Opinión

Sordomudas en imperfecto

 

Siempre fueron socias, siempre estuvieron en las mismas, se afectaban, se condicionaban, se motivaban y decepcionaban. Disfrutaban de las mismas armas y afrontaban los mismos peligros. Siempre juntas. Una era sorda, dos mudas.

 

Al mando de las operaciones tenían un coordinador que asignaba los turnos de acción. Era la mejor manera. Los pasillos son estrechos, las tres al tiempo nunca cabrían, o la una o las dos. Siguiendo un orden no hay problemas de entrada ni de salida.

Aceptando esa buena pequeña regla, todo iría bien. Así fue y así será. Es lo que tienen las buenas normas básicas, que son normas, son buenas y son básicas. También esconden un riesgo demente, que la norma a veces se percibe como límite, que lo bueno es muy susceptible a la interpretación y que lo básico puede terminar por resultar aburrido, monótono y facilón. Se hace románico. Demasiado sencillo de repente…

Eso pensaron las tres. Que podían construir por su cuenta, que la labor del moderador les cortaba las alas y que ellas solas podían crear un más complejo decorado, llenarlo de cristales para que cada rayo de sol que los atravesara, no fuera luz sino brillo. Se aburrieron de lo que funcionaba. Lo abandonaron en la cuneta.

Se vieron como el aprendiz que desprecia la tranquila y serena destreza del maestro, le acusaron de falta de ímpetu, de conservadurismo. Ellas querían ser protagonistas, dejar de ser actrices secundarias, menospreciando su papel coral, buscaban el foco sobre sí mismas por encima de la foto de grupo, el gol del año antes de la victoria del equipo, la individualidad ante la comunidad.

Estuvieron de acuerdo. Despidieron al jefe, se convencieron de que no era más que un conector, un operador, ya que nunca daba la cara, siempre cómodo en la retaguardia. Pactarían entre las tres. Ganaron ellas. Dos gemelas y una hija única, tres contra uno. Sí, ganaron, pero solo esa vez.

No tardaron mucho en darse cuenta de que ellas solas no podían. Las tres se habían equivocado, pero nunca pudieron desandar el camino tomado. La sorda hablaba. Las mudas solo escucharían. Les resultó imposible encontrar el espacio donde ordenar lo que oían o preparar las palabras con que defenderse o las que propondrían. Dos orejas. Una boca.

Las orejas escuchaban todo lo que de la boca salía, pero no pudieron dar voz a ninguna buena respuesta. Nadie supo nunca si en realidad se les ocurrió alguna. Ambas coincidían en aciertos y desatinos, eran las mejores recibiendo, pero tan discretas que nada más harían.

A la boca le pasó lo mismo. Nadie ocupaba sus silencios, estaban vacíos. Se sentía como el náufrago que lanza un mensaje en una botella. Quizá llegara a la otra orilla, pero nunca lo sabría.

El cerebro, siempre el más listo, todo esto ya lo sabía. Si lo dejas una vez, lo dejarás de por vida.

Moveyourself. 

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