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Opinión

The rivers of Bobylon

Una persona contemplando un lago. Pixabay.

Llega el verano y apetece agua, marcado por una orilla como en el mar, por dos, como en el río o contenida, como en lagos y pantanos. Ahora sí, si la tormenta lo permite. Pero existe la tendencia de buscar charcos todo el año. ¿Nos gusta mojarnos o es cosa del barro y las salpicaduras?

Me da que es cosa de la necesidad de tener las cosas bajo control, de tener seguridades de futuro, de querer llegar a un mañana tranquilo ignorando la tranquilidad tenida ayer, esa que debería prestarnos un punto de paz, de seguridad, de confianza.

Estaremos locos, si es que esa posibilidad existe, pero también parece imposible hacer hoy lo del próximo miércoles y ahí estamos, pre-ocupándonos. ¿Pero qué demonios? ¡No se puede! ¡Hagámoslo!

Podemos hacer lo del domingo, en domingo, lo del lunes, en lunes, y solo después, cuando pase ahora. ¿El miércoles? Justo a continuación del martes. ¿Puedes alcanzar algo que está a un metro de tu mano? Por supuesto. En cuanto avances un metro con los pies. ¿Puedes alcanzar la luna? No. Perdón por el nonosílabo, no hay salto que te lleve.

Me he descubierto a mí mismo reutilizando más veces de lo que era consciente la expresión “cuando lleguemos a ese río, ya buscaremos el puente”. La tramposa certeza que presenta es el cierto vaticinio de que en cuestión de tiempo (o espacio), vamos a encontrar un obstáculo en el camino. Eso es una evidencia, a excepción de que suframos hiper-sudoración de gónadas. Bueno, bien, pero me parece adecuado que haya cosas que se nos agarren al aparato digestivo, claro.

No me lo parece, en cambio, trabajar la vida desde la angustia predictiva constante. Es mejor citarse con ella a posteriori, una vez se haya manifestado. Si se te mete en casa, habrá que sacar la escoba, tenerla de la mano junto al sofá por si acaso…

Llegaremos al río, al mar o al pantano. Nos rodean. Pero no nos obligan de ninguna manera a correr hacia ellos, a zambullirnos a golpe de ojo o de idea. No.

Podemos acercarnos a la orilla. Mirar a derecha e izquierda, comprobar su profundidad, su caudal y si hay o no remolinos. Debemos valorar la capacidad natatoria propia, la resistencia física, cuánto somos capaces de aguantar la respiración.

Solo en el caso de respuesta afirmativa podemos, con seguridad, despojarnos de la ropa y dejarla doblada antes de nadar. Mojadas no nos servirán al otro lado, salgamos desnudos.

En caso contrario, habitando dudas del éxito al cruzar, no te muevas. Piensa. Es un río. Vivimos en el siglo XXI, somos civilizados para ciertas cosas. Seguro que hay un puente. Seguro. Si te preguntas hacia donde, pues no lo sé.

Yo iría hacia abajo, siguiendo la dirección de la corriente, como el agua, que no hace sino caer por su propio peso. Quizá esté más lejos, pero la pendiente favorece.

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