Opinión

Seriales radiofónicos

 

Era por los años 50, edad de oro de los seriales radiofónicos. Yo viví aquella época feliz.

 

Siempre que se mencionan estos episodios de la vida española en aquellos –dicen ahora que desgraciados– años, se suelen referir a los melodramáticos, muchos de ellos de Guillermo Sautier Casaseca, entre los que se considera el «no va más» a «Ama Rosa«. Y otros cuyo nombre he olvidado. No eran plato de mi gusto, ni del de mis amigos, pero hay que reconocer que mucha gente, sobre todo femenina, era apasionada de aquellos capítulos lacrimógenos.

Me viene un nombre –me ha sido difícil recordarlo–: Doroteo Martí, que actuaba con una voz quejumbrosa que era la chirigota de nuestras tertulias. Pero fue admiradísimo. Tanto, que «Ama Rosa» fue llevado al teatro. Dicen que tuvo éxito, pero mi recuerdo es el de un palco con estudiantes que, en lugar de usar pañuelos para limpiarse los ojos, llevaron una gran sábana y armaron el escándalo con sus estentóreos gemidos. No sé si fue cierto o una exageración, pero el caso es que la obra duró poco en cartel. No obstante, se hizo una película, que entonces –¡por supuesto!– no vi, pero hace no mucho, sí. Estaba protagonizada por Imperio Argentina. El acierto fue no poner con ella al inefable Doroteo Martí, con aquel característico grito de «Maaadre» que tantas lágrimas provocó en sus radioyentes. Creo que era Germán Cobos quien le sustituyó en la gran pantalla.

¿Todos listos? ¡Silencio! ¡Grabando...!
¿Todos listos? ¡Silencio! ¡Grabando…!

La verdad es que muchas familias se reunían alrededor de la radio para escuchar su serial favorito, mientras se hacían otras cosas. Era casi obligado en los numerosos talleres de corte y confección que por entonces había, con sus madrileñísimas modistillas… Es la gran ventaja de la radio sobre las posteriores telenovelas. ¡Se hacía algo al mismo tiempo!

Una voz muy cotizada fue la de Ángel Soler, el gran locutor de Radio España, EAJ 2, que hacía todo tipo de papeles. ¡Llenaba todos los espacios de su emisora, incluyendo los publicitarios! Pero no. A mí no me gustaba su voz, que lo mismo hacía papeles de galán que de anciano, y puede que hasta de jovencito. Lo que a mí me entusiasmaba eran los seriales de tema histórico o de aventuras. Me voy a referir a dos, las que mayor impacto me produjeron.

Una fue la dedicada a Miguel Strogoff, el «Correo del Zar«. Lamento no acordarme de quienes fueron sus intérpretes, que tanto me embelesaron. Fue el origen de mi juvenil afición a las lecturas de Julio Verne, que se incrementó con la llegada de los libros Pulga.

La otra, que oí algún tiempo antes, me impresionó mucho más. Era una versión radiofónica de «La casa de Tócame Roque«, basada en la novela de Ramón Ortega y Frías. Todos los niños de aquel bendito colegio, tan cercano al lugar donde ocurría la acción, estábamos entusiasmados con las sesiones de radio, que por nada del mundo nos perdíamos. Yo veía, en mi imaginación, aquellos personajes con capa, espada y chambergo de ala ancha, por aquellas calles y rincones de mi barrio, entre aquellas luces mortecinas, embozados… ¡Sí! Veía al Madrid del XVII, redivivo…

¡Y aquella música que acompañaba a las voces…! Han pasado muchos años. Muchísimos… Pero siempre que la vuelvo a oír renacen mis sueños infantiles…

¡Silencio todos! ¡A callar y a escuchar...!
¡Silencio todos! ¡A callar y a escuchar…!

Al cabo de algún tiempo mi hermana Petri compró un tocadiscos. Y uno de los primeros discos que adquirí fue el Concierto de Aranjuez; en la guitarra estaba nada menos que Regino Sainz de la Maza. ¡Era aquella música de mis ensueños! ¡La que tarareábamos los niños de aquel colegio, cuando nos batíamos con palos que sustituían a las espadas! ¡O sin palos; con el dedo índice!

Mucho, mucho después, tuve ocasión de comprar y leer la novela de Ortega y Frías. Como no podía ser menos, esperaba más de ella. ¡Suele ocurrir! Tuve que cerrar mi mente para que no se esfumasen mis queridas imágenes infantiles con la experiencia de la madurez…

¡Sí, amigos míos! El tiempo cambia nuestra percepción de las cosas que soñamos y que deleitaron nuestra infancia o juventud. ¡Así es la vida!

Pero hay algo que no ha cambiado en absoluto: lo que siento cada vez que escucho el CONCIERTO DE ARANJUEZ.


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2 comentarios

  1. Querido Emiliano,

    Yo ya soy más de la era de la televisión en blanco y negro, aunque en casa de mi abuela había un aparato de radio parecido al que tienes en tu foto. Muy parecido. Mi impresión es que mientras que la radio unía a las familias la televisión las separaba pero me gustaría saber tu opinión al respecto.

    Un abrazo y que tengas un feliz verano,
    Emilio

    1. Creo que tienes toda la razón. La familia se reunía para oír los programas de la radio. No sólo los seriales; también los concursos, los consultorios… En los primeros tiempos de la tele ocurría algo parecido, especialmente después de cenar. ¡Es que entonces la TV era otra cosa que no tiene nada que ver con las de ahora!
      Un abrazo

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