Opinión

Acallar la mente

 

Maestros espirituales, yoguistas y expertos en mindfullnes insisten en que logremos la tranquilidad mental, ingrediente importante de la paz interior, en que trabajemos en acallar nuestra mente: eliminando ideas no deseadas, controlando nuestros pensamientos negativos y viviendo aquí y ahora nuestra realidad personal.

No es fácil conseguirlo. Solemos estar sumergidos en un diálogo interior – a veces obsesivo- que no termina, como si fuese un disco rayado que nos repite insistentemente circunstancias, cosas o ideas del pasado casi siempre negativas o agobiantes, algo que nos cansa y agota impidiéndonos lograr la conciencia de nuestro momento presente.

Nos ayuda mucho el concentrarnos en la respiración que nos permite relajar nuestras tensiones y preocupaciones, llenando nuestros pulmones  -mejor caminando- de aspiraciones de aire puro que hacemos llegar hasta lo más profundo de nuestro bajo vientre. Los occidentales no sabemos respirar, son los orientales con sus técnicas los que nos lo enseñan y nos invitan así a situarnos en nuestro mundo interior.

Otra gran ayuda es la meditación, pero el significado final del meditar no es conseguir dejar la mente en blanco (nunca lo lograremos) sino el estar viviendo plenamente el momento presente, aceptando toda la información que me llega a través de los sentidos. Ser solo observadores de todo lo que nos sucede alrededor. Aceptando y gestionando todos los sentimientos y emociones que experimentemos. Y esto en silencio, limitando los ruidos exteriores e interiores. “El silencio –dice Lao Tzu- es una fuente de gran fuerza para la persona”.

Para ir alcanzando la quietud de la mente basta con parar y permanecer en silencio, algo tan difícil para nuestros contemporáneos. Sin reservar un espacio-tiempo para el silencio y la meditación resulta casi imposible acallar nuestras mentes. “Vamos a guardar silencio para que podamos escuchar los susurros de los dioses” decía R.W.Emerson. Y para escucharnos a nosotros mismos, digo yo, y para ser empáticos y escuchantes de los que nos rodean.

La quietud interior, que nos lleva a relativizar tantas cosas no esenciales, deviene del acallar la mente, que no es silenciarla sino dejarla fluir sin identificarnos con ella y sus dilemas. Lograr que no sea la mente la protagonista de nuestra vida. Lo que más limita nuestras vidas es nuestra propia mente y sus miedos, pero hay que descubrir que nuestra mente y nuestro ser esencial no tienen nada que ver.

Al acallar la mente va surgiendo nuestro verdadero yo, el que tenemos que recrear para ser felices. Hay que aprender a prestar atención a todo lo que nos sucede sin juzgarlo. Y a practicar la actitud del agradecimiento, estar agradecidos por lo que tenemos (sin añorar lo que querríamos ser o tener…) nos ayuda a ver la vida y los acontecimientos de otra manera. La Biblia dice que todo lo que nos sucede es para nuestro bien. Y todos experimentamos con el paso del tiempo que lo que en principio se mostraba como negativo acabó siendo beneficioso y positivo para nuestras personas.

Todo es cuestión de práctica y empeño. El resultado final lo merece: la paz interior que es lo más necesario para vivir.

 

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