Jesús Málaga

La integración de los discapacitados

JESÚS MÁLAGA: ‘Desde el balcón de la Plaza Mayor’ (Memorias de un alcalde)

He sido testigo y protagonista de la primera experiencia de integración de discapacitados físicos, psíquicos y sensoriales en Castilla y León. Se realizó en el centro concertado  Pizarrales, ubicado en el barrio del mismo nombre de la ciudad de Salamanca. En este colegio convivían y conviven discapacitados en las aulas, en los primeros años de la experiencia con apoyos muy rudimentarios. Con una gran carga de voluntarismo, pero con mucho trabajo e ilusión, fueron escolarizados niños sordos severos y profundos con una mayoría de normooyentes; igualmente aceptaron discapacitados intelectuales, paralíticos cerebrales e incluso autistas. Exceptuando este último grupo, los resultados han sido muy positivos, en algunos casos espectaculares.

Tuvimos que vencer más de una resistencia, pero la experiencia salió bien y lleva nada menos que cuarenta años de recorrido. Comenzamos la andadura en 1973, siguiendo otras que también estaban en sus inicios en Cataluña, y puedo asegurar que fue el embrión de otras muchas que vinieron después y que hicieron de España un país adelantado en la integración de los discapacitados.

Hoy día podemos decir con gran satisfacción que gracias a los avances de las nuevas tecnologías – el caso de los implantes cocleares es paradigmático – y a la integración, las escuelas para sordos de muchas de nuestras ciudades han desaparecido. Los niños son implantados y escolarizados con apoyo logopédico intenso, en los centros escolares de sus respectivos barrios.

Por fin hemos logrado lo que tanto ansiábamos los que predicábamos la integración, que la sociedad asuma la discapacidad como parte indisoluble de ella misma, y al igual que existen personas con distinto color de la piel, distinta altura, distinto peso, distinta ideología o religión, también las hay con distinta capacidad cognitiva o con pérdida de la visión o de la audición.

Ese mosaico de seres distintos debe ser visto como una forma de enriquecimiento y no como un problema. Las sociedades ricas en matices multiculturales son más vivas, más dinámicas. Siempre que sea posible, que no siempre lo es, debemos apostar por la integración.

Una vez que España daba el paso de gigante en la escolarización de los discapacitados, con esas dos facetas de las que hemos hablado: la apertura de centros específicos y la apuesta por la integración, era preciso avanzar en otra dirección, había que salir de las aulas y enfrentarse con la calle. Fue entonces cuando aparecieron los pretalleres, los talleres y los centros de formación para discapacitados.

El problema para la familia se planteaba cuando el chico terminaba el periodo de escolarización. La situación volvía a los orígenes, los padres tenían que recoger al discapacitado con dieciséis o dieciocho años, formado durante mucho tiempo, y enclaustrarlo en casa para pasar el resto de su vida sin otro aliciente. Los sujetos retrocedían en sus habilidades y presentaban alteraciones en la conducta que eran difíciles de soportar por los progenitores y allegados.

España ha sido uno de los países más avanzados en preparar a los discapacitados para el trabajo. Buen ejemplo de ello son los cinco CRMF que se mantienen abiertos, uno de ellos ubicado en Salamanca. En estos años miles de personas allí formadas han pasado al mundo de la empresa con rendimientos excelentes.

Se comenzó por la capacitación en oficios tradicionales y, con el tiempo, se impuso la modernidad. Hoy produce admiración visitar el CRMF de Salamanca y recorrer el taller de medios de comunicación o de nuevas tecnologías, donde el discapacitado físico suple sus problemas con los avances que cada día pone a su disposición la ciencia.

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