Opinión

Días de reclusión, angustia y esperanza

 

A mis alumnos de 4º C, que me lo pidieron

 

Lo malo no es el tiempo que ha pasado, sino el que queda. Nadie sabe cuánto será, pero sí que esta crisis marcará un punto de inflexión en la historia, como el crack del 29 o la caída del muro. Son días de angustia, porque no se vislumbra el final del túnel. Días que transcurren ante la pantalla del ordenador, trabajando a distancia, llorando por esa Plaza Mayor vacía, sin terrazas. «¡Qué rara se ve la plaza sin gente!», exclama Luis, consciente de que le falta el alma y Salamanca es ya una ciudad fantasma, como la Wuhan que Héctor recuerda en su trabajo escolar.

Ellos tienen 15 años, para 16, y estudian 4º de la ESO mientras maduran a pasos agigantados. Por primera vez sienten esa falta de libertad que Claudia, poderosa en la metáfora, visualiza en una ventana semiabierta, su único contacto con el exterior inaccesible. Las ansias por salir llevan a Jimena a añorar una casita de campo, mientras otra Claudia, más impulsiva, sueña con viajar al calor de las Maldivas para disfrutar de sus playas.

Son adolescentes, con todo lo implica. Eva, por ejemplo, es reivindicativa y no comprende la locura de una sociedad aislada para evitar el contagio mientras se apelotona en el supermercado. Porque el miedo está ahí, lo perciben con claridad. Es un peligro universal que afecta a todo el mundo, escribe Natalia. Paula lo une además a otras inquietudes y no olvida el cambio climático, que causa estragos mayores. El temor se ha socializado y Noel, reflexivo en su retiro, es contundente y da la orden: «¡quédate en casa!, comunicado, pero no salgas».

Es tiempo de ansiedad y de espera hasta encontrar por fin el remedio, la vacuna o el antiviral que Fernando ha tomado como referencia para su ejercicio. Alba se ha quedado sin Semana Santa, pero no pierde su sentido solidario y, consciente del trabajo de los sanitarios, se suma al aplauso de los balcones. Estos chavales tienen corazón, a veces demasiado, el que corresponde a esta edad bendita. Natalia, otra, alerta sobre la adicción que pueden generar las tecnologías en estos días, por eso Hugo y Ricardo, con cierta resignación, proponen como alternativa los juegos de interior, en familia, mientras Diego y Víctor aconsejan practicar deporte, que también es posible dentro de casa.

Son días de incertidumbre. Las cosas no van a ser ya como antes. El covid 19 va mucho más allá de la morbilidad y los miedos. Es la constatación de la vulnerabilidad que nunca dejó de existir en una sociedad crédula y adormecida que creía firmemente poder con todo, el temor a lo desconocido, a la pérdida del confort conquistado, el desengaño ante la mentira que sobreabunda. La crisis de conciencia es siempre más profunda que la económica. Por eso debemos confiar en la nueva generación, en Sergio, que desea encontrarse a sí mismo, en Alejandra, que descubre una oportunidad única para compartir besos y abrazos en la familia, o en Andrea que, a pesar de todo, se empeña en buscar el lado bueno de esta situación.

 


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