Opinión

Terraceo Salmantino con divisa piedra y oro

«Mantén tu rostro hacia la luz del sol y no verás la sombra» (Helen Keller)

 

Empieza a caer la tarde gustándose, engalanándose, recreándose en su propia suerte, y va la Plaza Mayor de Salamanca celebrando la primavera en un oro verdadero, un oro que se saborea, un oro que se te mete en la piel como otra segunda piel, entra por tus venas, se respira, se detiene en la distancia, se instala en ti, te mima y eternamente te espera.

El sol sabe de ese aplomo centenario y, en su despedida sobre los tejados frente a los cafés, se dedica a mirar y mirar, a volver a mirar una tercera, cuarta y quinta vez. Y no quiere irse. Pasa cada tarde de estos días entretejidos de gloriosas suertes. Sucese eso: que el sol no quiere marcharse nunca. Y ahí anda, curioso, escuchando la conversación de las señoras que estrenan, de los amantes que se arrullan, de los modernos que fotografían algo que apenas se deja fotografiar, una especie de resplandor que está, pasa, se queda, habita, se ve y no acaba de verse. Y no es otra cosa que ese sol de aterdecida, que curiosea.

Danza la vida en esta semana de Pascua y fiesta como un molinillo de viento al viento de un resurgimiento, de un resurgir en cadencia. Está resucitando todo en cada rincón. Debajo de una silla, bajo la cuenta del café con leche, al lado del zumo de piña, pegado a la cerveza, junto al móvil, entre la mano de uñas rojas y las gafas de sol resucitan las venas.

Le quedan diez minutos y lo sabe. En el último compás, deja la imborrable estela de un centelleo de partículas doradas inexplicablemente hermosas que extienden su son sobre la piedra. Se va el sol con la pesadumbre de perderse un vistazo más, el penúltimo, a esa vida revivida y reviviendo. Imposible va a ser que no vuelva. Y mientras tú te levantas, coges el bolso, acomodas la espalda a la chaqueta, abandonas ese tiempo detenido que otra vez aletea, tú sabes de sobra que va a resultarte imposible resistir mañana esa cita.

La cita con el sol en una Plaza Mayor de Salamanca que se pone cada tarde la vida por montera.

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