Opinión

Golpe de efecto

El anuncio de la abdicación del Rey en el príncipe Felipe acaba de convertirse en el acontecimiento del año en España. Una noticia importante para el país en la que los ciudadanos vuelven a quedarse como meros espectadores.

España estaba en estado de shock tras las elecciones europeas que constataron el alejamiento creciente entre los ciudadanos y los grandes partidos, marcados por las garras de la corrupción e incapaces de responder a sus necesidades.

Los comicios confirmaron que algo estaba cambiando. De momento esa certeza es lo único que late en la sociedad. El primer indicio ha sido el apoyo masivo a Podemos, que revela que se prefiere algo sin madurar, pero que ilusiona, antes que lo malo conocido.

La decadencia de los dos grandes partidos y el rechazo a su forma de actuar, a la corrupción, a la falta de participación ciudadana y a la falta de equidad en el reparto de los sacrificios durante la crisis, ha puesto en jaque el modelo al que nos habíamos acostumbrado.

Ni la Corona ha permanecido ajena a este desencanto generalizado, coincidiendo con el procesamiento de Urdangarín y, quizá, de la infanta Cristina, por tener las manos demasiado largas, las correrías del Rey y su dolce vita mientras el país estaba tieso, y el frágil estado de salud del monarca. La confluencia de estos factores ha horadado la confianza de los españoles en la que había sido una de las instituciones más valoradas hasta hace unos pocos años.

[pull_quote_left]Quizá, los ciudadanos querrían tener algo que decir cuando se va a producir un acontecimiento del calado que tiene la abdicación del jefe del Estado en su hijo. Expresar libremente qué forma de gobierno prefieren.[/pull_quote_left]En este estado de shock se hacía necesario un gran impacto social para que dejáramos de agobiarnos por el desencanto con los dos grandes partidos, el descrédito de las instituciones por la corrupción y el dolor y el sufrimiento que está ocasionando la crisis.

Nada mejor para lograrlo que impactarnos con la abdicación del Rey buscando una especie de revulsivo que nos permita salir del marasmo a modo de ensalmo, como si pudiera hacerlo una institución que, más allá de sus servicios al país, hoy encarna algunos de los males que están en la base del desencanto de los ciudadanos.

La Corona, que en repetidas ocasiones ha sido utilizada para fines que no le son propios (el último caso ha sido la gira por Arabia Saudí y Kuwait de la mano de un grupo de empresarios contratistas que ahora no tienen gran cosa que rascar por aquí), tenía que renovarse, y parece que se ha buscado este momento como el más apropiado para, de paso, eclipsar otros debates.

Un nuevo gesto que ahonda la separación entre las instituciones y los ciudadanos a los que representan. Una ocasión más en la que se decide por ellos temas de una gran trascendencia, como si desconfiaran de su capacidad para elegir y de su elección. Unos ciudadanos a los que ahora (igual mañana ya no) no les convencen las maniobras de distracción y que, ya puestos, quizá querrían tener algo que decir cuando se va a producir un acontecimiento del calado que tiene la abdicación del jefe del Estado en su hijo. Expresar libremente qué forma de gobierno prefieren. La opción que ganara en esa consulta, bien fuera la monarquía o la república, saldría con una legitimación y una solidez de la que carecen las herencias y los golpes de efecto.

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Un comentario

  1. Me parece muy correcto y oportuno el artículo. Pero, ¡ojo!, en las democracias representativas la opinión popular y la soberanía residen en el parlamento, que es donde se va a aprobar el acontecimiento. Lo que sí me parece clave, fundamental, es el momento. Después del resultado de las elecciones europeas se está poniendo la cosa muy fea para dejar esto para más adelante, teniendo en cuenta las elecciones de 2015 y sus posibles resultados. Y como dices, es una maniobra fundamental para que se deje de hablar y jalear a las expectativas de nuevos protagonistas en la vida política. Es nuestro país.

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