Opinión

Buenas noches, buenos días

 

En el corral no había nada que pudiera hacer sombra al altanero gallo de afilados espolones. Su cresta de corte steampunk le aportaba un tono de rebelde sofisticación. El punto más alto del palo le guardaba paciente sus esporádicas ausencias. Cuando lo habitaba, altanero lo controlaba todo. Se sabía en propiedad del botón de encendido del día. – Si yo me despierto, todos arriba – se decía cada tarde al despedir los últimos vestigios de luz solar. Tocaba dormir.

Al llegar la mañana un oscuro destello fugaz despertó al gallo un poquito antes de lo que para él era habitual. No vio nada cuando abrió los ojos, excepto la nítida sensación de que algo había sobrevolado el gallinero para turbar su rutina. Su matutino canto resultó más nervioso que de costumbre. Él mismo se dio cuenta. Lanzó sus notas al alba con ansiedad, con un volumen por encima de lo acostumbrado, más agudo, quejado. Se sorprendió al escucharse lejos de sí mismo, con la cabeza en un lugar que no estaba justo sobre su cuello.

El grano que como cada día yacía amontonado por el suelo del corral no conseguía saciar el estómago del gallo. Un hambre sí. Otro hambre no. Parecía ser el mismo de siempre, esparcido a la misma hora de siempre, pero notó un sabor distinto.

Preguntó a las gallinas con las que compartía alojamiento si se les hacía notorio alguna diferencia en el cereal. Respondieron que no, aprovechando para hacerle saber que lo único distinto que habían observado fue su canto. Y que le notaban raro, nervioso, tenso. – ¿Has dormido bien esta noche?

El gallo notó un escalofrío a pleno sol. ¿Fiebre? No. No tenía la percepción de malestar alguno, se trataba de una incertidumbre más bien. Pasó el día pensando en ello.

Fue la sombra. Se había instalado en su pensamiento. ¿Qué era? ¿Qué había sucedido durante los últimos instantes previos al despertar? No fue una nube. ¿Era acaso un sueño? ¿Cómo podía ser que algo desconocido hubiera condicionado su despertar y su día? ¿Es posible que una sensación sea más poderosa que una certeza que los ojos y los oídos permiten asegurar?

Avanzada la tarde, con el breve azul que aún separaba el sol de la línea del horizonte, el gallo decidió cerrar sus ojos. Su estado de inquietud dudosa dio paso a una intensa sensación de ganas culposas. Quería que amaneciera en ese mismo momento, pero sabedor de que no podía controlar los abrazos que se dan la noche y el día, adelantó 30 minutos su despertador y cerró los párpados con tanta fe como prisa en dirección al campanario.

Pretendía estar bien despierto antes que de costumbre. Quería probar sus ojos de noche. Quería estar listo para saber más de aquella sombra que, instalada en su cabeza hacía solo unas horas, le hizo sentir más débiles las alas y más pesadas las plumas.

Continuará…

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