Opinión

Chuletas

 

Yo no sé si se siguen utilizando las chuletas en los exámenes. A lo mejor los estudiantes de hoy ni saben que es, o era, eso. En algunos países de Hispanoamérica las llaman «torpedos».

 

Pues les diré que las chuletas eran un complemento maravilloso en aquellos nuestros estudios; algo que todos usábamos. ¡Sí! ¡No digáis que no, que hasta yo las hice!

¿No recordáis la gran escena de Chaplin en «Tiempos modernos«, cuando al final tiene que cantar en aquel establecimiento, pero no sabe bien la letra de la canción y la escribe en sus puñetas almidonadas? ¡Pues eso eran las chuletas! Apuntes, resúmenes, fórmulas, lo que sea, escritos en letra pequeñísima, para sacarlo con disimulo en los exámenes. Tú sabías que te la estabas jugando, porque, si te pillaban con ellas en la mano, te aguardaba, primero, el suspenso –o puede que más–, y luego, la reprimenda paterna. ¡Pero había veces que te la tenías que jugar!

¿Dónde la llevabas? Rara vez en el bolsillo. Mejor en la manga, debajo de la correa del reloj o de la corbata, prendida con un clip, o, si eras mujer, en la liga o en…

¿Cómo eran? Eso dependía del artista. Unas eran de rectángulos plegados formando un acordeón. Otras, mucho mejores, se enrollaban como diminutos documentos romanos o egipcios, y se sujetaban con una gomita elástica.

¿Que si yo hacía mis chuletas? ¡Pues claro! ¡Como todo el mundo! ¡A ver, que me escriba quien no lo haya hecho en sus tiempos felices!

¿Que si las usaba? Pues no. No me hacía falta. El escribirlas suponía que habías estudiado el temario y luego bastaba con repasar la chuleta. La llevaba al examen, pero no la sacaba porque me la sabía de memoria.

No sé si os he contado alguna vez mi grave defecto ocular, consistente en una miopía magna. Eso me permitía leer y escribir como los antiguos amanuenses, con letra ultrapequeña. Pero para poder usar la chuleta hubiese tenido que acercarla mucho a mis ojos. ¿Os lo estáis imaginando si lo hubiese hecho en un examen? ¡Se hubiese notado mucho!

Pues una vez, sólo una, lo hice. ¡Y no me pillaron! Años después, cuando yo ya llevaba algún tiempo como docente en la Universidad de Salamanca, coincidí en un congreso con el profesor que cuidaba en aquel examen. Le pregunté si no se había dado cuenta de que yo estaba copiando y me contesto que sí, que ¡claro que me habían visto todos! Pero que como me conocían bien hicieron la «vista gorda».

Pero termina uno la carrera y pasa a estar en el otro bando, de ser juzgados a ser jueces. Muchos profesores se olvidan automáticamente de las penas pasadas y de las infracciones cometidas y se vuelven duros e intransigentes. ¡Mala cosa! Ya sabéis aquel dicho de la evolución de los profesores universitarios, que son, en el primer año, «Sancho el Bravo»; en el segundo, «Sancho el Fuerte»; y en el tercero, «Sancho Panza». ¡Suele ocurrir!

El habituarme a hacer las chuletas y no poder usarlas luego supuso para mí una gran ventaja en mi profesión docente. ¿Recuerda alguno de mis antiguos alumnos que yo utilizase en clase apuntes o guiones que leyese en público? ¡A que no! Como yo seguía teniendo mi gran problema visual, tenía que aprender las lecciones que tenía que impartir en unos apuntes, algo así como una chuleta o un esqueleto, que yo rellenaba mentalmente en el aula. Esos apuntes me han acompañado toda mi vida, por si tenía que volver a echar mano de ellos.

Pero vamos al motivo de este recuerdo de las chuletas. Hace unos días supe de una antigua -antiquísima- alumna mía: Sofía Ramos González.

Durante el curso 1966-1967, en Salamanca, ella estaba matriculada en aquel 1º de Ciencias, el famoso Selectivo, en el que yo daba la Geología General. Fue una alumna brillante, destacada.

El examen de la asignatura se desarrolló, escrito, en el Auditorio del Palacio de Anaya, que por aquellas fechas compartíamos las Facultades de Ciencias y de Letras. Era un aula gigantesca en forma de anfiteatro en el que el escenario lo ocupaba la gran pizarra y una tarima de madera en la que había que andar casi de puntillas por su gran resonancia.

Estaba yo en la tarima, comentando algo con las ayudantes de entonces, Celia Espino y Teresa Martín-Patino. En esto que subió Sofía a la tarima, pues quería preguntarme algo que no entendía. Y según estaba hablando, sonó a nuestros pies un ¡¡¡PLUM!!!. Bajamos los cuatro la vista al suelo y allí, en medio, había una chuleta de las de «en rollo. Celia se agachó, la recogió y la guardó en el bolsillo de su bata de laboratorio, para entregármela después. Recuerdo a la pobre Sofía, que después de unos momentos de estupor, siguió hablando sin saber qué decía y, lentamente, se fue a su banco ¡sin dejar de hablar!

Por supuesto, yo leí aquella chuleta, que era como las que yo hacía ¡y comprendí! Al día siguiente, muy preocupada, vino a verme. Yo la tranquilicé diciéndola que no la iba a suspender, pero que tuviese más cuidado de donde colocaba las chuletas de apoyo. ¡Por cierto: no sé donde la había ocultado, pero me lo estoy suponiendo!

Después, Sofía volvió a ser mi alumna, ahora de una asignatura de Doctorado que yo daba en 1972. Más tarde ganó una oposición para impartir docencia en la Universidad de Oviedo. No volví a verla, pero supe de su vida por medio de amigas, camaradas suyas de aquellos sus felices años de estudiante. Me enteré, hace años, que había sido tocada por el Dedo de Dios, el olvido sin dolor, por el terrible mal de Alzhéimer, y ahora, de su fallecimiento y del homenaje que le han hecho sus compañeros y amigos de Oviedo, del Departamento de Bioquímica y Biología Molecular y del Instituto de Oncología del Principado de Asturias, del que era Miembro.

Sofía, después de una vida dedicada a la docencia, que ejerciste con ejemplar brillantez, ganando el corazón de tus alumnos, ¡DESCANSA EN PAZ! ¡QUE LA TIERRA TE SEA LEVE!


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