Opinión

Paciencia infinita

«Dios tiene con nosotros paciencia infinita, ¿no podemos entonces mostrar algo de paciencia con nuestros hermanos? Ahora debes aprender que sólo la paciencia infinita produce resultados inmediatos» (Jon Mundy)

Tener paciencia… qué complicado parece cuando algo (o alguien) nos harta sobremanera. «¿Pero es que no lo ve?», nos preguntamos. «¿Pero es que no se entera, pero no se da cuenta de que así sólo va a repetir y a volver a hacerse daño?». La gran pregunta en ese momento en que te gustaría darle a alguien un sonado tortazo ‘espabilador’ es ésta: ¿Cómo hago para conseguir que esta situación se dé la vuelta sin que corra la sangre del conflicto, de la discusión, del enfrentamiento… en definitiva, otra vez más de la guerra? La respuesta es una y única: infinita paciencia.

Imagina un niño. Un niño que quiere salirse con la suya. Quiere comer sólo hamburguesas con queso y patatas fritas; pasa de la verdura y de la fruta. Quiere tooooooodos los juguetes que ve por la tele y absolutamente tooooooooodo lo que tienen sus amigos del cole. Quiere una tablet y un móvil y un ordenador guay. Y quiere unas zapatilllas de deporte chulas, unos vaqueros  nuevos casi cada día y una camiseta «de las que se llevan ahora». Y hará lo posible (y casi lo imposible) por conseguirlo: rabietas, enfados, lloros, «estoy enfermo, me duele aquí…», «mira lo que me han hecho, me tienes que consolar porque se han portado muy mal conmigo», «eres malo (o mala) y no me quieres y no sabes ayudarme y no te quiero»… Los niños pueden ser manipuladores a más no poder y hasta malvados. Sí, ya lo creo que pueden serlo. Y, por supuesto, saben muy bien cómo acudir a aquellas personas que siempre los contemplan, les dan la razón hasta el infinito: la hermana, la tía, la abuela, los ‘colegas aguantadores’… Esos son «sus amigos», sus «favoritos»; el resto, los que le dicen «cómete las verduras y, si no, no hay nada que hacer» o «de móvil nada, de momento» o «no, no me gusta que vayas a esa fiesta con tus amigos» (por mucho y mucho que le expliquen los motivos e intenten razonar con ellos) se convierten en acérrimos enemigos, en esos «pesados que nos tocan las narices y, como son unos sosos y no tienen ni idea, mejor les damos boleto y pasamos de ellos». Las justificaciones pueden ser muchas, pero muchas, muchas, muchas.

Bien, pues un supuesto adulto no es más que eso muchas veces: un niño emocional. Un ser que está jugando con sus muñecos, un caprichoso de tomo y lomo que sólo pretende hacer en todo momento su santa voluntad cueste lo que cueste y a costa de lo que sea. Un Hijo de Dios que no quiere saber nada de su Padre y sólo de esas personas que contemplan siempre  y justifican siempre no ya sus hamburguesas con patatas sino sus continuos y sucesivos comportamientos inconscientes en esa ‘sociedad adulta’, comportamientos que pueden llegar a generar situaciones de desastre. Verdaderos dolores y auténticos desastres. Y esos ‘contempladores’ (madres, amigos, amigas, compañeros, hermanos, hermanas, ligues, parejas…) contemplan porque consiguen un ‘beneficio’ a cambio: poder, atención, ligue ocasional, mando, compañía, noviazgo… Si volvemos a la infancia real, los padres que toleran los caprichos del niño creen que así el niño les ‘querrá’ más. Fatal error que hemos cometido todos.

La paciencia infinita, entonces, viene al auxilio si pides ayuda. Y esa paciencia infinita (que nunca falla a la llamada del corazón) responde siempre. Y responde así: «deja que el ‘niño’ aprenda solo; requiere un tiempo para caerse una y otra vez y poder, finalmente, andar. Tu aprendizaje es saber esperar pero (eso sí) no tolerar lo intolerable, no consentir lo que nunca puede consentirse, no buscar beneficio de situaciones para alimentar tu propia ‘historieta’ personal y, sobre todo, revisar esas veces en las que tú te comportas igual que él (o ella): como otro crío chico».

Sí, efectivamente: se trata (otra vez y siempre) de una lección de amor más. Estamos, benditos amigos, en una escuela llamada VIDA donde hemos venido a probar… y a aprobar.

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