Opinión

Perdón al cuadrado

«Los enfermos no sienten compasión por nadie e intentan matar por contagio (…) La enfermedad, no importa en qué forma se manifieste, es el testigo más convincente de la futilidad (…) Los enfermos creen que todas sus extrañas necesidades y todos sus deseos antinaturales estás justificados» (Un Curso de Milagros)

Perdonas? Hay un perdón que practica comunmente el mundo, que todos practicamos. Es el perdón del elegido, el perdón del superior, el perdón del gurú. Al que te ha dañado tú, con tu gran visión y tu magnanimidad, absuelves; no lo merece (porque es mucho lo que ha hecho), pero tú, en un gesto de calidad humana y de don divino, otorgas un perdón grande, a la altura de la herida. La afrenta es grave (y la recuerdas casi de continuo), pero has decidido, desde tu talante conciliador y tu deseo de pasar página y avanzar, conceder ese perdón que te brota de tu mejor lado: la bondad que desprendidamente regalas -y regalo- al mundo.

Y, una vez perdonado así, sientes, sentimos, el obligado merecimiento de ir en paz. Lo que no podemos comprender es por qué esa paz (tras semejante gesto magnánimo) dura tan poco, tiene un respirar tan efímero.

¿Perdonas? ¿Perdono? Lo cierto es que no. No puedes perdonar a un hermano que has declarado culpable de antemano. No puedes perdonar al que has hecho inferior y tú, desde tu superioridad, absuelves. No estás perdonando: estás (y estamos) condenando al otro al yugo del sometimiento y a la cadena del pecado irremisible y sin cura. «Te perdono, pero que sepas que lo que has hecho no tiene perdón alguno». ¿Es eso perdón?

Hay otro perdón (sí, lo hay) para borrar cualquier tipo de enfermedad del signo y del sesgo que sea, entendiendo por enfermedad aquello que deriva de la locura de vivir dañando al cuerpo y al equilibrio en cualquiera de sus aspectos y sentidos. Hay otro perdón, un perdón al cuadrado, un perdón por encima del perdón, un perdón que disuelve y erradica, un perdón que le dice esto a tu hermano: «Nada de lo que tu locura te ordenó hacer jamás ocurrió ni tuvo efectos en mí de ninguna clase, ningún reproche que albergó tu corazón estuvo justificado». Es el perdón del no ver. Es el perdón que primero (sí) contempla, comprende, observa la situación en su conjunto, considera, reconoce, atraviesa la niebla de esa locura, la delimita y, después, la olvida porque, como humo, la disolvió.

Es el perdón que no perdona porque nada le puede herir. ¿Tomarías mucho tiempo en consideración la afrenta de alguien que en una noche de copas te dijo algo poco conveniente o te tiró un vaso por encima? ¿Tendrías en alta estima las palabras del que está bajo efecto de las drogas? ¿Apreciarías los ‘apacibles’ consejos en tu trabajo del que más afectado está por el estrés?

Más allá de todo eso, más allá de toda enfermedad, el corazón de tu hermano te saluda. Y es un corazón igual que el tuyo, exactamente igual. Él, tu hermano, es un ser brillante, inocente y magnífico como tú mismo. No veas su locura, no tengas en cuenta sus viajes al pasado, renuncia siempre y para siempre a considerar sus errores, sus ansias de dolor, sus conversaciones sostenidas siempre al hilo de la pena y el drama… y empieza a creer en el milagro. En el milagro de que eso que no ves más nunca más existirá.

El milagro de que, no tardando mucho, aparecerá el que estaba debajo: alguien lleno de calma, en equilibrio, dulce, sano, feliz, entregado al amor y a la verdad. Alguien, definitivamente, en paz.

Es el perdón de dar lo que te das.

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Un comentario

  1. precioso… una vez más…..me llega hasta el corazón… me perdono…eso es lo primero que se me ocurre decir tras leerte. Gracias

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