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Opinión

Camino de hierro y añoranza

 

Arribes comienza a despertar. Al menos lo intenta. Décadas de abandono y olvido después, van surgiendo iniciativas para intentar fijar la escasa población que aún se mantiene. A todas luces resulta insuficiente y falta demasiado por hacer, pero uno de los parajes más bellos de España no puede quedar exclusivamente como territorio salvaje. Cobran fuerza, en estos días, los rumores de que la diócesis civitatense tiene los días contados. Es una pena, otro golpe a la parte de este territorio que está incluido en ella. Es cierto que la diócesis centenaria y restablecida, con apenas treinta mil feligreses, no resulta ya muy viable. Pero es un indicativo más del declive que experimenta el occidente salmantino, como toda la raya con Portugal.

La naturaleza debe ser compatible con la actividad humana, manteniendo el ahora denominado desarrollo sostenible. Y Arribes lucha para demostrar que es posible armonizar la conservación de la flora y fauna con una actividad humana que comprenda la explotación económica de los recursos. La agricultura y la ganadería tradicionales se asoman al mercado y ofrecen productos de mucha calidad. Vinos y miel, aceite de Ahigal, quesos de Hinojosa y Pereña, almendras de Vilvestre… Son auténticas delicias que todavía no se conocen lo suficiente, pero que bien promocionadas podrían dar lugar a una industria agroalimentaria de tipo artesanal que insuflara nueva vida a estos pueblos ribereños.

Con el turismo sucede algo parecido. El único muelle fluvial de Castilla y León es desconocido hasta para los salmantinos. Ya son demasiadas caras de sorpresa las que he visto al afirmar que Salamanca tiene puerto y desde él se puede navegar hasta el mar. Algo falla cuando Vegaterrón sigue siendo un topónimo por descubrir. Falta pedagogía, como dicen ahora los políticos cuando quieren nuestro amén al ofrecernos la rueda de molino. Falta pedagogía de la buena, la que lleva a promocionar todo el potencial de nuestras comarcas.

Un acierto más, todavía por consolidar, es el del Camino de hierro, una ruta de senderismo que permite recorrer la vía férrea abandonada que unía La Fregeneda con Barca de Alba. Veinte túneles, diez puentes, ríos encajonados, precipicios que dan miedo… Todo un reto para disfrutar de la naturaleza y quedar anonado ante ella y ante esta colosal obra de ingeniería. Fue doloroso que en 1985 cerrasen esta vía de comunicación con Portugal. No era rentable, dijeron. Y seguro que daba pérdidas, aunque no más que la infinidad de cargos inútiles que graciosamente disfrutan y dispensan los políticos de todas las administraciones.

El asombro de esta obra ingente es paralelo a la añoranza por aquello que en su momento fue, por lo que hubiera supuesto el mantenimiento de su actividad para articular este territorio y evitar la desertización demográfica. Aunque fuera deficitaria. Pero llorar por la leche derramada ya no sirve para nada. Por ello solo queda confiar en que esta iniciativa de la Diputación Provincial, que sí es de aplaudir, se afiance como una oportunidad que, sumada a otras, estabilice población y permita mantener la actividad humana y económica en la zona de nuestros arribes.

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