Jesús Málaga

La sede de las Naciones Unidas en Ginebra

A lo largo de los 71 años de mi vida he asistido a momentos de gran emoción. Quiero dejar constancia de uno que me marcó de forma especial. A finales de la década de los ochenta del pasado siglo, siendo alcalde de la ciudad, iniciamos desde el Ayuntamiento el expediente para la designación de Salamanca como Ciudad Europea de la Cultura. Antes de que la comisión pertinente dictaminara precisábamos apoyos de los países europeos, dentro y fuera de la Unión Europea, entonces Comunidad Económica Europea.

Siguiendo este proceso, una comisión municipal presidida por el alcalde y el entonces vicerrector de la Universidad de Salamanca, José Antonio Pascual, actualmente vicedirector de la Real Academia Española, visitó Suiza. En Ginebra, sede de las Naciones Unidas, estuvimos acompañados por Francisco Cenzual, canciller de nuestra embajada ante el organismo internacional. Fuimos recibidos por las autoridades de la Confederación Helvética, que se mostraron favorables a nuestras pretensiones. El alcalde ginebrino, Claude Ketterer, apoyó públicamente las aspiraciones de Salamanca.

Nuestra visita coincidió con la presentación de la comisión oficial de la ciudad de Ginebra para la celebración del V Centenario del Descubrimiento de América. Vistamos la exposición fotográfica del salmantino Ernesto Marcos, que casualmente exponía allí, y comparecimos ante los medios de comunicación destacados ante las Naciones Unidas para explicar los objetivos de la candidatura de Salamanca para ser nominada ciudad cultural europea en 1992, año en que se celebraba el V centenario del encuentro entre las dos culturas, la americana y la europea.

Con posterioridad, nos trasladamos al complejo de la ONU. En la visita guiada que realizamos por el edificio, nuestros anfitriones, los miembros de la embajada de España en el organismo, nos condujeron a una de las salas, especialmente cuidada y utilizada. Su decoración había sido financiada en plena Guerra Civil española por el Gobierno de la República. Al entrar, un escalofrío recorrió mi cuerpo. En la bóveda central aparecían majestuosos los sedales pintados por Sert con las catedrales de Salamanca, identificándose claramente su torre recogida en perspectiva desde la calle Tentenecio. En una de las paredes del recinto un busto de Francisco de Vitoria recordaba al mundo entero que un fraile dominico, profesor de teología de nuestra Universidad, había escrito las páginas más gloriosas del Derecho Internacional, del Derecho de Gentes.

Pero Vitoria no estaba solo;  otros muchos frailes del convento de San Esteban de Salamanca explicaban en la Universidad, predicaban desde los púlpitos y escribían defendiendo la igualdad, ante Dios y ante los hombres, de los indios. No les importó molestar a los poderosos, incluso al propio emperador que, ofendido con lo que se decía y escribía desde San Esteban, llegó a exclamar:

– ¡Que callen esos frailes!

Ese aire de justicia universal se fue extendiendo por España y por el nuevo continente; una orden religiosa, la dominicana, se encargó de trasmitir por América y Europa la buena nueva evangélica y los Derechos de los hombres. Ese mensaje se da a conocer de forma explícita a diario en Ginebra, en la sede de la ONU, a todas y cada una de las delegaciones del mundo, cuando sentadas contemplan, en una de las salas más usada y concurrida, los sedales de Sert y la escultura de Francisco de Vitoria.

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