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Opinión

Macron dibuja el apocalipsis

Macron, para que nos vayamos sacudiendo el sopor de este verano soporífero, cada vez más insoportable esta estación al aire libre (esto de los «refugios climáticos» es un elemento más de nuestra posmodernidad distópica), anuncia el apocalipsis, no menos distópico y amenazador que estos extremos climáticos que ya padecemos.

Todo parece indicar que estamos ingresando no solo en un nuevo clima sino en una nueva civilización, de la que necesitamos refugiarnos y protegernos.

Visto lo cual, el término de «civilización» se torna dudoso para insinuarnos el de «barbarie».

Olvídese de la democracia, de los derechos del hombre, de la suficiencia económica y de un clima propicio. Olvídese también de la paz. Este es el pronóstico que Macron nos hace. Unas cuantas décadas de neoliberalismo intensivo y global, con su geopolítica correspondiente, han acabado con todo eso. Y si bien no sorprende el mensaje, sí sorprende el mensajero.

El efecto que nos causa este anuncio apocalíptico de Macron, prototipo de político al servicio del dinero, o sea, de toda una hornada de neopolíticos occidentales (con su réplica en el Este) que culmina con los tecnócratas alérgicos a las urnas y unos cuantos megayates confiscados que salen a subasta, es como si el PP se quejase amargamente de nuestra corrupción y sus consecuencias.

¡Pero vamos a ver, almas de cántaro…! ¿No veían ustedes venir las consecuencias de sus acciones desreguladas (e irregulares) y de sus amistades peligrosas con la plutocracia y sus desmanes?

Entre el mensajero (Macron) y el contenido de su mensaje (el apocalipsis posmoderno) hay un gozne que no funciona bien, porque viene a ser como si Milton Friedman se quejase de la estafa financiera de 2008, o como si los que destrozan selvas y otros espacios naturales (caso Bolsonaro) se doliesen del cambio climático, la pérdida de biodiversidad, y el resurgir de nuevas amenazas en forma de virus y pandemias.

O para el caso, como si los militaristas y «halcones» de Occidente se quejasen de las guerras preventivas que inician los demás.

Ahora sí, con acierto y lucidez tardía, Macron dibuja el panorama futuro que se barrunta en base a tres constataciones (y una constatación es algo más que una suposición), o lo que es lo mismo, el fin de una triple ilusión o de una triple mentira:

Que los recursos naturales son inagotables (es obvio que no); que la democracia acabaría triunfando irremediablemente (algo difícil si los intereses del dinero se anteponen a la propia democracia. Hoy constatamos que la desregulación absoluta del dinero no lleva a la democracia global sino a la plutocracia y el fascismo); y que la guerra era una cosa del pasado (una ingenuidad si tenemos en cuenta los puntos anteriores).

Macron declara el «fin de la abundancia» y los sindicalistas de su país le recuerden los millones de ciudadanos explotados, precarios y mal pagados, o directamente desempleados, que desde hace décadas viven fuera y ajenos a esa abundancia. Para esos ciudadanos, que no son pocos, los tiempos son duros desde hace tiempo. Cosas del catecismo neoliberal.

Todo esto que se anuncia por doquier constituye un tira y afloja que intenta perfilar la naturaleza y distribución del nuevo «sacrificio» (uno más), Macron en representación de la plutocracia, presumiblemente los sindicatos en representación de los trabajadores. Con el antecedente de una ciudadanía escarmentada y empobrecida por el «austericidio» anterior, que de hecho aún no hemos superado. Ni nosotros ni nuestros servicios públicos.

También anuncia Macron los recortes energéticos, y vuelven a la memoria de todos los chalecos amarillos. O la recesión, una vieja conocida. Así como la amenaza de la extrema derecha, que crece siempre en río revuelto.

¡Dejà vu!

Como todo parece repetirse en esta historia en bucle por sus contados y sucesivos pasos históricos (desregulación financiera, quiebras económicas globales, fascismos, guerras…), cabe hasta mencionar a Churchill, que da mucho juego y queda muy bien.

O sea, cabe cualquier cosa menos la sorpresa.

Aquí, en España, pequeña pedanía del sur, algunos siguen obsesionados con Pedro Sánchez, que aún no estaba (en el poder) cuando «todo esto» empezó.

Si acaso le toca recomponer (o intentarlo) los platos rotos. No lo tiene fácil.

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