Opinión

Una ruina

Llevamos meses conociendo detalles sobre casos de corrupción cada vez de mayor entidad, pero aquí no ocurre nada. Si acaso, damos tiempo para que aflore alguno que hasta ahora permanecía a la sombra.

Pujol ha amasado una fortuna aún sin precisar, sirviéndose, según parece, de una estructura familiar y amparándose en el poder, que ríete tú de Italia. Y hemos tenido que enterarnos por un ataque de cuernos.

El PP ha estado décadas manteniendo una contabilidad B, que ríete tú de Italia, y reaccionaron contándonos trolas que, una vez agotadas, dieron paso a la criminalización del cabecilla, como si tal cosa. También nos enteramos de rebote, por otro caso del PP, que, a su vez, también se descubrió por despecho, pero de otro tipo.

La Comunidad Valenciana y Baleares han sido (y siguen siéndolo) un ejemplo claro de cómo convertir los desmanes en una forma de gobernar. Aquí nos vamos enterando de todo con naturalidad.

Los ERE de Andalucía, otro sindiós incomprensible y trufado de desprecio hacia lo público y a nuestra inteligencia.

Urdangarin, que debía estar oliendo la sangre por su proximidad al poder, cedió a la tentación pero acabó chamuscado, porque no había aprovechado bien ese máster donde le enseñaban a vender humo. No hizo las prácticas en el lugar adecuado y empezó por lo fácil, Baleares y Valencia, pero lo más arriesgado, por lo natural que era hacer este tipo de transacciones y enterarnos, aunque luego no ocurra nada.

[pull_quote_left]Con todo, lo peor es que nadie devuelve un euro de lo que nos han robado. Porque no sabemos si alguien irá a la cárcel ni por cuánto tiempo, o si una vez dentro conservará capacidad de presión suficiente como para obtener un indulto o una aplicación ventajosa del reglamento penitenciario. No les preocupa ni a ellos[/pull_quote_left]Todos estos casos tienen en común que no son corruptelas aisladas, sino una corrupción institucionalizada, una forma de moverse por las altas esferas, de entender la vida y el poder. De trincar. De confundir la Administración con un cortijo o un botín que hay que saquear.

Y todos los que se han visto sorprendidos con las manos en la masa se comportan como si esto no fuera lo que parece, no nos vayamos a creer.

Con todo, lo peor es que nadie devuelve un euro de lo que nos han robado. Porque no sabemos si alguien irá a la cárcel ni por cuánto tiempo, o si una vez dentro conservará capacidad de presión suficiente como para obtener un indulto o una aplicación ventajosa del reglamento penitenciario. No les preocupa ni a ellos, porque seguro que lo que más les duele es el bolsillo, que es sagrado.

Todavía nadie ha propuesto algo creíble para castigar con dureza al político corrupto y al empresario granuja que lo corrompe, porque ambos se necesitan y han montado este tinglado que les proporciona un tren de vida fabuloso. Ni se ha propuesto, ni se espera que nadie lo haga, lo cual abona el terreno para que el populismo gane terreno.

No se necesita marear la perdiz con leyes de transparencia que están viciadas antes de nacer, por quiénes la pergeñan. Ayudaría mucho una reforma del código penal, de la ley de sociedades y de los mecanismos de contratación con la administración pública para acabar con estos desmanes. Pero, quizá, es difícil esperar algo así de quienes están o han estado metidos en el charco, porque lo mismo estarían mostrando el camino del juzgado a sus compañeros de viaje.

Esto es una ruina.

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