Opinión

El árbol

El titular de prensa de 17 de julio dice así: «Holanda exige a España e Italia reformas laborales y en pensiones a cambio de las ayudas”.

¿Exige? ¿Más reformas? ¿Otra vuelta de tuerca para apretar a los de siempre en pos de la crisis crónica y del afianzamiento del extremismo neoliberal? ¿No fue suficiente vergüenza lo que ocurrió en Grecia? ¿No fue suficiente disparate el que nos propinó el austericidio, haciendo pagar las consecuencias de la estafa a sus víctimas, y hundiéndonos un poco más en las consecuencias de una crisis mal resuelta?

Y esto lo exige Holanda, un país experto en dumping fiscal. Algo así como un pirata dando lecciones de honestidad.

Parece que esta Neo-Europa ni aprende ni se corrige.

Vendrán más chalecos amarillos y tras el Brexit vendrán otros exit, nos tememos. Y al final incluso el más que posible desmembramiento de una Europa mal concebida, intoxicada por una ideología, el neoliberalismo, que es básicamente disolvente.

No fue buena idea constituir un proyecto europeo en torno a un extremismo importado, ajeno a nuestra tradición más alabada: la socialdemocracia.

Al parecer el primer ministro holandés, Rutte, tiene que justificar ante sus ciudadanos que el dinero de las ayudas va destinado a la reconstrucción y no al “despilfarro”. Esa es la excusa para que los gerifaltes que navegan cómodos en el mismo barco, exijan que remen solo los de siempre: trabajadores y pensionistas.

Para lo cual encuentran oportuno exigir de nuevo las mismas fórmulas de recorte y austericidio (reforma laboral, recorte en pensiones y servicios públicos…) que ya fallaron estrepitosamente en la crisis del 2008, y que al menos aquí, en España, no reconstruyeron nada, sino que se limitaron a cronificar y dar por buenas las consecuencias de la estafa financiera que condujo a la gran recesión. Menuda insensatez.

Más sentido habría tenido a la hora de evitar el despilfarro de las ayudas y favorecer la reconstrucción, exigir que en España cese esa corrupción institucional que corroe los pilares del Estado desde hace décadas. Exigir que los defraudadores fiscales (incluido jefe del Estado, presunto defraudador también) devuelvan lo robado. Que disminuya el número de cargos políticos innecesarios e inútiles y se prohíban las puertas giratorias. Que la fiscalidad sea progresiva y se garanticen los servicios públicos, tal y como ordena nuestra Constitución.

Para exigir lo cual, Holanda tendría que empezar dando ejemplo prohibiendo el dumping fiscal en su propio país.

Y junto a todo esto, que no es poca cosa, lo que vemos es al jefe emérito del Estado español dando ejemplo averiado de austeridad y probidad fiscal. Nada más ajeno a sus intenciones que arrimar el hombro a la “reconstrucción”. Es decir, llevándose el dinero fuera (presuntamente), como otros tantos elementos y padres de la patria que en España encuentran todo tipo de facilidades para sus fechorías.

Como era de esperar, Felipe González ha salido a dar la cara por Juan Carlos I, en apuros (bueno, es un decir) por oscuros asuntos de dineros y fraudes fiscales. De la misma manera que ya salió en su día a dar la cara por Pujol por motivos no muy distintos. Por cara que no quede.

Toda la solidaridad que le falta hacia los trabajadores le sale a borbotones cuando se mueven estos asuntos turbios de dineros evadidos. Conviene no olvidar que González es el principal introductor del thatcherismo, los contratos basura, y otras lindezas de la posmodernidad, en nuestro país.

Él mismo se siente atacado como exponente principal del “régimen del 78”, dice en su apología.

Las razones para este despliegue de solidaridad, sin embargo, las explicó muy bien Pujol en su día con la metáfora del árbol. Vino a decir el honorable, a modo de amenaza, que si él caía, después caerían otros, es decir, otras ramas del árbol. Un árbol que el honorable (como todos los demás pájaros) sabía de sobra que tenía las raíces carcomidas por la corrupción.

Dejando a un lado esto del “régimen”, las razones para este despliegue de solidaridad, sin embargo, las explicó muy bien Pujol en su día con la metáfora del árbol. Vino a decir el honorable, a modo de amenaza, que si él caía, después caerían otros, es decir, otras ramas del árbol. Un árbol que el honorable (como todos los demás pájaros) sabía de sobra que tenía las raíces carcomidas por la corrupción. Sus ramas no solo comparten savia tóxica y solidaria (entre ellos), sino que en ocasiones comparten hasta testaferros para sus fraudes (presuntos).

Aquí es donde tendrían que incidir y “exigir” no solo los holandeses sino el resto de los ciudadanos europeos (ya que no lo hacen muchos españoles) para evitar el despilfarro y sanear el huerto. Pero no. Es más fácil recortar a los pensionistas, a los trabajadores, y en los servicios públicos, que podar (o arrancar) el árbol de la corrupción.

Parece que Felipe VI no lo tiene tan claro como González a la hora de dar la cara por su padre. Todo un síntoma. Seguramente está bien informado. Se juega el puesto si le pillan en falso defendiendo lo que no debe.

Mejor rechazar la herencia y retirar la paga a su padre que convertirse en rama de ese árbol.

Tal que así estaba redactado este análisis días atrás, hasta que sobrevino el acuerdo europeo para la reconstrucción post-covid.

Los mensajes sobre las consecuencias de ese acuerdo están siendo contradictorios, o al menos ambiguos. Veamos.

Un editorial entusiasta de El País califica el pacto para la reconstrucción de Europa como “Refundación”, dando a entender que la fundación previa (la que entroniza el neoliberalismo como modelo europeo) fue un error garrafal. Y en ese sentido interpreta que “se han interiorizado las lecciones de la Gran Recesión”, señal clara de que los dirigentes europeos son conscientes de que las fórmulas utilizadas entonces (recortes, reformas laborales, austericidios y demás) no solo fueron inútiles sino suicidas, y por tanto no pueden volver a utilizarse ante esta nueva crisis.

Llevamos mucho retraso en afrontar la realidad y mirar de frente las consecuencias que en nosotros ha tenido el austericidio, incluyendo en ese saldo una gran parte de los muertos por COVID

Este modo de ver las cosas entra en contradicción con otras interpretaciones de este acuerdo para la reconstrucción (en teoría se intenta reconstruir no solo lo destrozado por el Covid-19, sino también lo destrozado por el austericidio). Y es que también se habla de “condicionalidad de las ayudas”. Y así en cuanto a la derogación de la reforma laboral prometida por Pedro Sánchez para conseguir los votos de la ciudadanía, parece (o ese es el mensaje que algunos ponen en circulación) que “Bruselas no la ve con buenos ojos”. Tampoco Nadia Calviño.

En realidad, quien no ve con buenos ojos la derogación de la reforma laboral es el fanatismo neoliberal, que es lo que en teoría se intenta rechazar definitivamente mediante la “Refundación”. He ahí la contradicción. No tiene sentido reincidir en el error.

A lo que Moncloa responde que “habrá que buscar el momento” para esa derogación de la reforma laboral, argumentando que no es una cuestión de fondo, sino una “cuestión de oportunidad”, apuntando así a un retraso para afrontar esa medida.

Lo que pasa es que ya llevamos mucho retraso en afrontar la realidad y mirar de frente las consecuencias que en nosotros ha tenido el austericidio, incluyendo en ese saldo una gran parte de los muertos por COVID. Ni los trabajadores, ni los sindicatos, ni los servicios públicos, pueden esperar más.

Tampoco es de recibo que “Bruselas” (¿la vieja Bruselas neoliberal?) imponga ese tipo de “condiciones” a la soberanía nacional. Que no se repita lo ocurrido en Grecia.

La buena gestión de los dineros es el objetivo. ¿Cómo? Eso debe decidirlo el gobierno de España.

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