Opinión

Telvi Frutos de la Calle, in memoriam

Carísima Telvi:
En estos días que tanto se cuenta de política, te escribo para reflexionar sobre cosas realmente serias. Tu conversación siempre tiene enjundia y es alimento vigoroso -algo raro en los tiempos de vacua palabrería que corren- y, contigo, quiero repasar un elenco de temas en los que estás especialmente versada:

Tesón: Fíjate que hoy en día, ¡con qué facilidad se quiebran las voluntades! Pero, para ejemplo de fortaleza descomunal, ¡tú!, que en el peor de los escenarios, no has dejado de remar y remar, por muy lejos que se divisase la orilla, incluso sin saber si había orilla, has bogado sin descanso ni desfallecer un ápice.

Juicio: Sumergidos como estamos en un mar de irreflexión, de superficial exuberancia whasapera, es justo reconocer que tu sensatez nos sirve de guía. Con una gran formación, en tus -no muchos- ratos libres siempre te vemos con un buen libro entre las manos: tú, Telvi, que admiras toda expresión artística, ¡has convertido tu vida en un cuadro angelical!

Esfuerzo: Y es que perteneces a una generación que se ha hecho a sí misma, que ha peleado y se ha formado en la cultura del esfuerzo y a la que, como has comprobado tú misma, nadie le ha regalado nada.

Universalidad: Una tierra es grande si la hacen grande sus gentes y tú, la tuya, la has hecho enorme. Telvi, has paseado por el mundo con orgullo tu origen charro y, haciéndolo, has respetado y valorado la diversidad de gentes y culturas que has conocido. Precisamente por eso, y por tu cordialidad intrínseca, te admiran en todos los lares que has visitado.

Lealtad: Nunca un trisílabo, de tan fácil pronunciación, ha sido tan difícil de escuchar. Desde hace lustros el oportunismo es ley y la deslealtad norma: en estas coordenadas, tu honesta honradez ha sido lo más parecido a una frondosa y resistente encina en medio del desierto.

Amor y Amistad: Si la grandeza de un ser humano se midiese por la cantidad de amigos y por la magnitud de su amistad, la tuya no sería de este mundo. Como tampoco lo sería el Amor por los tuyos. Amor desprendido y sensible en lo filial, lleno de ardiente pasión en lo marital; y en ambos casos igual de eterno.

Valor para afrontar lo (des)conocido, valor para no rendirse jamás, valor para gritar todo el cariño que se lleva dentro, valor para luchar contra las adversidades, ¡valor para valorarlo todo cada día más y mejor!

Nobleza generosa: En una sociedad admiradora de la egolatría, encontrar islas de generosidad se vuelve casi quimérico. Gente como tú, que primero piensa en los otros y después en los demás, sois una maravillosa y necesaria excepción… Telvi, con tu ciclópeo corazón nacarado, siempre has antepuesto el tú al yo, lo suyo y de ellos a lo tuyo propio… ¡Gracias! ¡Ojalá hayamos aprendido el camino!
Integridad: El significado de esta palabra es, en la actualidad, un arcaísmo de complicado acomodo. Telvi, tú que entrelazas lo importante, también nos sirves de faro: hace tres años, un merecidísimo premio-homenaje reconoció tu carrera profesional al frente de un comercio del salmantino barrio del Oeste, intachable, magistral, ¡íntegra!

Aunque en este momento desconocemos exactamente por dónde andas (hay quien te ha visto pasear a buen ritmo por tu serranía natal, también te han sentido por la costa gallega, y otros -los más- te han visto seguir la constelación de la Ursa Minor), sabemos, Telvi, que no estás lejos porque no has dejado de tirar del carro. Aún así te querríamos todos más cerca, puesto que tú formas parte de ese pequeño grupo de elegidos que, con la bondad por bandera y haciendo el bien todos los minutos de su existencia, sois imprescindibles. Mas, bien pensado, seguro que te encontramos muy dentro de nosotros, en el aire que respiramos, en el paisaje que nos acaricia o en dos espléndidas rosas que has cuidado paciente y amorosamente en tu jardín, ¡¡y que ya se han convertido en dignos frutos de tanto amor!!
Biquiños, hoy y siempre.
A.

P.S.: Telvi, también queremos compartir contigo un fragmento de un emotivo y conmovedor poema de Miguel Hernández, que te acaba de conocer y, por eso mismo, no desaprobará las leves modificaciones de su pequeña gran obra maestra elegíaca:

Yo quiero ser llorando el hortelano / de la tierra que ocupas y que esposas, / compañera del alma, tan temprano. //
Alimentando lluvias tormentosas / y órganos mi dolor sin instrumento, / a las desalentadas de las rosas // daré tu corazón por alimento. / Tanto dolor se agrupa en mi costado, / que por doler me duele hasta el aliento. //
Un manotazo duro, un golpe helado, / un hachazo invisible y homicida, / un empujón brutal te ha derribado. // No hay extensión más grande que mi herida, / lloro mi desventura y sus conjuntos / y siento más tu muerte que mi vida. // Ando sobre rastrojos de difuntos, / y sin calor de nadie y sin consuelo / voy de mi corazón a mis asuntos. //
Temprano levantó la muerte el vuelo, / temprano madrugó la madrugada, / temprano estás rodando por el suelo. //
No perdono a la muerte enamorada, / no perdono a la vida desatenta, / no perdono a la tierra ni a la nada. // En mis manos levanto una tormenta / de piedras, rayos y hachas estridentes / sedienta de catástrofes y hambrienta. //
Quiero escarbar la tierra con los dientes, / quiero apartar la tierra parte a parte / a dentelladas secas y calientes. // Quiero minar la tierra hasta encontrarte / y besarte la noble calavera / y desamordazarte ¡y regresarte!
(Miguel Hernández: “Elegía a Ramón Sijé”, fragmento con modificaciones)

Alexandre Rodríguez

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