Opinión

Días buenos, noches buenas (el amor bizarro)

 

El gallo en lo más alto del palo del corral. La lechuza entre las frías piedras del campanario. Coincidieron un solo instante de inquieta contraluz, sin verse. Sin verso. Pero se sintieron. Ella en pleno vuelo. El con las uñas clavadas en el leño. Distintos. Distantes. Ilógico. Y lógico.

¿Existe algo más absurdo que el amor? ¿Se conoce alguna fuente de energía más potente e inagotable? ¿Algún ejemplo más claro con que diseccionar una enajenación mental transitoria? ¿Tiene en sí mismo alguna explicación racional posible? ¿Estulticia?

Ni siquiera la venganza puede empujar con más ímpetu a alejarse de los creídos límites propios. Habita por encima de la supervivencia. Ni siquiera la justicia es más ciega, necesita tener los ojos vendados para no comprometerse con alguna de las orillas del río en que navega. Solo Eros es capaz de invisibilizarlo todo excepto a él, todo excepto a ella.

Sea el madrugador gallo que ignora a las gallinas, porque sueña despierto con la lechuza. Sea la nocturna lechuza quien se olvida de los mochuelos mientras supervisa el dormir del gallo. ¿Tiene sentido? Ninguno. Ninguno sobre el papel, aunque no necesita tinta, es de vivir bajo la piel. No son cuerdos los nudos con cuerda.

Les cuesta encontrar una justificación de fácil aceptación para el resto. También a ellos ocasionalmente. Hábitos cruzados. La pena que los invita obligatoriamente a ser intensos, a aprovechar ocasos y albas. A encontrar ganas en lugar de acomodarse en la costumbre. A acomodarse a encontrar las ganas de costumbre.

¿Es acaso el amor cuestión de tiempo? Creo que no. Que no le corresponde al reloj sino a los más finos e invisibles hilos que, de nuevo inexplicablemente, se convierten en inquebrantables cadenas de ancla. El tiempo no es flexible. ¿Es acaso el amor cuestión de espacio? Creo que no. El espacio, infinito. Los pies, libres para recorrerlo. ¿Garantía de presencia o cosquilleo previo al timbre que avisa del contacto?

La sensata naturaleza rodea el suelo del gallo de sumisas gallinas. La matemática naturaleza obliga a la lechuza a compartir altura y vuelo nocturno con búhos y mochuelos. Es la ley. Y tú y yo caminamos sobre el asfalto que proponen sus límites. Y tú y yo sabemos, debemos saber, que pisar las cunetas marcará de polvo, hierba y barro nuestros pies. Y tú y yo sabemos, debemos saber, que las flores prefieren evitar la brea y el alquitrán. Que estas, en sí mismas, no son más que una cómoda pista para llegar donde otros han llegado antes. Y antes otros. Y otros más, después.

Tú y yo sabemos, que el lugar al que queremos llegar nunca antes ha sido pisado.

– No puedo seguirte, tengo alas pero no me permiten volar – dijo el gallo. – Con las mías puedo – replicó la lechuza, que añadió – Solo cántame buenos días cada mañana para recordar adónde ir a darte las buenas noches cuando al atardecer abra los ojos de nuevo.

 ¿Fin?

Moveyourself. 

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