Opinión

Cuando D’Alessandro me chingó la vida

 

El titular tan llamativo no es un cebo para que hinques, amigo lector, tus ojos en mis letras. Ocurrió ciertamente que el mejor portero de toda la historia de la desaparecida UDS echó por tierra mi ilusión y mis carromatos de esperanza cuando, en una de sus grandiosas tardes, le dio por parar todo lo que ansiaba traspasar su feudo.

Fue terrorífica la zozobra que experimenté en aquel partido televisado contra el Valencia en un bar de Móstoles. Mientras la peña quinielística de la tasca requería la equis para conseguir un pleno más cuantioso en la quiniela, yo precisaba el uno para sentirme besado por la fortuna de los 14.

Al final, la actuación increíble de D’Alessandro hizo posible el reparto de puntos y que el cava regase con abundancia la alegría de aquella gente, mientras que un servidor, meditabundo, maldecía al que era mi ídolo indiscutible.

Recordando esta anécdota emergen, con gran pesar, los años únicos e irrepetibles que vivimos con aquella indomable UDS, que durante casi una decena de años puso firmes a los grandes equipos del futbol español. El Helmántico, que es templo del rito más hermoso que aún late con fuerza en la memoria, acogió portentosas gestas que unieron en un solo aliento a esta ciudad tan partidaria desde siempre en atizar bandos y bandurrias.

Por aquella garra con la que la UDS logró hitos difíciles de asimilar para quienes vivimos las largas pero afectivas travesías por el Calvario, Jorge I el Grande tiene que habitar esa orla del recuerdo. Hemos de agradecer permanentemente sus hazañas quienes fuimos testigos de su impresionante trayectoria.

El Salamanca nunca podía haber soñado contar con un cancerbero que les untase el morro a los porteros figurones, cuando logró ser el guardameta menos goleado de la liga española. Su pundonor, aparte de sus condiciones personales, alzaron al argentino-charro a la cima de la popularidad futbolera de este país con todo merecimiento.

Aquella UDS, con mi gran capitán Huerta, Corominas, Alves, Sánchez Barrios, Rezza  etc.… hoy habría paseado por Europa sus colores y D’Alessandro -no me cabe duda- estaría vistiendo la camiseta de la Selección Española.

Cuando le conté a Jorge, con cierta seriedad, la anécdota que refería anteriormente, se puso en guardia, para añadir velozmente con esa improvisación que le caracteriza:

– Mucho del Salamanca… pero apostaste por nuestra derrota…

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