Jesús Málaga

Un gran descubrimiento para Salamanca

La amistad iba creciendo y los duques nos invitaron a Sevilla, a la entrada de Jesús en la Academia de San Fernando de la capital hispalense. Comimos en el Palacio de las Dueñas con sus hijos y el entonces presidente de la Junta de Andalucía, Pepe Rodríguez de la Borbolla. Entró con un discurso precioso titulado “Una silla para dos Riberas”. Se refería a los dos paisajes de José Ribera encontrados por Cayetana en un pasillo de Monterrey. Al pasar junto a ellos, Cayetana comentaba en voz alta que le gustaban aquellos lienzos, considerados anónimos italianos.

Encargaron su limpieza al restaurador de la diócesis. Alfonso Albarrán descubrió la firma de José Ribera. Desde entonces el Palacio de Monterrey exhibe en su salón alto los dos paisajes, únicos de los pintados por el Españoleto, de grandes dimensiones. Merece la visita a esta casa solamente para disfrutar de ellos.

Los duques consideraron que los restos mortales del Gran Duque de Alba debían salir del Panteón de los Teólogos y recibir sepultura en un altar construido para la ocasión, diseñado por Fernando Chueca Goitia, en una capilla entre la sacristía y el templo de los dominicos. El día del traslado asistió al acto lo más granado de las casas reales del mundo. Guardaban el recorrido, junto al convento de los dominicos, soldados vestidos a la antigua usanza. Se produjo un espectáculo estético difícil de igualar.

La capilla donde iba a ser enterrado el Gran Duque había sido enjalbegada hacía siglos y acumulaba suciedad. Los frailes, ni cortos ni perezosos, la limpiaron horas antes de la ceremonia. Las partículas de la pintura blanca estaban suspendidas en el aire y se iban depositando en los trajes  negros de etiqueta de los asistentes, también en las sotanas de los sacerdotes que oficiaron en la ceremonia. El primero que empezó el movimiento de limpieza fue don Mauro, obispo de Salamanca. Al verse con aquellas pavesas depositadas sobre su impoluta sotana intentó sacudirlas con un resultado inesperado, en vez de quitárselas del medio las partículas embarraron las vestimentas talares y don Mauro quedó embadurnado como si se hubiera revolcado en harina.

[pull_quote_left]Al pasar junto a ellos, Cayetana comentaba en voz alta que le gustaban aquellos lienzos, considerados anónimos italianos[/pull_quote_left]Los mismos movimientos fueron surgiendo en los encopetados señores venidos de las casas reales europeas. Sus trajes guarreados, emborronados por sus propias manos al intentar sacudirse lo que consideraban polvo, fueron dando paso a una procesión un tanto esperpéntica que se hizo mucho más evidente al salir del templo y contemplar sus trajes y vestidos a la luz del día.

Al terminar el acto religioso nos encaminamos al Palacio de Monterrey. Allí nos esperaba Jesús Aguirre en una especie de silla imperial, con una pierna escayolada que mantenía extendida. Los invitados rodeamos las mesas, que rebosaban apetitosas viandas. En la nuestra estaba José Luis Martín, primer gobernador civil socialista de Salamanca.

En un momento determinado de los postres sirvieron unos buñuelos rellenos de chocolate; como soy muy goloso quise probarlos. El chocolate estaba a presión y al hincarle el diente estalló como si fuera una bomba. Me manché la camisa y la limpié con una servilleta como pude. Tuve la suerte de que parte del buñuelo y su contenido cayó al suelo. Nos entró una risa tonta, de esas que no puedes contener. Como si tuviera un resorte cogí una bandeja de buñuelos y se los iba ofreciendo a los invitados como un camarero más. Los nobles reaccionaban ante el estallido del chocolate de muy diversas formas. Unos se frotaban con la servilleta disimuladamente añadiendo a la suciedad que traían de la iglesia la de la comida, otros ocultaban el desaguisado con una servilleta y se iban al servicio, de donde salían con unas manchas más pronunciadas, producto de haber intentado quitar las huellas del chocolate con agua. Aquello iba subiendo de tono según el personal iba consumiendo los buñuelos. En cierto momento, sin poder contener la risa por más tiempo, abandonamos Monterrey.

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