Opinión

Psicotrampas

 

Hace unas semanas, ya en pleno confinamiento, asistí a un congreso virtual sobre la COVID-19. Incluía información actualizada y de rigor sobre las últimas investigaciones, muy en la línea de los organizadores, y también algunas ideas sobre cómo gestionar mejor esta situación.

Una de las charlas del congreso la impartió Bernardo Ortín, profesor que ya tuve en el posgrado de Psiconeuroinmunología, y en ella habló de las psicotrampas.

Su conferencia no me pudo llegar en mejor momento: la noche previa a la charla había tenido insomnio y no había gestionado nada bien mis miedos.

Convivo con la ansiedad desde que tengo dieciséis años, así que somos viejas amigas. La terapia me dio recursos para gestionarla, estudiar psicología me ayudó a entender mejor la mente humana y la vida me ofreció oportunidades para sentirla y derrotarla, para que volviera a aparecer con otros vestidos y aun así la volviese a mirar a los ojos frente a frente.

Unas veces la vencí, otras me enseñó que había miedos con los que debía aprender a vivir.

A día de hoy nos entendemos bastante bien: en general nos ignoramos, ella está en su sitio para recordarme que existe, y yo en el mío para decirle que la acepto pero que no es la protagonista de mi vida.

De vez en cuando se crece, normal si vive conmigo, pero son momentos puntuales que he aprendido a gestionar relativamente bien.

Pero en situaciones estresantes como la actual, sobre todo si son mantenidas en el tiempo, mi sistema simpático se activa como si sonara la Cabalgata de las Valkirias de Wagner y la ansiedad vuelve a recuperar protagonismo.

Y ya me ves a mí poniendo en marcha todos los recursos de los que dispongo para decirle a mi amígdala que todo está bien, que no hay ninguna amenaza. Pero es que claro, en este caso sí que la hay. Así que mi cerebro reptiliano (y el de unos cuantos millones de personas más, no tengo ninguna duda) está hecho un lío.

Piénsalo objetivamente: te estás acostumbrando a esto porque no te queda otra, como tantas otras veces te habrás adaptado a lo que te haya sucedido, pero esta situación es surrealista, no, lo siguiente.

Puede que a mí me altere el sueño y a ti la tensión, o te haya dado por limpiar compulsivamente, por estar todo el día comiendo o viendo la tele sentado en el sofá como si te hubieran lobotomizado el cerebro. A cada uno le da por donde le da y a todos nos está afectando de alguna forma negativa. Seamos realistas: cómo no queremos estar estresados si…

  • Nos ha cambiado la vida de la noche a la mañana.
  • Hemos aprendido a detectar zonas posiblemente contaminadas igual que si estuviéramos dotados de sensores infrarrojos.
  • El nivel de incertidumbre es el mayor al que seguramente nos hayamos enfrentado.
  • Cuando llegamos a casa con la compra del súper tenemos que seguir un ritual que ni el mayor de los TOC hubiese imaginado.
  • No podemos ver a nuestros seres queridos ni abrazarles.
  • Cuando se nos acerca alguien a menos de un metro y medio lo primero que pensamos es que no está guardando la distancia de seguridad.
  • Durante siete semanas no hemos podido salir a dar un paseo o correr para desestresarnos mínimamente.

Súmale ahí todos los problemas anteriores que teníamos más los que esta crisis ha generado.

Mi mente intenta integrar que el mundo ha cambiado en un tiempo récord, pero todavía no ha aprendido a hacerlo del todo bien. Puede que a la tuya le pase algo parecido.

Y en estas, la charla de Bernardo Ortín que te comentaba al principio, me sirvió para entender mejor mi inquietud. Algunas de sus aportaciones fueron muy interesantes. Entre ellas, explicó:

  • Por qué tenemos tanto estrés.
  1. Actualmente todo el locus de control es externo, apenas nada depende de nosotros salvo quedarnos en casa. El sistema perceptivo no está preparado para no actuar, y más cuando recibe centenares de estímulos amenazadores que en cualquier situación normal le invitarían a atacar o huir.
  2. Una incertidumbre tan elevada es de lo peor que puede tolerar el ser humano.
  3. El enemigo es invisible y es fácil que caigamos en la hipocondría y en la paranoia.
  • Algunas psicotrampas de nuestra mente:
  1. Querer estar bien todo el día es contraproducente para nuestra salud mental. Si no integramos nuestro malestar y lo evitamos a toda costa, lo suprimido se convierte en un enemigo mayor. Tenemos que aprender a modular nuestras emociones más negativas, no a evitarlas.
  2. Estar más triste de lo normal por las desgracias de los demás es un error. No podemos sentirnos culpables si los demás están enfermos y nosotros no, o si han perdido su empleo y nosotros seguimos trabajando.
  3. Querer hacer todas las tareas inacabadas es otra equivocación. Hay personas que se proponen hacer todo lo que tenían pendiente o que no se permiten descansar porque quieren tener la mente ocupada todo el tiempo. La clave, como en casi todo, está en encontrar el equilibrio: habrá días que nos sintamos más activos y productivos, y otros que no nos apetezca tanto. Debemos darnos permiso para ambas sin sentirnos mal por ello.
  • ¿Qué podemos hacer para cuidarnos?
  1. No buscar la felicidad total. Centrarnos en el corto plazo y en el aquí y el ahora ayudará más a calmar nuestra mente que si nos proponemos alcanzar el plan de nuestra vida.
  2. Estar atentos a lo que ocurre y no a lo que creemos que ocurre. O como decía Aristóteles, “La costumbre de creer impide a las personas observar”.
  3. Aceptar las emociones negativas como la inquietud o el miedo. Si no lo hacemos, se convertirán en “fantasmas” y lidiar con esas emociones secundarias es mucho más complicado que con las primarias.
  4. Focalizarnos en satisfacciones concretas. En lugar de querer convertirnos en el próximo ironman, es más fácil realizar una acción específica que nos permita dar un paso a la vez.

Para finalizar, Bernardo acabó su charla con una frase magistral: “En estos momentos, lo revolucionario es vivir”.

Piénsalo. Ahora mismo debemos seguir viviendo pese a las dificultades actuales y las que se nos presentarán en los próximos meses.

Vivir también es esto, así que debemos centrarnos en lo cotidiano y en lo que podamos abarcar.

Ahora toca quedarse en casa unos cuantos días más, ¿verdad? Pues hagámoslo tan bien como podamos; y cuando podamos salir, tocará aprender a convivir con un virus que ha venido para quedarse.

Y por encima de todo, deberemos aprender a aceptar que lo que no dependa de nosotros, pasará igualmente, nos guste o no. Y lo que tenga que ser, será.

Si esta situación te está sobrepasando, siempre puedes acudir a la terapia psicológica online. Tienes más información sobre mis servicios aquí.


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