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Opinión

La gran chapuza educativa

Varios mozalbetes, con cara de espabilados y mucha sabiduría nocturna, situaban geográficamente a Valladolid por Andalucía y uno de ellos aseguraba que Alonso Quijano podría ser un cantante de rock de los 70. Ante la pista que daba el reportero de que se trataba de un gran hidalgo de la literatura española, una de las mozas del grupo sentó cátedra asegurando que el personaje no era otro que el Cid Campoamor

¡Ostras, tú!, que es para echarse a temblar si pensamos que estos chavales informaticoparlantes pueden ser los que rajen tripas en un hospital o dicten sentencia en un juzgado dentro de cuatro días. Tal pensamiento me sugiere que me vaya comprando unos kilos de bosque para perderme dentro de él, si llega el caso, para siempre.

El problema surge cuando ves, sabes o conoces, porque lo cuenta la gente cercana que se pelea cada día por esas aulas de dios, tanto en institutos como en las que deberían ser excelsas facultades del conocimiento, que vamos camino del desastre educativo más profundo de todos los tiempos.

En estos días, el caldero estudiantil ha vuelto a cocinar despropósitos, meteduras de pata y mucho desaliento sobre la fogata de las cocinas educativas, donde los sabios y doctos políticos de turno con mil estrellas michelín, que acreditan su ineptitud, vuelven a reincidir en cagarla hasta el grado sumo de las descomposiciones diarreicas más demenciales.

Osease que, como en cada parcela geográfica de este país, los niveles educativos de exigencia van amoldando la enseñanza a las ramplonas ataduras al régimen político que gobierna, se esbozan todo tipo de artimañas para defender el cocido regional como cosa justa y necesaria.

Para que se entienda el desaguisado que trato de referir con cierto cabreo en la chepa, hay que fijar la atención en este invento de la Ebau que, debiendo ser listón igualatorio para todos los estudiantes, resulta que es una trampa que premia los niveles educativos más deficientes sobre los serios o digamos más ambiciosos a la hora de asimilar conocimientos.

Es decir, un estudiante de la comunidad autónoma parasitomenguante, donde el nivel educativo es deficiente en sus ámbitos estudiantiles, se enfrenta a unos exámenes dulces y hogareños que posibilitan unas altas calificaciones, mientras que la ilusa y extraordinaria chavalería de Castilla y León (junto a la de otras comunidades serias y preocupadas por lo que debe ser la enseñanza) es sometida a unas pruebas duras y exigentes, que por lógica ajustan la nota al nivel exigido. Este método, que ya digo, es para quemar la fábrica de nuestros sueños, hace posible que se cuelen en las facultades de nuestra tierra, por sus altas notas obtenidas, los beneficiados estudiantes mediocres de las comunidades que lisian la ilustración con sus chalanerías, mientras que los de Salamanca tienen que largarse a otras ciudades.

Cualquier indocto, con simple sentido común, tendría claro que los exámenes de acceso a la Universidad deben ser los mismos en todo el territorio español. Esta es la única forma de que los más preparados y sacrificados de nuestros muchachos accedan a lo que gusten en su tierra o donde les plazca.

Pero cuando el desgobierno utiliza la enseñanza, como la justicia o la sanidad, para montar la ineficacia como principio, surgen estos desastres que llevan en el fondo de sus calderas la injusticia como signo que identifica al poder legislativo; un poder que, en manos de tanta mente indocta y chalanera, fabrica la ineficacia como insignia anunciante de nuestro tiempo.

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