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Los alfares

 

 

Malos augurios para la cerámica. No hacemos referencia a los objetos bellos de factura impresionante, convertidos en elementos decorativos, sino a aquellos necesarios en nuestra vida que por su cotidianeidad fueron imprescindibles; tanto en el ámbito público como en el privado estamos invadidos por el plástico y el papel-cartón, lo que supone un cambio de manufactura del recipiente que nos reporta no sé qué comodidades pero que genera una cantidad ingente de residuos que están asfixiando a la Naturaleza.

En casa (en muchas casas): «niñooos, a comeeer», nos apuraba mamá; «¡pero si no está la mesa puesta!», replicabamos; «pues os ha tocado, enanos, venga, yaaa», mamá sin darnos opción; y en ese vaivén de palabras y trasiego de loza siempre algo se hacía añicos contra el suelo; inmediatamente, como con resorte, la mano de mamá acertaba bien…donde la espalda pierde su nombre; «¡guaaah! ¡guaaah!, lloriqueos nuestros, se supone; «¡y no lloréis!», sentenciaba la de la mano blanda. Este teatro se repetía varias veces al año, pero la actitud de mamá no era tanto por haber perdido piezas de la vajilla sino por ser conocedora de la dificultad para reponerlas; pocas opciones había y éstas concluían en La Feria, tienda situada en la calle Prior.

Siglo XVII, casa de los Abarca-Alcaraz (museo de Salamanca)

Desde antiguo el hombre supo fabricar sus propios cacharritos que, caracterizados por una relativa fragilidad, ésto no fue obstáculo para ampliar su uso y crear la necesidad de ellos. Está documentada la presencia continuada de alfares en Salamanca desde el s. XIII hasta el primer cuarto del s. XX (registrados por última vez en 1921) en la zona norte de la ciudad, exactamente entre la Puerta de Zamora y la Puerta de Toro, en torno a la desaparecida iglesia de San Mateo (zona de la actual San Juan de Sahagún), en el conocido «barrio del conejal» aunque su nombre oficial era barrio de Olleros; se conocen también sus hornos, técnicas de elaboración y comercialización, los barreros (tierras bien comunales bien privadas de donde extraían el barro o arcilla) y sus vertederos.

Rosa Ma. Lorenzo, en la «Revista de Estudios» n°38, 1997: «La escasa atención que historiadores e investigadores han venido dedicando a algunos aspectos de la historia local salmantina, ha sido aún menor respecto a ciertos temas de artesanía urbana, como en el caso de la alfarería». Poco más que decir, teniendo en cuenta la existencia de documentación en el s. XVI y muy precisa a partir del s. XVIII.

Siglo XVII, casa de los Abarca-Alcaraz (museo de Salamanca)

Nuestros respectivos papás quisieron aprovechar el mercado semanal de los jueves para comprar aquello que, parece, sólo los niños rompemos a la perfección; y cómo de oca a oca, de disgusto en disgusto, allá por 1991, en la calle Corral de Villaverde, localizamos tres casas arruinadas y un solar, es decir, no encontramos a los alfareros ni con lupa (el barrio desaparecería paulatinamente con una reforma urbanística de 1965); los niños, sin mediar palabra, cruzamos miradas y nos transmitimos telepáticamente: «esto es asunto para pesquisar cuando seamos pesquisidores». Llegados a este punto del artículo, advertimos: nunca estaremos lo suficientemente agradecidos con la historiadora Rosa Ma. Lorenzo López por tomar la delantera para darnos a conocer con sus publicaciones los alfares salmantinos; por todo ello, queridos lectores, cualquier palabra aquí reflejada, con aire de dato histórico, ha sido extraída de sus trabajos de investigación.

Siglos XVI-XIX, diferentes localizaciones (museo de Salamanca)

Pero sigamos con la historia. Observando lo poco o nada que quedaba del tradicional barrio alfarero, fue Rosa, que por allí se encontraba escudriñando el terreno, la que se percató de nuestra tristeza; quiso remediarlo y a fe que lo consiguió pues nos regaló unos «sapillos» sacados entre piedras y tierra; «se llaman «atifles» estas cosas», nos dijo, y como a nosotros nos pareció nombre de golosina casi nos los llevamos a la boca. No conforme con ésto nos sorprendió aún más: agarrados de su mano nos llevó al s. XV y pudimos comprobar el trabajo de los olleros, luego por el s. XVII vimos que se conocían como olleros o alfareros indistintamente y ya sólo alfareros del s. XVIII en adelante; quiso, además, que viéramos la diferencia con otro gremio que trabajaba igualmente el barro, los «alcalleres», que hacían baldosas, tejas, ladrillos…¡en fin, descubriendo cositas que ahora son recuerdos imborrables!

A tenor del dicho «nadie es profeta en su tierra», esto fue lo que le pudo pasar a nuestra alfarería que, por su semejanza tipológica y decorativa, se confundió con la de Talavera de la Reina o la del barrio de Olivares en Zamora (en cuya zona se pudo leer hacia 1784 y 1795 que «entre otras calidades de blanco se hace loza tipo Salamanca»); es decir, o no valorabamos lo que hacíamos o nos podía la humildad, con maestros de la profesión de raíz propia o bien atraídos por esta ciudad a la que no paraban de llegar nuevas influencias, porque en algún momento y desde algún lugar fuimos dignos de ser imitados.

En definitiva, los alfares salmantinos modelaron una cerámica principalmente popular, utilitaria, de barro vidriado blanco o amarillo, con decoraciones verdes, azules o negras; sin faltar, por supuesto, el barro tosco o basto. ¡Ah, nos tocó escribir cien veces con pizarrín «los atifles son de barro y no se comen!

Diversos recipientes de barro tosco (colección privada)

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