Opinión

Adentro del hormigón

 

Por fin visité el Museo Ángel Mateos. Era una asignatura pendiente cuya solución amablemente me brindó Lena Garzón, compañera villaviejense, como el escultor. Ella nos condujo hasta la entraña de esa escultura habitable que custodia el legado de uno de los artistas salmantinos más poderosos. Junto al hijo del artista, de igual nombre que el padre, recorrimos los tres espacios habilitados para estudiar y admirar el legado creativo del genio del hormigón. Mateos, casi nonagenario, dedicó solo un cuarto de siglo a la producción escultórica. La suya fue una vocación tardía. Procedía de familia de constructores y no inició su periplo por la escultura hasta bien entrado en la treintena. No pasó por las academias, pero con la observación y el dominio de la técnica del hormigón comenzó a imaginar volúmenes que luego tomaban cuerpo mediante un complejo proceso de encofrado. Así nació esta singular trayectoria de piezas únicas en hormigón.

El hormigón, es verdad, fue trabajado por muchos escultores desde que su uso se generalizó en la construcción. Cincelado, fraguado o modelado en fresco, no es una materia fácil y siempre constituyó un reto para el artista. Núñez Solé nos dejó en Salamanca excelentes ejemplos. La escultura habitable también tentó a los arquitectos, como Le Corbusier en la capilla de Ronchamp. Pero son escultores que incluyen el hormigón en su obra o arquitectos que hacen escultura. La originalidad de Ángel Mateos es que se cría entre el hormigón y toda su obra la realiza en ese material. Desde 1963, cuando se inicia como escultor con una figuración tan expresionista que bordea la abstracción, el hormigón es la materia que significa su obra. Y cuando supera la figuración, los principios expresionistas se prolongan en prodigiosas texturas envolventes de una obra constructivista que agota las posibilidades volumétricas en la verticalidad y horizontalidad. Después simplifica las superficies y su experimentación tiende a los planteamientos minimalistas, siempre con el hormigón que “convierte la escultura en una maqueta de sí misma”.

Mateos pasa por ser un escultor único, un verso suelto que trabaja al margen de la oficialidad. Obtuvo reconocimientos, como el premio de las Artes de Castilla y León en 2008, pasó por galerías y exposiciones, pero no se centró en ello. Su sueño era crear la escultura definitiva que pudiera contener la abundante obra que había ido reservando para sí. Y en 1986 deja prácticamente de producir para dedicarse al museo que, tras muchas vicisitudes, empieza a construir trece años después en una finca de Doñinos ya integrada en el pueblo. Las obras coinciden con la realización de una última escultura, imponente, elevada hasta los veintidós metros de altura para conmemorar el centenario de Valladolid como ciudad.

Lamentablemente, el museo y el artista apenas son conocidos por el gran público de esta tierra tan propensa a ignorar lo suyo. Una obra como la de Mateos, única por su originalidad y evolución, que acaba aunando casi todas las tendencias de la abstracción, merecería un compromiso institucional acorde con el reconocimiento que este escultor ha tenido siempre entre la crítica del Arte.


Un comentario

  1. Estoy contigo y con los amantes del Arte. Una obra así merece el respeto, admiración y apoyo de las autoridades de la zona y de sus conciudadanos

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