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Opinión

Los antisistema eran ellos

En uno de sus últimos artículos en El País, Íñigo Domínguez hacía un recordatorio del olvido fácil con el que a menudo se premia los “errores” (si es que debemos llamarlos así y no de otra forma) de nuestros dirigentes más encumbrados y de nuestras cabezas económicas más solicitadas. Que si hablamos de economía posmoderna y neoliberal, equivale a decir cabezas cuadradas.

Como por ejemplo el “error” que llevó, vía dogma neoliberal (pura corrupción transmutada en ideología y catecismo), al desastre económico y político de los ciudadanos griegos.

En otra medida, pero con la misma fuente de inspiración dogmática, también llevaron al desastre a España y a los españoles. Recientemente, y también en El País, Andreu Missé titulaba su artículo: “El rescate bancario fue una doble estafa”, y en él nos informa que nuestro “rescate” gestionado por el gobierno de Rajoy y por su ministro Luis de Guindos fue eso, una doble estafa cometida con los ciudadanos españoles para “rescatarnos” de la estafa que le precedió, que como se sabe fue una estafa financiera de alcance global hija natural del neoliberalismo triunfante. Muchas de nuestras angustias económicas, de nuestra desigualdad y polarización, de nuestra precariedad y pérdida de derechos, de nuestra destrucción sistemática de servicios públicos, proceden de aquella “triple estafa” consecutiva. Aunque también procede de ahí el movimiento más digno que ha alumbrado nuestra política contemporánea: el 15M.

En realidad, y si pensamos en ello, el gran problema que tenemos los electores españoles es la falta de memoria. Nosotros solos nos metemos una y otra vez en la ratonera. Quizás por ello los consultores y expertos asesores de nuestros políticos les gusta hablar de “neuropolítica”, porque nos ven y nos tratan como hámsters desmemoriados que no saben salir de la jaula. Y esa jaula hoy se llama “corrupción y neoliberalismo”.

Paradójicamente, a pesar del «fin de las ideologías» que anunciaron sus monaguillos, esta “ideología” única y excluyente, o sea dogmática, el neoliberalismo, causa desde hace tiempo destrozos por doquier.

Comentando el caso griego, Íñigo Domínguez pronuncia (o escribe) una frase certera que ilumina las conciencias de hoy e iluminará probablemente también las de mañana: «Los antisistema eran ellos».

¿Se puede decir mejor?

Aquello que afirmó Cosidó (senador del PP) que ellos, los políticos, senadores, y gerifaltes del PP, toquetean a los jueces del Tribunal Supremo por detrás como práctica rutinariaya debió considerarse un golpe de Estado

Ese catecismo tóxico y omnipresente, el más vendido y predicado de nuestro tiempo (sus comisiones les cuesta a nuestros gerifaltes), tiene hoy monaguillos obedientes y bien pagados en casi todos los rincones del planeta. En España son sobradamente conocidos, y al contrario que su jefa de aquel momento, Merkel, aún no han pedido perdón por las consecuencias letales de sus doctrinas averiadas. Lo repetimos a menudo por si un día suena la flauta y se dignan pedir disculpas.

También en Cataluña los monaguillos del dogma «sistema» obedecieron con máxima diligencia, y sin pensárselo dos veces aplicaron el corte (y los recortes) allí donde más desvalida e impune es la herida. Aunque luego tuvieron que hacer un vuelo de urgencia en helicóptero, que fue, por cierto, un vuelo corto, gallináceo.

Tampoco estos han pedido disculpas, aunque sí que echaron mano, por eso de distraer al personal, de la correspondiente fuerza centrífuga de tinte nacionalista, no como héroes de la corrupción, que de hecho eran, sino de la secesión, que les importaba un bledo.

En este totum revolutum, y quizás con la intención poco criticable de evitar la presencia de los tanques en una parte tan importante de España (a estas alturas del siglo XXI esos tanques harían mucho ruido), nuestro actual gobierno, que a todas luces es legítimo y democrático, e incluso tiene un cierto componente progresista -aunque pasarse no se pasan-, ha echado mano de una medida un tanto desesperada, como es intentar aliviar las consecuencias penales de la malversación que dicen secesionista (como si hubiera alguna malversación que no lo fuera), en una suerte de apaño legislativo «ad hominen».

Esto de «ad hominen» ahora se dice mucho, aunque no hace tanto y por los mismos motivos, aunque con otros protagonistas, algunos de los que ahora tanto dicen, entonces no dijeron ni mu.

Esta iniciativa a la desesperada, que intenta evitar lo peor, no corrige (más bien al contrario) una tradición que ha hecho de nuestro país, dentro del «entorno europeo», uno de los más obscenos en cuanto a corrupción política y económica se refiere (quizás conviene añadir a estas corrupciones, como condimento necesario de ese guiso, también la corrupción judicial). Esto conviene subrayarlo.

Y eso que no es buen momento, como todos sabemos, para referirse al «entorno europeo» como una referencia ineludible de comportamiento ético y ejemplar, pero es que si nos falla el sistema (o antisistema) español y nos falla como refugio redentor de esta lacra nuestra el «entorno» europeo ¿Qué nos queda? Pues digámoslo claramente: ya va quedando poco.

Es obvio que nuestra jefatura de Estado está totalmente desprestigiada en términos democráticos y de justicia, y que nuestra judicatura está totalmente desprestigiada en términos de justicia y democráticos.

Cuando algunos optimistas veíamos en Europa un hilo de esperanza para que nuestro país se curase de su corrupción inveterada y aprendiera Estado de derecho, luego ocurre lo que ocurre (y no es solo el Qatargate). Y es que esto, la falta de ética de nuestro «entorno europeo» y sus instituciones políticas, que con el Qatargate ha estrenado un nuevo episodio de lobbismo y corrupción, no viene de ahora sino de un poco más atrás, y coincide en gran medida con el triunfo del dogma ultra liberal como pensamiento único, y por tanto también europeo, trasplantado aquí desde USA tras causar allí los destrozos que todos sabemos, destrozos que culminaron con Trump y su asalto fascista al Capitolio.

Un impulso inspirador para todo esto fue aquello tan aplaudido por los neoliberales (su principio más querido y el que más los acerca al fascismo) de «no hay alternativa”. Aunque por contraste, para los corruptos todo son alternativas y opciones donde escoger “libremente” en orden al enriquecimiento ilícito.

Parece cada vez más evidente que el neoliberalismo no es otra cosa que el disfraz glamuroso de la delincuencia económica organizada y sin fronteras.

Merced a esta invasión e involución histórica los europeos nos estamos quedando sin referencias, salvo que nos remontemos a los ejemplos más dignos de nuestra ya larga y atribulada Historia.

Y volviendo al tema de los golpes de Estado en España y las medidas que se toman “ad hominen”, en realidad las puertas giratorias, de las que tanto han abusado algunos de nuestros más insignes constitucionalistas y padres de la patria, son una forma de malversación ad hominen. Y todos comprobamos cómo algunos de los que hoy ponen el grito en el cielo, no dijeron ni pío cuando Zapatero le buscó un apaño ad hominen a Botín el banquero, porque poderoso caballero es don dinero.

También callaron cuando se dio por bueno aquel perdón ad hominen, aunque masivo, de los defraudadores y delincuentes fiscales de nuestro país. Y no digamos cuando se barajó la posibilidad, por supuesto remota, de que el emérito no respondiera de sus actos, pelín corruptos y comisionistas, por una indebida y poco meritoria impunidad consanguínea. El clamor a los cielos de entonces, de estos que hoy se rasgan las vestiduras, quedó registrado en los anales de nuestra democracia ejemplar como un silencio denso, turbio, y sintomático.

Todavía quedaban, como consuelo y último dique ante la marejada, los servicios públicos, pero también ese agarradero se nos empieza a escamotear y escapar de las manos.

Que no, que no hubo clamor, que lo que ocurrió fue que cuando nuestro jefe del Estado vulneró la ley impunemente, repetidamente, y a sus anchas, sus cortesanos callaron, doblaron el espinazo, y miraron para otro lado silbando un himno sin letra. Ad hominen. Y si el jefe de un Estado vulnera impune y repetidamente la Ley, pues ya saben lo que se deriva de ahí: malas costumbres y peores vicios.

En realidad aquello que afirmó Cosidó (senador del PP) con total seguridad y sin lugar para la duda, es decir, que ellos, los políticos, senadores, y gerifaltes del PP, toquetean a los jueces del Tribunal Supremo por detrás como práctica rutinaria y de lo más normal, ya debió considerarse un golpe de Estado, además de una mala costumbre. Y si de esos antecedentes y hábitos consolidados tiramos del hilo resulta que nuestra democracia «homologada» consiste básicamente en eso: en un golpe de Estado homologado y permanente que irradia desde sus más altas instancias. O sea, que efectivamente, los antisistema son ellos.

Es obvio que nuestra jefatura de Estado está totalmente desprestigiada en términos democráticos y de justicia, y que nuestra judicatura está totalmente desprestigiada en términos de justicia y democráticos. No va quedando por tanto mucho.

Todavía quedaban, como consuelo y último dique ante la marejada, los servicios públicos, pero también ese agarradero se nos empieza a escamotear y escapar de las manos. Irresponsabilidad supina como se comprobará si no se remedia con urgencia.

En definitiva, no pinta bien y todo se corresponde con el programa cumplido del neoliberalismo triunfante, que no cree en la sociedad («No hay sociedad, solo individuos» decía Margareth Thatcher), no cree en la democracia (recuerden a Margaret Thatcher tomándose el té con Pinochet y poniendo a este dictador fascista a salvo de la justicia), y no cree en la libertad (como evidencia la frase dogmática «No hay alternativa»).

En realidad todo es tan monótono, unidireccional, y abocado al desastre en este mundo posmoderno tan extraño y en el fondo tan coherente (como ven soy optimista), que dentro de poco lo único interesante, desde el punto de vista científico, será observar cómo se las apaña cada cual, o sea cada hominen, para huir de este malhadado «sistema» corrupto.

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