Opinión

El síndrome de la urna fantasma

Quién nos iba a decir a nosotros, salidos de un periodo abstemio de 40 años sin votar, que íbamos a acabar hartos de las urnas. O eso dicen.

Yo no. A mí me encanta votar, y que me consulten ni te digo.

Peor me iría, pienso, si no pudiera votar o dar mi opinión, como un cero a la izquierda, o como un siervo de la gleba.
De hecho tengo comprobado que cuando peor me va es cuando gobiernan aquellos a los que nunca he votado.

Así que uno coge las urnas con ansia, con ganas locas, aunque luego venga la decepción postelectoral.

Al fin y al cabo siempre salen los mismos y hacen las mismas cosas, y para los mismos dueños. Porque del programa político con el que enredan y cazan el voto «útil», se olvidan al día siguiente.
Aún así. A mí que no me quiten las urnas.

Este hambre democrática constituye en nuestro país un síndrome, que podríamos comparar con el del “miembro fantasma”. Se parece también al de aquellos que pasaron hambre de comida (y de justicia) en la posguerra. Que se juntaba con el hambre de votar.

Cuarenta años sin catar la democracia, a palo seco, famélicos en medio de una Europa de la abundancia.
Incluso satisfechos hoy en día, queda en ellos (o en nosotros a través de ellos) un hambre residual, un hambre fantasma, que no se sacia nunca o teme con pavor nuevas hambrunas. De pan y de urnas.

Que estratégicamente no convenga tal o cual convocatoria electoral, no significa hartazgo de las urnas. Hay que pensarlo dos veces antes de manifestar ese empacho y de protestar molestos porque nos consulten tanto. El mal uso de la herramienta no la desprestigia.

Que estratégicamente no convenga tal o cual convocatoria electoral, no significa hartazgo de las urnas. Hay que pensarlo dos veces antes de manifestar ese empacho y de protestar molestos porque nos consulten tanto.

Y hoy en día quien peor la está usando es Pedro Sánchez, que parece vigilar las encuestas cada mañana y preguntarles cuánto falta para el sorpasso hacia el poder absoluto. ¿Para qué lo querrá?

Alentado, además, por una CEOE mefistofélica a la que más de uno vende el alma, y que le anima a aprovechar el viento favorable de popa para ir a nuevas elecciones, casi sin tiempo de digerir las últimas, jugándose el tipo y poniendo en riesgo un gobierno progresista.

Lo demás son falsas excusas y fabricar una distinta cada día para no concluir un pacto de izquierdas.

Sin duda la CEOE quiere a un PSOE con poder absoluto para eso de las «reformas estructurales» que no admiten demoras. Ya saben. Más neoliberalismo de recortes, y lloviendo sobre mojado.

¿O piensan que la CEOE va a pedirle a Pedro Sánchez una política socialdemócrata?

Y Pedro parece que no quiere fallarles, una vez que les ha fallado Rivera. He ahí la madre del cordero.

Recuerdo de niño, cuando merendábamos pan con chocolate y nos sobraba un poco de pan (que ya no nos pasaba por el gaznate), antes de tirarlo, de forma inconsciente reflexionábamos sobre el hecho, casi un pecado, de tirar el pan. Entonces en un gesto simbólico de respeto a lo sagrado y a lo que cuesta ganar el pan (sangre, sudor, y lágrimas), le dábamos un beso y pronunciábamos una frase ritual que nos eximía de tamaño pecado: «Porque es de Dios» decíamos, y nuestra conciencia culpable se relajaba al tirar ese resto de comida.En algún momento de nuestra más tierna infancia, alguien que conocía las penurias del hambre y la virtud de la sobriedad nos había enseñado a hacerlo así, y lo repetíamos como un gesto mecánico pero plenamente conscientes, aunque niños, de su significado.

Pues algo parecido ocurre con la oportunidad de votar y ser consultados. Hay que valorarlo como el pan el hambriento. Sobre todo en nuestro país.

Tengo entendido que hay países en Europa, más avanzados que el nuestro, que acuden al referéndum como quien va al dentista, y para los temas más variados. Y no se cansan. Es más, se consideran unos privilegiados.
Yo no sé la dentadura, pero la democracia estos ciudadanos parece ser que la tienen más sana que la nuestra y que les funciona mejor.

Ya sé que en nuestro caso no es igual (nos falta tradición y práctica) y que según defienden algunos, los tiempos ya no son blancos ni negros, sino grises, del color del metal, del «vil metal», visto esto desde la perspectiva y altura noble de otros tiempos. Y esta grisura desalienta el noble ejercicio del voto.
Que los programas políticos, en coherencia con este desánimo general y esta devaluación de la democracia, ni se muestran ni se respetan (no todos obran igual y esto es lo que molesta a muchos). Que estando todo el pescado vendido, antes incluso de desembalar las urnas, deberíamos desistir de votar, gesto inútil, perder la esperanza y la confianza en nosotros mismos, y permitir que otros (los que saben o dicen saber) decidan en nuestro lugar.

Pero a mí eso me parece comida sintética, que no tiene sabor ni sacia el hambre. Un simulacro de democracia, una birria de comida. Tecnocracia al servicio de la plutocracia. Comida basura.

Hay que pensar por otra parte que así como los demócratas tenemos «representantes», los tecnócratas tienen «jefes» y dueños que les pagan, y muy bien por cierto. Y uno nunca (o casi nunca), sobre todo si eres tecnócrata, muerde la mano que le da de comer. Mientras que nosotros podemos dejar de votar a quien nos ha decepcionado.

Esa es la diferencia entre “representantes” y “jefes”.Opinamos algunos que no es que todo sea gris (como se nos quiere convencer), sino que las zonas oscuras no salen en la película. Y también opinamos que si se promueve tanto el «centro» no es por volteriana tolerancia (que esa está garantizada en una democracia sana y  bien constituida), sino porque hay mucha necesidad de disfraz. Otro día hablaré de esa topografía política del disfraz.

Lo que no es sano es que unos partidos legales se declaren «constitucionales» frente a otros también legales que según los primeros no lo son: constitucionales. O que algunos partidos legales se consideren dignos de conocer los «secretos de Estado», mientras que a otros partidos, también legales, los consideran indignos de tal privilegio

Y desde luego lo que no es sano es que unos partidos legales se declaren «constitucionales» frente a otros también legales que según los primeros no lo son: constitucionales. O que algunos partidos legales se consideren dignos de conocer los «secretos de Estado», mientras que a otros partidos, también legales, los consideran indignos de tal privilegio, como si los primeros fueran los dueños (y además vitalicios) de ese Estado. No parece democrático. Y menos cuando todos sabemos qué partidos han sido condenados en los tribunales y pillados en flagrante corrupción, y cuáles no.Y es que, como decimos, no todo es gris.

Por uno o por otro motivo, o por varios al mismo tiempo, no nos libramos de los términos clásicos de la topografía política: derecha e izquierda.

Aunque hay quien no le parece bien que haya «tantas» opciones, y prefiere que todo sea «centro», una suerte de democracia orgánica, desecada y comprimida, en forma de cápsula, tan parecida al poder inamovible del viejo dictador como a la comida sintética e insípida de los astronautas.

De momento seguimos en tierra y con problemas terrestres. Es decir, con apetito.

Derecha e izquierda son términos que ya tienen unos cuantos trienios encima, más viejos que Matusalén, pero ahí siguen: útiles, con sentido y significado.
Esto es síntoma de que incluso en plena vorágine digital y en medio de una economía virtual que menudea estafas reales (cuando no acarrea depresiones económicas funestas), los problemas siguen ahí, a pesar de la posmodernidad, la inteligencia artificial, y el supuesto fin de la Historia.

El hecho de que términos con tanta solera sirvan para definir nuestra condición actual, sugiere que nuestra posmodernidad alberga en su seno un importante componente de antigualla. De hecho hay quien piensa que en lo esencial (los valores) hemos retrocedido al siglo XIX. Que mientras la inteligencia artificial avanza, la ética social y política así como el humanismo, retroceden.

¿Pero puede extrañar a alguien que hablemos aún de izquierda y derecha, cuando las brechas de desigualdad se hacen cada día más anchas y profundas y se le ha abierto la puerta de par en par al fascismo y la xenofobia? ¿O cuando hablamos de pobreza infantil y amnistía fiscal a un mismo tiempo, de precarios en vez de proletarios, y de pobreza energética en el Occidente inteligente y artificial del siglo XXI?

A mí no me extraña. Por eso me parece bien que me pregunten.

Por ejemplo, si me preguntan (pregunten, pregunten..) qué me sugiere esta noticia: “Bruselas detecta que el Supremo evitó elevar al TJUE más de 60 causas de interinos que piden plaza fija”, contestaría que lo que me sugiere es que vivimos en un escenario de inseguridad jurídica donde la independencia de poderes brilla por su ausencia, y dónde las estafas laborales se intentan camuflar. Y ya saben que la inseguridad jurídica es una de las características de los Estados fallidos.

También me sugiere que la empresa pública, llamada Administración, utiliza las mismas técnicas salvajes de explotación laboral que la empresa privada. Es lo que tiene el neoliberalismo, que se contagia.

Ahora bien, esa es mi hipótesis. Que luego cada cual tenga la suya, es lo normal y democrático.



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