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Opinión

Maquillaje

Es de dominio público que el PSOE, consciente de su extremismo neoliberal de las últimas décadas, vendido al personal por Felipe González en cómodos plazos (él como Blair pasarán a la Historia detenida de la posmodernidad por este logro), sintió como pocas veces el apremio del maquillaje durante la crisis del 15M.

Como en aquel entonces (un entonces de hace dos días) la farsa hizo crisis y el hartazgo hizo tope, el PSOE apareció ante un importante sector de la opinión pública como hermano siamés del PP, ambos fundidos en unas mismas siglas (PPSOE) y una misma corrupción solidaria: la propia del modelo neoliberal, del turnismo caciquil de nuestros días, y de una monarquía corrupta.

El partido de Pablo Iglesias y Fernando de los Ríos (qué lejos quedan y qué actuales nos parecen), ante esa encrucijada, sintió un apretón cólico que le aconsejaba cambiar de tono y ceder, aunque fuera de momento, a la servidumbre del camuflaje y el espejismo del disfraz, buscando a la desesperada unir el término «socialdemócrata» a su identidad en vías de extinción.

El objetivo perentorio era pasar ante la opinión pública cabreada y ahora despierta, como partido socialdemócrata o incluso de «izquierdas». De forma que mal que bien, a trancas y barrancas, envió al trastero (y esto lo hicieron sus militantes mediante el voto libre) a sus líderes más rancios, incluida Susana Díaz, aunque conservando como semillas para la involución futura determinados elementos reaccionarios.

Así, un nuevo líder de fáciles promesas, Pedro Sánchez, que venía a recuperar o a intentarlo una marca progresista y social para sus siglas, tuvo a bien (aunque forzado y con muchos titubeos) cumplir con lo prometido a sus militantes, y aliarse no con el neoliberalismo extremista y trasnochado de Ciudadanos (una vez más) sino con la socialdemocracia creíble y real surgida del 15M.

(Inciso: todo neoliberalismo es «trasnochado» después de la estafa global de 2008, cuyas consecuencias aún arrastramos. Salvo que seamos masoquistas).

Como saben esa iniciativa de renovación derivó en una ventana de oportunidad socialdemócrata después de mucho tiempo en nuestro país, con un gobierno de coalición que enseguida despertó la ira de la derecha extrema, y también de la derecha antidemocrática (incluidos en esta algunos expresidentes), que desde el principio motejó a este gobierno como “ilegítimo”, desde la perspectiva y prepotencia de un poder acostumbrado a corromperse y a perpetuarse en la corrupción.

Lo primero que debemos intentar calibrar para valorar la magnitud y el mérito de un esfuerzo, es la dificultad o dificultades a los que ha tenido que enfrentarse o a los que aún hoy se enfrenta. Señalemos tres obstáculos de magnitud considerable a los que este gobierno hizo frente:

Lo primero de todo un régimen corrupto como pocos en Europa, empezando por su misma cabeza visible. Régimen en el que desde la misma jefatura del Estado se promocionó un modelo perfectamente lubricado, de latrocinio, venalidad, y saqueo. La omertá como regla de oro y eficaz pegamento que da consistencia a toda la trama.

La magnitud e idiosincrasia de este obstáculo explica los intentos “deslegitimadores” a que antes hacíamos referencia. Quien vive de la corrupción de la ley, suele calificar de “ilegítimos” a quienes se lo echan en cara.

El segundo obstáculo al que este gobierno hubo de enfrentarse fue a las consecuencias en forma de estafa global y recesión económica del modelo neoliberal. Modelo que para nuestra desgracia el PSOE de González abrazó con entusiasmo sectario bajo la égida e inspiración de sus apóstoles principales: Reagan, Margaret Thatcher, Blair y compañía.

Para hacerse idea de la naturaleza de esa «inspiración» apostólica y profética a la que el PSOE de González fue tan dócil y fiel, baste recordar que los Reagan no tomaban una decisión sin consultar antes con sus astrólogos (no confundir con astrónomos).

No olviden tampoco que el modelo neoliberal tiene una relación íntima y estrecha con la telebasura, no solo en el fondo y naturaleza de su negocio sino en su propagación.

Aquí como en otros muchos temas, no tuvimos criterio propio (los ideales europeos cayeron en el olvido) e hicimos seguidismo servil de la experiencia americana, que en sus últimas consecuencias condujo a Trump y el asalto al Capitolio.

A nosotros (adaptando el mal a nuestro propio medio) nos llevó directamente a Díaz Ayuso, el negacionismo de los antivacunas, y a los «deslegitimadores» de la legalidad democrática.

Hemos de reconocer por tanto a los mencionados próceres de la derecha radical no solo como padres (en su instrumentación política) del invento neoliberal y su estafa, sino también de su falso remedio: el austericidio. Aquí Merkel toma el relevo de sus precursores y adquiere un papel protagonista, aunque más tarde, y vistos los efectos, ha querido salirse por la tangente y lavarse las manos. Al menos hemos de concederle que ha expresado su arrepentimiento en público.

El tercer obstáculo (de naturaleza sanitaria) que tuvo que encarar el gobierno actual, que venía (en teoría) a hacer realidad la alternativa socialdemócrata en nuestro país, fue determinado tanto en su origen como en su mala evolución por los condicionantes señalados anteriormente: un modelo ideológico nocivo (el neoliberal) y un modelo económico perverso.

La nueva pandemia de Covid-19, que ya ha marcado su impronta indeleble en la Historia con millones de víctimas y la consiguiente ruina económica, nos encontró con nuestros servicios públicos recortados, “neoliberados”, y saqueados con alegre desparpajo. Toda una estudiada y prolongada estrategia en la que privatización y corrupción económica y política constituyen los elementos imprescindibles del tándem.

¿Dónde estamos ahora?

Con la legislatura avanzada, habiendo logrado afianzarse y mantenerse en el poder gracias al apoyo y el maquillaje social aportado por sus socios, el PSOE empieza a recular, a incumplir promesas (una constante en su historia desde la transición), y a recortar de nuevo derechos sociales.

El trabajo basura y los contratos precarios siguen siendo el eje de nuestra política económica. Por tanto, la desigualdad seguirá creciendo y llenando de tensiones nuestra convivencia.

La ultraderecha más cavernaria ha encontrado en los desesperados que este modelo produce (y que cada vez son más) la pólvora para sus artefactos explosivos. Es innecesario decir que esos desesperados ciegos se meten por su propio pie en la boca del lobo. La ultraderecha los utiliza, pero nunca defenderá sus derechos.

Los amos y los hilos que mueven esa ofensiva política radical está a años luz de su realidad existencial y precaria, y entre sus prioridades no está resolver sus problemas, y mucho menos defender sus derechos.

Vemos así que este gobierno (a pesar de las promesas de su líder) no eliminará la reforma laboral de la ultraderecha económica.

Vemos también que retrasará la edad de la jubilación con un paro juvenil que es nuestra marca España (ni Rajoy lo hubiera hecho peor).

Constatamos que es incapaz de recuperar la fortaleza de nuestros servicios públicos y acercarlos a un nivel homologable con Europa, y que seguimos por tanto a merced de los embates del destino, sea en forma de nuevas pandemias o de los estragos del cambio climático.

En lo que sí parecía el inicio de un proceso de acierto y reparación con relación a la estafa sufrida por los trabajadores interinos de nuestros servicios públicos (los que han combatido en primera línea la pandemia), tampoco está claro ya que vaya a llevarse a cabo con los requisitos e imperativos marcados por la jurisprudencia europea (sentencia de junio de 2021), ya que no se garantiza la fijeza de estos trabajadores (algunos a las puertas de la jubilación) estafados durante décadas. Ni siquiera una indemnización mínimamente decente o reparadora del daño.

Por otra parte, vemos como, una vez más, empiezan a reactivarse los elementos reaccionarios que en el seno del PSOE aguardan su oportunidad, y a que el espíritu del 15M se olvide y se disipe.

Lo hemos visto por ejemplo estos días en el ataque concertado y concentrado contra el ministro Garzón por ser la voz de la racionalidad honesta y veraz, y habernos recordado los compromisos contraídos con la Agenda 2030.

Recordemos que hace pocos días era noticia en El País y en otros medios, que Bruselas llevará a España ante la justicia europea por la contaminación de la ganadería y agricultura industriales. Y es que los requerimientos que se nos hace una y otra vez en este sentido, al parecer caen en saco roto.

Otro efecto secundario de una política de maquillaje.

Lo bueno de las declaraciones del ministro Garzón es que nos hemos enterado (reabierto el debate) qué es lo “intensivo” y qué es lo “extensivo”; qué son las macrogranjas industriales y cómo le sientan al medio rural y al medio ambiente; cuáles son sus efectos contaminantes y nocivos y en qué medida estos efectos nocivos les importan a nuestros políticos; qué intereses defienden cada uno de estos y para quienes trabajan.

Es decir, esas declaraciones y el debate reabierto nos han recordado que existe la Agenda 2030 y los compromisos contraídos e incumplidos una y otra vez en este tema (evitar los efectos contaminantes de determinado modelo de explotación), y cómo la justicia europea está cansada de llamarnos al orden para que, fuera de todo maquillaje, seamos más veraces y cumplidores.

La salud del medio ambiente y la de los seres humanos que lo habitan está en juego.

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