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Opinión

“A sufrir viene una…”

 

Es la frase preferida de una feligresa muy católica, hija de aquella religiosidad del pasado siglo que tanto marcó con su moral negativa y castigadora. Una buena mujer que todavía vive aquellos rasgos de miedo, pecado y rigorismo que tanto predicaban los pastores de antaño. Su práctica de aquel catolicismo no le ha ayudado a ser más feliz y positiva, se irá sin haber descubierto la alegría pascual y la vocación a la felicidad que tenemos los seguidores de Jesús.

Cómo hacerla ver que sufrir no sirve de nada, que la vida es muy corta para tanto sufrimiento, que los dioses no son tan malos e injustos –sobre todo el de Jesús- como para crearnos para sufrir y padecer, para encerrarnos en un infierno eterno sin posibilidad alguna de liberación y de gozo para siempre. Que la gloria de Dios es ver felices y en paz  a todas las personas antes y después de morir.

La buena feligresa cayó en la cuenta de que cada vez que rezaba yo la salve callaba al llegar a lo de “valle de lágrimas”. Le expliqué que yo lo cambiaba interiormente por “esta tierra de trabajos y esperanzas” que me parece más cristiano y enriquecedor. Sobre todo porque la espiritualidad (o la fe) si no nos hacen felices en este mundo son una entelequia que no conducen a nada.

El dolor es algo físico que afortunadamente lo estamos venciendo, el sufrimiento es algo mental. El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional. La mayor parte de nuestros sufrimientos son causados por ignorancia. El miedo al sufrimiento es peor que el sufrimiento mismo. Dice Víctor Frankl que “si no está en tus manos cambiar el dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontas ese sufrimiento…” . La actitud, el control de la mente, nuestra postura frente al mundo, los valores y el sentido que nos mueven y hasta el buen humor nos sirven de gran ayuda para dejar de sufrir.

Nuestros sufrimientos dependen no tanto de los dolores que podamos padecer cuanto de nuestra imaginación, que no para en su tarea de aumentar nuestros males por medio de los pensamientos negativos. Deseos, apego, anhelos, expectativas, ego descontrolado…estas son las raíces de nuestro sufrimiento. Todo lo que hagamos por llevar una vida sencilla, compartida, en contacto con la naturaleza y la familia, abierta a lo espiritual aumentará nuestra paz interior y nos descubrirá que estamos aquí para ser felices. Que el mayor –el único?- pecado para el creyente es no ser feliz aquí y ahora.

Nuestros sufrimientos no redimen nada. Ni siquiera Jesús nos salvó con sus dolores y padecimientos: el Misterio de Dios no quiere ni necesita que las personas suframos para purificarnos: solo desea que trabajemos juntos por un mundo mejor y más feliz para todos. Y que contagiemos nuestra alegría y bien hacer con todos los que –por desgracia- siguen pasándolo mal en esta sociedad todavía en crecimiento.

Yo sé que no voy a cambiar a esta santa mujer, ni a tantos otros, lo escribo y lo predico para que estas ideas fatuas y efímeras de tiempos pasados no me cambien a mi, ni me quiten mi felicidad. Porque yo –lo descubrí hace mucho- no he venido a sufrir sino a ser feliz y ayudar a la felicidad de otros.. Y gracias a la vida y a otras muchas personas lo estoy consiguiendo.

 

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