Opinión

Tiempo cero

«Las lecciones que te enseñaste a ti mismo las aprendiste con tanto esmero y se encuentran tan arraigadas en ti que se alzan como pesadas cortinas para nublar lo simple y lo obvio. No digas que no puedes aprender. Pues tu capacidad para aprender es tan grande que te ha enseñado cosas tan difíciles como que tu voluntad no es tu voluntad, que tus pensamientos no te pertenecen e, incluso, que no eres quien eres (…) Por muy difícil que haya sido, has seguido dando cada paso sin quejarte, hasta construir un mundo de tu agrado» (Un Curso de Milagros)

 

Has robado, sí. Y he robado. Has mentido y he mentido. Te has travestido y me he travestido. Te has prostituido y me he prostituido. Has renunciado a ti casi cada segundo desde que el tiempo es tiempo y desde que viniste al mundo. Te has vendido, como yo, al mejor postor con el objetivo de lograr compañía, reconocimiento, fama, posición social, pareja, placer, amistad, familia, un hogar. Te has hecho daño constante e incesantemente. Como yo. Te has enfermado y te has llevado al borde del abismo respetándote un carajo.

¿Cuántas veces te has negado para lograr, con tu negación de ti, un supuesto beneficio? ¿Cuántas no has frenado algo intolerable, cuántas no has dicho «hasta aquí, basta, se acabó»? ¿En cuántas ocasiones te has disfrazado de genial, bueno, hábil, jefe, líder, sabio, apuesto, estrella del firmamento, opinador o (por contra) víctima, quejica, incapaz, dejado de la mano del mundo, pobre, traicionado por todos? ¿Qué pensabas obtener a cambio? Reconoce, como reconozco yo, las veces que utilizaste al otro (a tu hermano, en cualquier de sus formas) para lo que fuera, pasando por encima de él como una apisonadora, no mirando jamás a su corazón y, después, justificando tu huída a la carrera en su supuesto ‘mal hacer’ hacia ti. ¿Cuántas veces te has mentido para mantener tu mundo loco? ¿Cuántas me mentí yo?

¿Yo? Yo me mentí y me mentí y me mentí. Pedí y se me concedió. Y cuando se me concedió lo que quería, me di cuenta que eso me horrorizaba. Cuántas relaciones de supuesto ‘amor’ en las que ves (al muy poco) que nada tienen que ver contigo. Cuántas maniobras tramadas en tu mente y luego, lógicamente, aparecidas en la realidad que se convierten en una pesadilla creada exclusivamente por ti y de la que luego (locura máxima) culpas a los demás. ¿Cuántas? Cuenta, como cuento yo…

Pero ahora (y aquí viene la buena noticia) estás en la puerta del ‘Tiempo Cero’: ese momento en que todo vuelve a empezar. Quizá notes durante estos días que no sabes ni quién eres ni dónde estás ni qué va a ser de ti en un plazo breve de tiempo. Bienvenido a un momento único: el momento en el que las heridas se curan, lo que fue negro pasa a ser blanco y lo oscuro a brillar. Ahora (al fin) reconoces que no sabes nada (incluyendo qué es el amor y qué son las relaciones), descubres que eres el peor maestro de ti mismo, reconoces que reconocerte perdido es encontrarte y caes en la cuenta que no tienes que hacer nada y sólo SER TÚ. ¿Y quién eres tú? Eres, hermano querido, esa voz que empiezas a escuchar en el fondo, la que en instantes fugaces de tu pasado enloquecido intentó hablarte y nunca pudo ser atendida ante semejante ruido ensordecedor. Tú, hermano querido, eres ese que no necesitas nada de nadie ni de nada; sí: lo estás oyendo bien. No es necesario que interpretes ningún papel más. LO ERES TODO Y LO TIENES TODO. No necesitas ‘robarle’ a nadie nada más nunca más. Estás libre. Eres libre.

La función se acabó. La mala función, mejor dicho, la de los errores constantes, la desorbitada. Ahora empieza la buena con tu mejor y única interpretación, duradera y eterna: la de tu verdadera identidad. La de tu autenticidad más despojada.

Cuando me encuentres en este nuevo camino, en el que sin duda me encontrarás, mírame a los ojos porque son los mismos de siempre. Yo miraré a los tuyos y sabré que nunca jamás podremos engañarnos más. Esto era, sí, hermano querido, lo simple y lo obvio que tú y yo nos hemos querido negar.

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