Opinión

Los cuarenta y cuatro angelitos del retablo

 

Cumplía la octava de la Pascua en mi vuelta, después de unos cuantos meses, a la villa de Macotera. En las últimas ocasiones ha sido para despedir o recordar a personas que se fueron. Da la impresión de que nuestros pueblos van quedando para esto, para rendir últimos homenajes y devolver a la tierra a quienes quisimos, como si fuera su sino y no hubiera ya remedio. Ayer aparecían llenos de vida, ilusión, juventud y esperanza; hoy muestran mortecinos e indolentes su sangría demográfica, funeral tras funeral, mientras van quedando en la nada.

La iglesia de Nuestra Señora del Castillo, impertérrita, sólida y poderosa, acaba siendo siempre el lugar del encuentro. Cada vez con menos gente, cada vez más envejecida. Lucía esplendorosa una vez más. Tan solo la luz primaveral de la Pascua que con dificultad se abría camino entre los pequeños ventanales, mortecina por las nubes que cerraban el cielo meseteño a la hora ya de vísperas, dejaba un poso de tristeza, la obligada por las circunstancias. En cambio la Virgen de la Encina, patrona dichosa de Macotera, vestía aún el manto de la alegría, el blanco inmaculado que no pudo mostrar en el encuentro con el Resucitado, porque la plaza este año no podía congregar público, ni los devotos cargar con las andas, ni el pueblo hacer ostentación de júbilo pese al repique de las campanas.

Todo quedó en el estatismo del altar mayor para solaz de los angelitos escondidos entre la maraña del retablo. Hay cuarenta y cuatro, más de los que a primera vista parece. Cuarenta y cuatro angelitos devotos, traviesos, adoradores, tenantes, aniñados, serafines, tunicados… Ellos son testigos del auge y decadencia del pueblo. Mucho tiempo antes de que Isabel II distinguiera a Macotera con el título de villa estaban allí ellos para cumplir con su beatífica misión y contemplar, sin inmutarse, las penas y alegrías de un pueblo que siempre ha pasado por su iglesia para conmemorar y dejar constancia de los momentos decisivos que jalonan cada una las vidas que allí han sido vividas.

No parece que la situación vaya a cambiar, como si el destino hubiera dictado ya sentencia para estas tierras del interior. Y sin embargo, algo habrá que hacer para reunir con más frecuencia al pueblo, ante el retablo mayor, para otro tipo de ceremoniales. San Roque continuará convocando multitudes por agosto. Más fuera de la iglesia que dentro, porque el pueblo, cuando celebra lo hace así. Pero el bullicio y el dinamismo, la vida en definitiva, no deben concluir con la pirotecnia que clausura la fiesta patronal. El charro, resignado por naturaleza, no puede seguir esperando que otros le resuelvan su problema. Urge romper con la inercia que aboca a la extinción del medio rural. Macotera, antes del auge del alfoz de Salamanca, era el décimo municipio de la provincia, capital incluida. Su decadencia es reflejo de la dolorosa realidad que se acentúa a ojos vistas de año en año. Por eso, o se reacciona a tiempo o habrá que añadir un angelito más al retablo, el que llora por la muerte de un pueblo que a mediados del XVIII pudo permitirse construir y dorar un retablo de esas dimensiones.

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