Opinión

San Gonzalo

 

– Me llamó mucho la atención lo que hablamos el otro día sobre los bretones en Galicia.

 

– La verdad es que se sabe muy poco sobre esta cultura que desapareció sin casi dejar huellas.

– ¿Y a que se debe? ¿No se conservan documentos de aquella época?

-Escasísimos, e indirectamente. Probablemente fueron quemados todos cuando la invasión musulmana, que arrasó aquella zona del norte gallego. Y además, también se dice que hubo otra destrucción por los vikingos. Tan sólo se hace referencia a obispos bretonienses en las firmas de los Concilios católicos suevos y visigodos. Antes de eso sólo se sabe que estaban allí, permitiendo su culto los suevos arrianos. Es de suponer que llegaron en esta oscura época.

– ¿Y vinieron de las Islas Británicas?

– O de la Bretaña continental. Si de las islas, seguramente lo harían empujados por los sajones. El caso es que se afincaron con sus propios obispos, que tenían una organización monástica en lugar de la romana, que era episcopal. Su labor en la zona fue al principio misionera, dado que aún persistía el paganismo en muchas zonas rurales.

– Traerían sus costumbres ¿Noo?

– Sí. Claro. Está escrito que en un Concilio de Toledo se cita la tonsura que tenían los monjes «de ciertas zonas de Galicia», que era pequeña, con una larga cabellera, ordenando que fuese sustituida por la que todos conocemos en los clérigos medievales, grande y con corona de pelo.

– ¿Cómo desapareció esta cultura tan de repente?

– La invasión musulmana arrasó templos y archivos, pero durante algún tiempo perduró su memoria. Parece ser que cuando se instaló la capital del reino asturiano en Oviedo, allí no había obispado, dependiendo de Astorga. ¿Cómo no iba a tener la corte su propio obispo? Y se instauró cogiendo lo que había. La parte hoy asturiana del obispado bretoniense fue asimilada. Siguió un periodo turbio en el que lo que quedó al oeste del río Eo fue, digamos, «invadido» por el desplazado clero dumiense, que se instaló en San Martín de Mondoñedo. El nombre de «britoniense» aún se conservó en algún documento ovetense hasta el siglo XII, pero casi como una reliquia del pasado. Todo ello resulta muy confuso.

– ¡Que interesante! Pero quedamos el otro día en que me diría su opinión sobre el milagro de San Gonzalo cuando arrasó la flota vikinga…

– Debió ser un gran hombre, de esos que surgen de cuando en cuando, muy sabio y prudente, querido y respetado por cuantos le conocieron. Las incursiones vikingas asolaban las costas con cierta frecuencia, e incluso penetraban tierra adentro, sedientas de botín. Seguramente se adecuó una red de vigilancia para avisar del peligro.

«Yo pienso que lo que ocurrió es que en aquella ocasión funcionó la alerta y que, como no tenían otra defensa que la huida, se refugiarían en los bosques. No me imagino a aquel buen anciano, artrítico, subiendo a pie la empinada cuesta que lleva al Alto de Grela, desde donde se ve toda la ría de Foz. De hacerlo así retardaría la huida de los feligreses. No. Yo creo que le llevaron en unas angarillas.

«Y aquí viene lo extraordinario. Se desató una fortísima tormenta y cuando llegaron al Alto contemplaron como la flota vikinga había sido totalmente destruida. Yo he vivido en el norte de Galicia tormentas pavorosas, con centenares de relámpagos, truenos y rayos continuos, y le puedo decir que son terribles. Aquello debió ser así, con la salvedad de que duraría sólo mientras subía el obispo hasta el Alto. ¿Cómo, si no había calmado la tormenta, pudieron contemplar la ría?

– ¡Claro! Y entonces achacaron la salvación a los rezos del santo obispo mientras subía, añadiendo el detalle de las genuflexiones reumáticas, que probablemente se dieron ya arriba, pero no durante el trayecto.

– ¡Eso es! Pero no hay que negar que la tormenta pudo ser milagrosa…

– ¡Claro, claro! ¿Y qué me dice del milagro de la Fuente de la Zapata?

– Pues que ese tipo de milagro se repite en el Santoral. Lo más probable es que limpiase el drenaje obstruido, quizás con un golpe. Lo achacarían, después a los rezos de este santo varón. Su memoria se conservó imperecedera, acudiendo las gentes a pedir socorro o alivio de sus penas, como lo hacían cuando vivía. ¡Y fue tanto el aprecio de ellos y sus descendientes, que no quisieron trasladar sus restos a la nueva catedral, la de Mondoñedo, cuando ésta se hizo!

«Pero hay otra versión muy desmitificadora que he leído no hace mucho. Dice que, efectivamente, hubo un obispo Gonzalo Fróilaz, en el siglo XII, cuando ya los normandos eran más formalitos que sus antepasados. Este obispo, de familia muy poderosa, fue el reconstructor de la catedral de San Martín e impulsor de la reforma gregoriana. No pudo ser el protagonista del milagro.

– ¡Ah, noo! ¿Y quién fue, entonces?

– Pues ello se atribuye, no sé si con fundamento o no, a Sisnando II, de Iria, que murió peleando con los normandos hacia la mitad del siglo X.

– ¿Y usted qué opina?

– Ya digo que no tengo argumentos ni a favor ni en contra. Pero podría tratarse de una más de estas seudohistorias que hoy son tan del gusto del público. ¡Más valdría dejar las tradiciones como estaban!

– Estuve en Mondoñedo. Supongo que también lo conoce.

– ¡Por supuesto! Y después pasaría por O Fiouco. Pero… ¿lo dejamos para mañana?

– ¡Vale!


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