a las que pintaba y, supuestamente, envenenado por su esposa en un arranque inefable de celos ante su última conquista: una joven especialmente bella (y especialmente joven).

Et bien! (como diría Poirot), tocaba ir más allá de las apariencias. La sagaz mirada del detective traspasa el disfraz de cada uno de los cinco; su oído atento pasa revista a las declaraciones, examinando los detalles. Como si hiciese uso de un bisturí mental, separa el grano de la paja: las palabras diagramadas frente a las que se escaparon (las válidas). «¿Qué esconde cada uno de estos seres humanos? ¿Por qué me engañan?»

Detectives-academicos_CLAIMA20120609_0017_19En nuestro día a día, podemos enfrentar eso que nos rodea como un Poirot o como una especie de animal dormido, aletargado, presa fácil de los trucos del ilusionista. Podemos entender a cada uno de los que nos acompaña en la vida como ese hombre o esa mujer que se levanta por la mañana y se disfraza de algo para lograr determinados objetivos… o podemos considerar que la apariencia que vemos es lo real en ella o él. Podemos creer que el dar pena, el llamar la atención, el erigirse líder (de opinión o de actuación), el gritar al mundo los problemas (o, por contra, el exhibir a través de las redes sociales o las conversaciones una felicidad que raya en el mismo paraíso), el opinar constantemente de todo entendiendo que la maestría personal es inefable (o sentirse que nada se sabe y siempre se está a falta de un maestro, enseñante, pastor o gurú)… podemos creer que eso es síntoma de fortaleza, valor, seguridad y talento, bondad, altruismo, confianza en el otro… o, por contra, ver ahí a alguien que sólo ansía reconocimiento (poder, fortuna, felicidad, gloria) porque, si nos remontásemos a su infancia, no lo obtuvo de su madre y tal vez tampoco de su padre. El disfraz siempre implica un comportamiento que siempre busca lograr determinados objetivos. Y el disfraz siempre es un engaño en sí mismo.

Tras escuchar las cinco versiones de los hechos, Hercules Poirot reúne a sus ‘cerditos’ y comunica el resultado de su labor de Observador. Y acierta, por supuesto. La mujer que fue a la horca no asesinó a su marido; la asesina fue la bella, joven, irresistible amante del pintor envenenado que una tarde de verano escucha una conversación en la que él confiesa ante su esposa que esa chica hermosa a la que pinta es sólo un «capricho pasajero» que ya «se me ha pasado», que había dejado de ser capricho. 14 años después, esa mujer elegante y perfecta, adinerada, segura de sí misma, devoradora de hombres, exitosa, envidiada, deseada, confiesa al detective que ese día murió por dentro y que muerta sigue desde entonces.

«Es lo más viejo del mundo», asegura Hercules Poirot. Sí: el amor es viejo, pero seguimos sin conocerlo, ansiando únicamente que nos quieran (nos admiren, nos reconozcan) porque alguien no supo hacerlo (¿quién puede querer si no fue querido?). Un detective nos diría que el otro, cuyo comportamiento nos sacude o nos molesta, es igual que nosotros mismos porque, en contra de toda apariencia, un detective siempre es compasivo.

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