Opinión

Cosas de Miguel

 

– ¿Conoció usted a Miguel de la Quadra Salcedo?

– Hablé con él y con su hermano Estanislao una vez, allá por el año 62, cuando volvió de su aventura por el Pacífico y por la selva amazónica. Luego no tuve ocasión de volver a verle…

 – ¿Y qué impresión le produjo?

– Pues verá usted. Él ya era famoso por entonces aunque no tanto como lo fue después. En el Campo de Deportes de la Ciudad Universitaria de Madrid se comentaban sus hazañas deportivas y sus cosas. No sé si será leyenda pero se decía que en una competición de bosleigh le habían invitado a participar en el equipo de «a 4», en el que estaba el marqués de Portago, el famoso corredor de Fórmula 1, que se mató poco después, y que como no había montado nunca en esos aparatos, bajó con alguien más por la escalera del hotel sobre la tabla de una mesa… Aunque ya digo que a mí esta historia me parece una exageración…

– Ya. O como en la Olimpiada de Roma, en el 60, que hizo los 3 nulos, el último dicen que a posta, en las pruebas de lanzamiento de disco…

El conocido aventurero se prepara para lanzar la jabalina.

– Yo asistí aquel día en que intentó batir el récord del mundo de jabalina, con aquel tipo de lanzamiento que imitaba el de barra vasca, y que fue prohibido por la Federación Internacional de Atletismo porque lo consideraron peligroso. Miguel y su hermano Estanislao se entrenaban asiduamente en las pistas de la Ciudad Universitaria, donde había un ambiente de gran camaradería entre los practicantes de atletismo y rugby. Yo lo viví, aunque mi tiempo no coincidió con el de ellos. Muchos atletas eran también rugbystas. Tengo entendido que Estanislao lo fue, no sé si en el Maratón o en el Canoe, y tenía una gran amistad con los jugadores del Casasola.

– ¿Y qué pasó con Miguel?

– Acudió con el equipo de España a unos Campeonatos Iberoamericanos de atletismo que se celebraron en Santiago de Chile en el 60, creo recordar. Al finalizar, no volvió a España. Nadie sabía nada de él. Durante algún tiempo fue noticia barajándose muchas hipótesis. Y de pronto, en el 62, apareció un domingo por la Ciudad Universitaria, acompañando a su hermano. Ese fue el día en que le conocí y contó sus aventuras.

– ¿Y qué dijo?

– Pues que en no sé qué puerto del Pacífico se embarcó en un pesquero, que dejó al arribar a la isla de Pascua. Allí estuvo con un equipo arqueológico y nos contó que tenía que entrar en unas tumbas que se abrían en unas oquedades que había en un acantilado, a las que había que bajar colgándose de una cuerda. Eso duró varios meses y a continuación volvió a Sudamérica y se adentró en la selva amazónica, donde convivió con una tribu nativa. Nos decía que dormía en una hamaca colgante y que lo primero que había que hacer por las mañanas era vaciar las botas de animales peligrosos, que buscaban ese calor para pasar la noche. En fin, toda una aventura acorde con su temperamento.

– Pues yo le conocí antes que usted.

– ¡Ah, síi! ¿Y eso?

– Coincidimos en las Milicias Universitaria en Montelarreina, en Zamora. Él no era muy brillante en las clases en las que había que hincar los codos, pero en las pruebas deportivas era todo un portento.

«Un día estábamos todos descansando después de comer, a la sombra de unas encinas cuando un mulo muy díscolo se metió entre todos dando coces sin parar. No había quien se acercase. Y en esto que apareció Miguel, que se arrojó sobre el mulo y se abrazó a su cuello.

Monumento a Miguel de la Quadra Salcedo en las pistas de atletismo de la Ciudad Universitaria, de Madrid.

– ¿Y qué pasó?

– ¡Le mordió en una oreja!

– ¡Pues se la arrancaría!

– No me ha entendido. ¡Fue Miguel el que mordió en la oreja al mulo!

– ¡No me diga!

– Sí. Y el mulo se calmó inmediatamente. Aquel día Miguel de la Quadra Salcedo figuró con mención de honor en el parte diario del campamento.

– ¡Vaya, vaya con Miguel!


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2 comentarios

  1. Emiliano, voy a reenviar tu anécdota con Miguel de la Cuadra a su hija Sol, fue alumna mía como estudiante de Arquitectura y ahora es del grupo de mi hijo Jaime.
    Sin dudarlo, le gustara y guardara
    Un abrazo, Marcelino

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