Opinión

Año de aniversarios

 

Está claro que este año 2018 es el de los aniversarios. Al VIII Centenario de la Universidad de Salamanca, de todos conocido y por todos festejado, no hay nada que pueda añadir o aclarar, sino alegrarme con sincera admiración por su historia.

 

Y digo aquello porque también cumple años, en este caso cincuenta, el Departamento de Geología, nacido en 1968 como Sección de CC. Geológicas de la Facultad de Ciencias. Yo ayude en su parto. En estos momentos ignoro — aparte de mi persona y algunas más que me han escrito– si va a haber celebración o no. Da igual. Si se hace, pues bien. Y si no, pues también. La alegría está en los que la sienten. Y las penas y malos recuerdos hay que desecharlos y recordar sólo los grandes momentos que vivimos.

Holotipo de Neochelys salmanticensis (Jiménez, 1968) del Eoceno medio del Teso de La Flecha (STUS 180)

Otro aniversario que acabamos de vivir –y del que muchos me han felicitado– es el trigésimo de la SALA DE LAS TORTUGAS, que se inauguró felizmente en el Claustro de la Universidad de Salamanca el 31 de mayo de 1988.

Son muchos los que creen que esa actividad paleontológica se inició entonces, sin pensar que para lograr esa fantástica muestra de maravillosos ejemplares tiene que haber sido reunida desde mucho tiempo antes.

Efectivamente, así es. ¿Cuándo se puede datar su nacimiento? Podría ser desde el momento que apareció, incrustado en la roca, el primer ejemplar. Pero esa gestación es muy incierta. Es como si considerásemos el nacimiento de una persona en el instante en que un afortunado espermatozoide penetró un óvulo. Empieza su vida, pero no ha nacido.

Yo considero que la colección que hoy está en la SALA DE LAS TORTUGAS nació con la primera publicación sobre uno de sus ejemplares. Y ese acontecimiento ocurrió en 1968, con el artículo titulado «Stereogenys salmanticensis, quelonio eocénico de la Cuenca del Duero«, del que soy autor, en la revista Estudios Geológicos.

En dicho artículo se describe el holotipo, es decir el primer ejemplar que define una especie, de la tortuga dedicada a Salamanca, «salmanticensis«, nombre que ha perdurado, si bien desde 1977 se incluye en el género Neochelys, por lo que mi apellido, cuando se habla de ella, debe figurar entre paréntesis.

El cuarto paratipo de Neochelys salmanticensis (STUS 263) mientras era restaurado por Eduardo Carbajosa.

El hallazgo de aquel ejemplar se debió a mi entonces alumno de Químicas, Eduardo Carbajosa, infatigable buscador, al que se deben también los primeros importantes «paratipos«, más completos, de Neochelys salmanticensis (Jiménez, 1968). Uno de ellos, el cuarto, mostró su caparazón y su cintura pélvica completos. Pero el holotipo no se puede cambiar una vez establecido.

Eduardo Carbajosa fue también el descubridor de otra tortuga, que le dediqué, «Podocnemis carbajosai«, pero que una década después redefiní como un caso patológico de Neochelys salmanticensis, con unas extrañas deformaciones ocasionadas por el ataque de un cocodrilo, Diplocynodon. Pero de este famoso quelonio, conocido como «la tortuga de Cabrerizos» os hablaré en otra ocasión. Hoy la Sala de las Tortugas alberga centenares de ejemplares de, al menos, dos especies de estos Podocnemídidos.

Lo que quiero resaltar hoy es el orgullo que siento por haber sabido inculcar en este colaborador, Eduardo Carbajosa, y en muchísimos más, el gran mérito de comprender que sus hallazgos no debían ser sólo suyos, sino formar parte de una colección pública y protegida, para que los investigadores del futuro puedan estudiarlos y sacar nuevas conclusiones para la Ciencia. Y, al mismo tiempo, ser contempladas por todo aquel que quiera verlas.

Aquellos descubrimientos cambiaron mi vida y la de muchas personas que me siguieron. Muchas. Motivadas siempre por un interés desinteresado, orgullosas de que hoy los tesoros que encontraron estén en la Sala de las Tortugas de la octocentenaria Universidad de Salamanca.

De modo que en este 2018 se cumple el cincuentenario de Neochelys salmanticensis, que creo que es la única especie animal, viva o fósil, dedicada a Salamanca (en el reino vegetal hay una liliácea, Candida, y una unbellífera, Thapsia, con este nombre específico). Su medio siglo de vida nominal también debería ser celebrada de alguna manera. Pero… ¿qué se le podría regalar?

¿No sería lo mejor para ella, y para sus casi 25.000 acompañantes (tortugas, cocodrilos, mamíferos, coprolitos, etc…) asegurar un futuro esperanzador?

Hoy, la SALA DE LAS TORTUGAS es una realidad, pero puede que en ese futuro no sea lo mismo que yo forjé. ¡No importa! Lo importante es continuar con el empuje creador de savia nueva, sin olvidar nunca el fin supremo que debe mover a todo investigador, restaurador o gerente: salvaguardar el tesoro paleontológico para las generaciones venideras, amarlo, potenciarlo y aumentarlo, dándolo a conocer no sólo a los visitantes, sino a todo el mundo, independientemente de quien lo haga.

Desde estas líneas proclamo que lo importante no es mi nombre, ni mi obra tampoco. Lo es la valiosa colección que custodia la Universidad de Salamanca, que debe ser siempre uno más de sus orgullos.


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4 comentarios

  1. Gracias por este rico patrimonio acumulado, lamentablemente infravalorado por una Universidad que se precisa de ser ocho años centenaria.

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