Opinión

Colón fue un hombre…

 

El otro día, al escribir sobre algunas viejas canciones, se me ocurrió de pronto, que la vida de cada persona podía dividirse en etapas, marcada cada una por aquellos sones que nos acompañaron.

Ahondando en el tema, y sumergiéndome en mi cerebro, me pregunté cuales fueron los primeros, aparte de la nana que me cantaba mi madre. ¿Sabéis a qué conclusión he llegado? Pues que aquella primera etapa de mi vida se significó por las tablas de sumar y multiplicar, sobre todo ésta. No recuerdo que me enseñasen otras tonadillas en el colegio, como hacen ahora en las guarderías, de modo que para mí esta tabla es tan sagrada como mi nana. En los parques o plazas donde jugué, las niñas, saltando a la comba o haciendo el corro, cantaban lo de siempre: “Mambrú se fue a la guerra“, “Donde vas Alfonso XII” o “El patio de mi casa“. Si hago un pequeño esfuerzo estoy seguro de que recordaría otras que se oían en la radio, pero eso no tiene ningún mérito, habida cuenta de que de vez en cuando se transmiten en programas retrospectivos. Como, por ejemplo, “Angelitos negros” de Antonio Machín o las de Jorge Sepúlveda. Por eso me emocioné al volver a oír la olvidada “Soy soldado de levita”

 

Pasada la siguiente etapa, campamental, que ya os conté — Y CANTÉ– la semana pasada, llegué a la fase de canciones de autobús. ¡Sí, esas que los atronaban cuando íbamos de excursión! Muchas veces me pregunto cómo las aguantarían los pobres chóferes. Para empezar, la eterna “Para ser conductor de primera, acelera…”; y luego: “Estaba la rana, sentada cantando...”, “Vamos a contar mentiras, tralará…”. Y tantas más, infinitas, que dejo a vuestro criterio recordar.

Pero hay una que quiero enseñaros, por si no la conocéis, para que la ensayéis con vuestros hijos o nietos cuando lo creáis oportuno. Es muy divertida. Tanto que os la canto en el aparte sonoro que os endoso, pidiendo perdón por ello. Se trata de “Colón fue un hombre de gran renombre…”.

Mas al hacerlo tengo que matizar dos cosas.

La primera es que al cantar para vosotros no me siento ridículo, sino como una persona de buen humor, cosa que –os lo aseguro– me ha sido muy útil, sobre todo en los últimos años. Me he divertido mucho haciéndolo, y quiero que compartáis mi alegría por tener lo que tenemos, y no quejarnos de nada, por malo que sea.

Y la segunda es referente al “huevo de Colón“. Cuando yo era pequeño creí a pies juntilla que don Cristóbal era muy inteligente y había apabullado nada menos que a los Doctores de la Universidad de Salamanca, ¡entre los cuales, mira por donde, estoy! ¿Llevaría preparada una cesta de huevos, o los reclamaría en plena sesión científica?

¡Qué patraña más tonta! ¿A quién se le ocurriría? Colón fue un expertísimo marino, –eso es indudable– que llegó a Salamanca con la idea de demostrar que el viaje hasta Cipango por el oeste era posible en el mundo esférico que él suponía. Que la tierra era una bola ya se sabía desde la más remota antigüedad. El gran Eratóstenes había calculado su radio, magistralmente, en el siglo III a. C. ¿Queréis que os explique su gran razonamiento? Otro día lo haré, una vez más…

Pero Eratóstenes lo midió en pies de Alejandría y el problema, siglos después, era trasponer esa unidad a las del tiempo en que se vivía. ¡Y Colón estaba equivocado al hacerlo! ¡Para él, nuestro mundo era mucho más pequeño de lo que es en realidad! Y los Doctores de Salamanca lo sabían con mayor exactitud, dando su opinión negativa al proyecto. ¡No había entonces naves que pudieran pertrecharse para un recorrido tan largo, casi tres veces más de lo que resultó! De modo que el gran marino “se tropezó” con el Nuevo Mundo. Lo que no se acierta a comprender es cómo convenció a la Gran Reina y a sus Consejeros para emprender aquel viaje que cambió la Historia. ¿Sabrían algo de lo desconocido?

Hay muchos puntos oscuros en la vida del Almirante, empezando por su origen. ¿Genovés? ¿Menorquín? ¿Por qué tuvo tanto interés en ocultarlo? ¿Qué había en su vida que resultaba turbio? ¿Por qué no escribía íntimamente en italiano? Son puntos que permanecerán sin aclarar y que serán motivos de discusión permanente.

Pero una cosa es lo que sucedió y otra mis recuerdos infantiles. ¡Y los vuestros! De modo que… ¡vamos a reírnos un poco cantando esta alegre canción que os ofrezco! ¡SED FELICES!

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