Opinión

Me emociono… Luego existo

-“Las ideas mueven el mundo sólo si antes
se han transformado en sentimientos…”
-Liz Taylor-  

Con Goleman descubrimos hace ya tiempo la importancia de la inteligencia emocional y el papel de los sentimientos y las emociones para una vida humana y saludable. Y cómo del conocer y gestionar nuestras emociones depende en gran parte el ‘éxito’ personal y social.

Estando atentos a nuestros sentimientos podemos desarrollar nuestro coeficiente emocional que no es algo inmutable y para siempre, sino algo que podemos mejorar y perfeccionar trabajando la inteligencia del corazón. Hay que aprender a sentir

y manejar ese movimiento o impulso vital que nos lleva a vivir las actitudes personales, nuestras valoraciones y motivaciones existenciales y que explica nuestra idiosincrasia.

Del coeficiente emocional dependen nuestra autoestima y valoración propia, el contentamiento de ser y de existir, la consciencia y el conocimiento de nosotros mismos, la sensibilidad ante cosas, situaciones y personas que nos rodean y nuestra adaptabilidad social. Y aunque esto sea un proceso de toda la vida, conviene que estemos despiertos y lo desarrollemos en todas nuestras etapas vitales.

Hoy abunda la enfermedad de la alexitimia: personas analfabetas emocionalmente que desconocen sus emociones básicas y que no saben trabajar el mapa de su corazón. Nuestra felicidad y el encontrar el sentido de quiénes somos y cuál es nuestro lugar en el mundo depende en gran parte de saber descubrir y gestionar nuestros sentimientos más íntimos y definitorios.

Lo que nos distingue y define no son nuestras ideas (ya está Google para copiarlas…) sino la variedad e intensidad de lo que sentimos. Decía san Agustín  que “yo soy el que recuerdo”. Yo digo que solo recordamos nuestras emociones: lo felices que fuimos, el amor que entregamos, lo que nos hacía reír y llorar, la soledad  que nadie imaginó que éramos, el buscado silencio, la pasión que entregamos en empresas perdidas, lo felices que éramos creyéndonos el centro del mundo…en definitiva: los sentimientos que dieron sentido a nuestras personas. Las ideas las tiras, las emociones no.

Quizá nuestro catolicismo no ha llegado nunca a ser cristiano porque no ha sabido trabajar el campo emocional de los creyentes. Sin la vivencia de un sentimiento humano profundo, sin el respeto y cariño hacia mis emociones íntimas la fe es solo un rito o un dogma. Las religiones han fallado por no cultivar el verdadero mundo  espiritual y la “emotio” que nos compromete desde dentro hacia el compromiso exterior en una relación de amor con los demás y con todo el universo.

La soledad de nuestros contemporáneos no es estar solos sino estar vacíos. Vacío de experiencias humanas fundantes, de compartir emociones básicas que siempre nos acercan y nos unen en la tarea común de ser felices y de contribuir a la felicidad de los demás.

Con todo lo terrible que es la actual pandemia hay otra peor: la de vegetar sin sentir emociones y sentimientos…la de perder la vida que nos ofrece nuestro corazón mientras nos entretienen por fuera con pomposas ideas y proyectos baladíes. Esto es ser alexitímicos…Hágaselo mirar.

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