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Opinión

Una tarde con Teresa

 

Me senté junto a ti, querida Teresa, hace unos días a las puertas de tu casa natal –hoy tan cambiada por la manía de plantar capillas e iglesias por todas partes- retratada como siempre con la pluma, escribiendo y mirando a lo alto con tus hermosos ojos. Inmóvil, extasiada, un poco teatral, como insatisfecha con el lugar y el papel que te tocó representar en tu Ávila querida.

Un poco cansada –me dijiste- de ser reformadora, priora, de pelearme con mitras, canónigos y superiores provinciales, de inaugurar conventos por las Españas sin tener un maravedí y sin saber cómo acabaría todo..”

En todas tus esculturas te colocan sola, sin alguna otra monja o fraile contigo, lo más con los bastones para recorrer caminos y fondas, como si todo dependiera de ti, como si no tuvieras a nadie que te echara una mano en lograr tus sueños.

“Bueno, sí, me acompañaban algunas otras monjas, pero siempre estuve sola, muy sola con mi empeño de reformar el Carmelo en aquella sociedad tan católica y machista, tan dominada por clérigos que solo les interesaba el poder y el dinero…el Nuncio me la tenía jurada, solo quería verme recluida y quietita en la Encarnación…”

Sí, pero tenías a tu Juanito al lado, a quien tuviste por cinco años como confesor de tus “damas”, mucho te ayudaba y creía en ti aquel medio-fraile tan chico y tan perseguido también por sus propios hermanos carmelitas…otro poeta rozando el cielo como tú.

“Sí, mucho le amé. Mucho rezamos juntos…pero también tuvo que irse…me he sentido siempre muy sola…no creas que eso de la oración me consolaba tanto, tuve mis desapegos y mis dudas…nunca llegué a captar el misterio de lo divino, no encontraba sentido a la Iglesia de mi época, ni a tanto dogma ni tanta moralina…Eso de que “al fin muero hija de la Iglesia” me lo hizo decir mi secretaria…no estaba yo para muchas fidelidades en aquel último momento…Hoy haría las cosas de otra forma…”

Santa Teresa celebrando la Eucaristía. Obra de Andrés Alén.

Después de cinco siglos se te ve muy bien. La gente ha olvidado tus trabajos y dolores . Y reclaman tu intercesión desde sus propios pucheros e inseguridades. Te tienen por una gran santa: ¡la Santa…¡

“Ay si yo te contase mis profundas penas, mi pobre salud, mis depresiones y torturas…y cargando siempre con mi mioma de útero que tanto me debilitaba y dolía…y el desprecio de aquellos que pensaba que me querían, y las envidias y celos hacia mi pobre persona…De estar bien, lo que se dice bien, nunca lo estuve…ni siquiera para dormir tranquila…”

En el fondo a ti te hubiera gustado ser hombre en aquel siglo XVI y más que nada: sacerdote. La que habrías preparado, la de palomarcicos que habrías fundado, la libertad de la que habrías gozado, los proyectos que habrías emprendido…

“Es cierto, Moncho, es lo que más envidiaba y deseaba…pero al fin acepté mi circunstancia…con el tiempo y las enfermedades se me fueron las ganas de todo y solo ansiaba retirarme aquí, a mi conventito de san José. Allí deseaba morir y ser enterrada, pero en Alba no me hicieron caso y allí me murieron…¿ De dónde sacaron los de Alba que yo quería reposar para siempre a la sombra y manejo del Duque…? ”

Vamos hermana a dar un paseíto por tu ciudad, deja la pluma y las cartas: verás que cambiada está, hay más bares y tiendas que iglesias había en tu época. Enhébrate a mi brazo y al pasar por la catedral sentiremos de nuevo que en este mundo Dios solo no basta, que necesitamos aquí abajo alguna cosa más. Bien lo sabes tú ahora que ya lo tienes todo.

“Vente otra tarde, Moncho, que me haces estar viva y ser más yo…”

Vendré, querida hermana, volveré…

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