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Opinión

Biden el «rojo»

Los más trogloditas de aquí dirían, para explicar la novedad, que Biden se ha vuelto «bolchevique». Lo cual, de ser cierto, como noticia sería una bomba porque ya el hecho de ser socialdemócrata en USA es de una osadía inconmensurable.

«Bolchevique», en el lenguaje demagógico de hoy (la reacción más cutre ha echado brotes verdes), equivale al «socialdemócrata» del tiempo de nuestros padres. Ya lo explicamos en otro artículo anterior sobre los desplazamientos no declarados en el espectro político y la verdadera ubicación del «centro» («Efecto Doppler»).

En aquel desaforado país, USA, donde el dinero tiene más peso que la libertad y la condiciona, y en el que la tradición más rancia asoma de vez en cuando la pezuña, pero también el país en el que se paró hace poco el «golpe» de una horda de trumpistas sin dar ninguna oportunidad a los equívocos o las dudas, ser de izquierdas fue siempre un exotismo más propio de europeos, algo muy raro y atrevido, si no prohibido y merecedor de caza de brujas.

Sobre todo, en tiempos de senadores fanáticos bastante escorados a la ultraderecha, como fue McCarthy. Algo en cualquier caso inusual e inquietante, en el mismo sentido en que lo era, lo «europeo», en la novela de Henry James.

Desde hace tiempo, el dilatado tiempo de pensamiento único y tierra quemada en que habitamos hoy, y que coincide exactamente con el de las llamadas «revoluciones» conservadoras (un oxímoron), cuya palabra de cabecera es «crisis», porque encadenamos una tras otra, tanto aquí como allí, en USA, la alternativa en el poder se ha reducido a un turnismo descafeinado y bastante teatral entre lo mismo y lo mismo. Moda esta que los europeos posmodernos, ya en fase de decadencia, importaron de allí, llamándolo aquí «la tercera vía» por darle un nombre publicitario que favoreciera el cambalache. Aunque no pasa de ser (bajo ese disfraz publicitario) el turnismo de caciques que ya conocieron nuestros bisabuelos.

El resultado de ese proceso no podía ser otro que el mismo de antaño: corrupción y aumento de la desigualdad.

En ese sentido aparece nítido el momento en que Europa (tan admirada hasta entonces) decide dejar de ser Europa para limitarse a ser una sucursal y una mala copia de USA, quizás por una interpretación equivocada y contraproducente de la globalización.

Cuando Ayuso va, creyéndose que inaugura una nueva era (lo suyo no pasa de trumpismo recocido), Biden y con él los estadounidenses ya vuelven, curados del engaño

Entendiendo precipitadamente que la globalización no podía ser socialdemócrata y progresista, y que tampoco era imprescindible que fuera demócrata, se asumió pasivamente (pasando ahora Europa a ser la pacata provinciana de la novela de James) que debía ser neoliberal y reaccionaria. De ahí que, de la misma forma que importamos el modelo regresivo de la «nueva economía», en el que el hombre está al servicio del dinero y la democracia supeditada a la plutocracia, podría muy bien ocurrir ahora que uno de los logros más espectaculares de la ciencia moderna, el darwinismo, acabe sustituido por el creacionismo pedestre de los que defienden el carácter científico, verdadero, y literal de la Biblia. Todo es seguir degenerando y perdiendo las referencias propias.

Cuando menos resulta llamativo que mientras en Europa, tras la rápida y poco meditada reconversión ideológica al neoliberalismo, seguimos empeñados en ese derrotero que no lleva a ninguna parte (salvo a Nomadland) y vamos de fracaso en fracaso, el anciano y novísimo presidente de USA, curado de ese espejismo ideológico, quiere retomar el modelo que Europa dejó abandonado en la cuneta.

O dicho de otro modo, cuando Ayuso va, creyéndose que inaugura una nueva era (lo suyo no pasa de trumpismo recocido), Biden y con él los estadounidenses ya vuelven, curados del engaño.

En cuanto al resultado de las elecciones de Madrid, el hecho de que un gran número de madrileños haya optado por apoyar allí la política de la derecha más extrema (porque eso es lo que ha pasado), no significa que en el resto de España vaya a ocurrir lo mismo.

Entre otras cosas por lo que esa política representa: continuar con los procesos de deterioro y recortes de los servicios públicos, base del Estado del bienestar, cuyas consecuencias nada teóricas y muy reales hemos podido comprobar durante esta pandemia. Una prioridad clara de los intereses del dinero y el lucro frente a los intereses de las personas y la vida (este orden de prioridades se ha visto claramente confirmado en la forma en que Ayuso ha manejado la crisis sanitaria).

Pero también da alas al intento «separatista» de Ayuso para crear allí, en Madrid, una especie de paraíso fiscal contra el resto de los españoles. Que fue lo mismo que dio impulso y ocasión a los neoliberales de Cataluña para iniciar su particular «proceso».

Los extremos neoliberales de Cataluña y Madrid se tocan y concurren para separarnos en feudos retromedievales.

En cuanto a los resultados en la izquierda, con el descenso del PSOE y el ascenso de Podemos y Más Madrid, puede ser un aviso a Pedro Sánchez en el sentido de que si bien su militancia y votantes hicieron una elección clara de la propuesta que él representaba frente a la que representaba Susana Díaz (esta última indistinguible de la del PP), el requisito para seguir contando con ese apoyo era y es cumplir el programa prometido y los pactos con las otras fuerzas de izquierda, cosa que no ha hecho en algunos puntos importantes.

Todavía está a tiempo de recuperar aquella línea programática que le llevó al éxito, y que implica recuperar un modelo socialdemócrata para España, tal y como lo intenta Biden para Estados Unidos.

En cuanto al abandono de Pablo Iglesias de la política: el acoso y las amenazas a que ha sido sometido él y su familia pasarán a la historia como una de las páginas más oscuras de nuestra democracia, que ya tiene unas cuantas en su haber.

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