Opinión

Corre el riesgo

 

Beatriz ahogaba su tos en la almohada intentando que nadie la oyera. Al día siguiente, uno de sus riñones debía devolverle a su hermana las riendas de la vida. Nadie podía paralizar el inicio de la maratón de la esperanza que estaba a punto de iniciarse en el Virgen Vega de Salamanca.

Esta anécdota es un pequeño ejemplo de lo que encierra la apasionante lectura del libro Corre el riesgo, del que es autora la salmantina Elena Román.

Si Bea, por su gesto de amor, se muestra como una mujer valiente a la hora de dar una parte de sí misma, Elena, su hermana, como eje principal de la historia, se constituye en una heroína digna de ser admirada en este tiempo tan marcado por el creciente individualismo.

A través del libro, Elena Román nos va desmenuzando la gran aventura de una trayectoria poblada con la desnudez de muchas horas que traspasaron con ansiedad, demasiadas veces, la franja de la turbación y el miedo. Un combate cuerpo a cuerpo, contra todas las adversidades que parecen propias de una novela atestada de infortunios y fantasías.

Pero la enfermedad no podía paralizar el ansia por vivir, en una mujer nacida para amamantar su recorrido con la lucha que anhelaba sin desmayo vencer la sombra de sus limitaciones. No cabía el desvanecimiento ante la seria y dura enfermedad que creció con ella desde los primeros meses de vida.

Corre el Riesgo es uno de esos libros que traen enlatada de tal forma la emoción, que te ata a su lectura. Un sabor de verdad aleccionadora brindado por esta paisana que, a través del deporte, la vida sana y el sacrificio, nos muestra cómo pueden transformarse la desilusión y el abatimiento en esa esperanza que es imprescindible para seguir tirando.

En un tiempo récord después del trasplante de riñón, Elena participaba en la media maratón de la Mujer en Madrid, quedando campeona una vez más, ante ese entramado de conformismos y adaptaciones que suelen inculcarnos las enfermedades a su antojo.

A Elena Román la pudimos ver como actriz, hace 3 años sobre el escenario del Teatro Liceo. De aquella magnífica interpretación junto a Miguel Navarrete, compañero de fatigas y querencias, recuerdo cómo su ímpetu sobre las tablas se comía el hechicero recinto que nació para abrazar el drama. Y es que Elena, se me antoja una mujer vital que, bendecida ahora por la salud, iniciará en otras búsquedas -lo doy por seguro- la forma de sorprendernos.


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