Opinión

¡Ya estamos!

 

Siempre hay que tener mucho cuidado con las expresiones que se dicen, pues pueden dar lugar a situaciones que no esperamos.

 

Cuando escribí sobre los «Cincuenta años de Geológicas en Salamanca» no encontré el orlín que me regalaron cuando aquella heroica Primera Promoción terminó sus estudios, allá por 1972. De modo que fui a pedírselo a uno de sus miembros, Francisco Javier Sánchez San Román, desde hace muchos años profesor de Hidrogeología de la Universidad de Salamanca.

Él me hizo la fotografía de su orla, que encabezó la «ocurrencia», y conversamos sobre aquellos tiempos en que yo les expliqué la Geodinámica Externa, según el modelo que aprendí de mi inolvidable maestro, Francisco Hernández-Pacheco. Tenía este sabio profesor un teodolito militar, que nos contó le habían regalado a su padre, el insigne don Eduardo. Tan antiguo era, que había que aplicar siempre unas correcciones en la medición de las distancias para obtener un buen resultado.

Me agencié un buen teodolito-taquímetro, un Wild T16A, de imagen directa, y con él realicé algunas prácticas con los alumnos de las dos primeras promociones, en los cursos 1968-69 y 1969-70. Después se hizo cargo de aquella asignatura Cándido Alfageme y no sé qué prácticas enseñaría.

En nuestra conversación, Javier me recordó una anécdota de la que fuimos protagonistas la Primera Promoción y yo. A él se le quedó grabada para siempre, pero yo la había olvidado. La contaré ahora, con permiso de mi interlocutor.

En aquel lejano día cargamos con el teodolito y una mira de 4 m y marchamos a un lugar cualquiera donde pudiésemos trabajar sin la molesta curiosidad de extraños. Javier recuerda que era una verde pradera, quizás el campo de deportes…

Después de situar el teodolito en posición adecuada en el trípode, atendiendo mis explicaciones de cómo manejar los niveles de burbuja para conseguir la horizontalidad de la posición y colocar los espejos para visualizar las escalas horizontal y vertical, uno de los alumnos –no recordábamos cual– cogió la mira y se desplazó a una distancia de unos 30 o 40 m.

Había que medir un ángulo exacto, por lo que, con el ojo aplicado al ocular, le iba diciendo que se moviese a la izquierda, a la derecha, un poco más, más… «¡Ahí! Ahora pon la mira vertical; un poco más, más…»

Cuando, por fin, se consiguió tener todo a punto para empezar a leer los valores en las dos escalas, yo grite «¡¡Vale!!»

El alumno pensó que habíamos terminado, Y SE VINO HACIA NOSOTROS.

¡Hubo que volver a empezar a colocar la mira de nuevo, entre la chacota de todos!

Y eso pasó por no decir la expresión correcta, que no diese lugar a equívocos. Algo así como «estate quieto ahora» o similar. Al menos sirvió de enseñanza a los alumnos. Y más aún por lo que les conté a continuación, que hizo que no se les olvidase.

Es lo siguiente:

«En una barca remaban cuatro ciegos, que eran dirigidos al timón por un tuerto. Éste les iba cantando «Uno…, dos…, uno…»

«Pero, claro, los ciegos remaban mal y le salpicaron al tuerto al ojo que veía…

«El tuerto se secó el ojo bueno con la mano que tenía libre, y dijo:

«¡Vaya, hombre! ¡Ya estamos!

«Y los ciegos, al oírle, se bajaron de la barca y se ahogaron…

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Esta es la anécdota que no había olvidado Francisco Javier. Yo sí. Él me la ha recordado cincuenta años después y yo os la trasmito, con nuestro saludo más cordial…


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2 comentarios

  1. Querido Emiliano, gracias por tu «ocurrencia» que hoy es memorable. Cierto que hay que tener cuidado siempre con las expresiones que se usan. Pero también lo es que a veces se tienen peores resultados con un exceso de cuidado y que la espontaneidad merece el riesgo. Lo mejor, enemigo de lo bueno. Un abrazo y hasta pronto Emilio

    1. La verdad es que últimamente se me ocurren cosas muy curiosas. Y lo más notable es que conforme las voy escribiendo se me van ocurriendo más y más. ¡Yo soy el primer sorprendido de mí mismo!
      Un abrazo
      Emiliano

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