Opinión

Carta abierta a Fernando Simón

 

Javier Sánchez Sánchez. Maestro y terapeuta.

Apreciado y respetado Doctor:

He sentido un gran alivio cuando ha manifestado ante toda España que no sabe hacer la declaración de la renta. Yo tampoco. Y también cuando muestra su desconocimiento de tantos y tantos temas; cuando declara ignorar las razones de la favorable situación de Alemania en esta pandemia que asola el mundo. Tampoco yo lo sé todo de todo y, como usted, cada día en mi trabajo me comprometo a “estudiarlo para el día siguiente”.

Muchos se preguntan qué diablos hace usted siendo la imagen y la voz de un país en una crisis tan grave si, como dice, no lo sabe todo; si comete errores y los reconoce; si viste como viste, habla como habla, se peina como se peina… O no se peina. Les preocupa mucho.

Les preocupa a quienes sí lo saben todo, a quienes para todo tienen respuesta; a quienes de todo opinan aunque de nada sepan y, además, saben hacer su declaración de la renta.

Les preocupa a quienes, limitados por unas orejeras de tamaño descomunal, no aciertan a ver más allá de sus narices, y mucho menos a entender cómo funciona esto que llamamos “mundo”.

Les preocupa a quienes hubieran preferido un opinólogo debidamente peinado y maquillado, dando voces a diestro y siniestro;  ataviado con corbata negra, por supuesto, y acompañado por cuatro plañideras y un enterrador en una suerte de performance acorde al momento. Y, claro está, que supiera todo de todo o, al menos, que respondiera a todas las preguntas aunque saliera por los cerros de Úbeda. Alguien, en definitiva, que no cometiera errores y, como ellos, capaz de adivinar el pasado.

Cada día, apreciado Doctor, acudimos a su consulta porque, con más o menos síntomas de miedo y desasosiego, todos somos pacientes. Todos. Incluso quienes se consideran inmunes a la realidad y bucean en barrizales donde les dicen exactamente lo que quieren escuchar. Eso les reconforta instantáneamente, como una compra compulsiva, pero no les sana. Acudimos porque, como enfermos, necesitamos confianza antes que pastillas; lo que viene siendo el “vínculo terapéutico”. Y esa confianza nos la ofrece su palabra sosegada, su mirada serena y su escucha atenta. No nos cura el médico que nos somete a una lección magistral; nos cura el médico que domina los silencios, que empatiza sin llegar a cruzar esa línea roja que se establece en terapia; manteniendo una escucha activa que nos libera, a modo de catarsis, de la monotonía de los días aciagos y, al mismo tiempo, le proporciona un diagnóstico más preciso. Incluso su aire informal, Doctor Simón, favorece esa necesaria cercanía entre terapeuta y paciente.

Por eso, cada día, con mis preocupaciones, las que reinvento en torno al enemigo desconocido, acudo a su sesión de terapia. Porque me escucha, sabe de mis miedos y mis dudas, tiene la palabra exacta, el tono adecuado y la serenidad para orientarme sin más pretensiones; alejado de una fama sobrevenida y que acepta humildemente como todas las muestras de apoyo y agradecimiento.

Usted quizás no lo sepa pero, en la intimidad de este largo confinamiento, millones de personas esperamos su palabra, su tono sosegado para aliviar la pesada carga de los días, de la incertidumbre, del desasosiego.

Observo cómo afronta cada pregunta con templanza, con mesura, sin atisbo de resentimiento por mucho que algunas rocen el absurdo o busquen el titular amarillista. Sonrío ante la desenvoltura que muestra corrigiendo a ese periodista impertinente con una prudencia no exenta de firmeza. Me consuela saber que no tiene respuesta para todo, lo que da sobradas muestras de su sabiduría.

Quizás tampoco sepa que se ha convertido en el terapeuta de todo un país, especialmente de los más vulnerables, capaz de incorporar a una exquisita formación abundantes virtudes como persona. Hasta su moderado sentido del humor es necesario cuando la tormenta arrecia. Y no es irreverente; más al contrario, ejerce de bálsamo cuando alrededor todo es negrura; cuando se suceden los duelos, cuando tratamos de conjugar vida familiar y trabajo, y deberes del colegio.

Incomprendido por algunos y admirado por muchos, estimado Doctor Simón, debo decirle que sí nos representa. Ha sido nuestro referente en una escalada de miedos y lo sigue siendo en otra desescalada de esperanza; porque más allá de su excelencia formativa, más allá de un pasado de entrega a los demás, más allá de una vida cuajada de experiencias es, ante todo y sobre todo, humano.

Confío en que todos los españoles, desde el dolor y desde la esperanza, sepamos valorar su generosa labor y la de todo su equipo. No importa si le erigen estatuas o le dedican calles, como a la gente “importante”, reconocimiento que en su caso sería más que merecido. Más sincero, menos pomposo y más entrañable, será el agradecimiento de 47 millones de españoles -pues de todos ha cuidado, incluso de sus detractores-,  desde lo más profundo de nuestro corazón. Aquí dejo el mío: ¡GRACIAS, FERNANDO SIMÓN!

Por: Javier Sánchez Sánchez. Maestro y terapeuta

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