Opinión

Alumnos sin rostro

 

La brutal reclusión de marzo a junio nos ha confirmado muchas cosas que nunca habíamos valorado en su justa medida. Alumnos y profesores somos más conscientes de lo imprescindibles que resultan las clases presenciales. En el mejor de los casos, con buenos medios y disposición, la enseñanza telemática no deja de ser un parche que permite salvar los muebles cuando no queda más remedio que suspender la actividad académica en los centros educativos.

 

El regreso a las aulas fue para todos una experiencia indescriptible. Medio año después volvían a estar los alumnos en sus pupitres. Separados, distantes, sin rostro. A pesar de ello, el reencuentro con los conocidos fue emotivo. El encuentro con los nuevos, gratificante. La presencia real del alumno permite al profesor sentir que lo es, aunque no pueda verles la cara. ¡Qué sensación tan extraña! Nos preguntamos cómo serán en realidad. A veces miramos las fotografías de las fichas para intuir sus rasgos tras la mascarilla. Y cuando por inconsciencia alguno se la retira, aprovechamos el instante que tarda en ejecutarse la orden de colocársela para estudiar sus rasgos. Empieza a resultar extraño ver bocas, narices, barbillas… ¿Cómo sonreirán? ¿Bostezarán si se aburren? Hay tantas preguntas que quedan sin respuesta.

El confinamiento nos hizo valorar la importancia de la presencia en el aula. El regreso nos hace reflexionar sobre este otro aspecto que nunca habíamos considerado. La comunicación, para que sea plena, requiere también contemplar al otro y estudiar la gestualidad facial. ¡Se dice tanto con la mirada y el rictus! Un rostro incompleto termina por convertirse en un rostro amputado. La carencia de rostro ha sido un tema muy socorrido en la literatura, la pintura y el cine. Siempre acaba reflejando una carencia, a veces hasta de alma.

Los sin rostro aparecen como malvados, que es lo mismo que decir desalmados. Bien lo enseña la sabiduría popular al afirmar que la cara es el espejo del alma, de manera que si falta la cara no puede haber alma. Desasosiega tanto no poder contemplar el rostro del otro… Los amantes, de Magritte, pese al beso y la tensión amorosa de los cuerpos, nunca podrán transmitir amor, porque ocultan su rostro. Recuerdo con frecuencia las palabras de Fructuoso Mangas, que se fue casi sin que pudiéramos llorarle, sin la despedida fraternal de quienes tanto le quisimos, cuando al hablar de los penitentes establecía la analogía con los otros que se cubrían el rostro, terroristas, atracadores o verdugos.

Ocultar el rostro suele ser signo de algo malo, hasta en los nazarenos, que hacen penitencia para expiar su pecado. Por eso nos inquieta tanto, por eso, pese a lo emotivo del reencuentro con los alumnos, nos sigue faltando algo. Ellos no son malvados, a lo sumo trastos e inconscientes. Pero verles sin rostro nos hace sentirlos incompletos, lo mismo que ellos percibirán al mirar a sus profesores. Llegará el día, ojalá sea pronto, que podamos sentirnos más cerca al recuperar el rostro. Y ese día será maravillosamente extraño.

Los amantes, de Magritte

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